jueves, 26 de julio de 2012

HIPONÉMATA 2

HIPONÉMATA 2

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El tiempo.  Para Explicar el tiempo en Grecia existían tres escuelas: a.- el tiempo como cambio; b.- el tiempo como medida de permanencia y constancia; c.- el tiempo como idea abstracta.
Heráclito considera toda la existencia como flujo y movimiento. Parménides y Zenón no están de acuerdo, proponen el tiempo como permanencia; sólo lo que permanece es real; el tiempo, el movimiento y el cambio son meras ilusiones. Platón divide el universo en dos estadios: uno fuera del tiempo y contiene sólo la idea y la forma esencial de todas las cosas, y un mundo en el tiempo que contiene todas las “manifestaciones sensibles” donde las formas se perciben y se experimentan. Aristóteles define el tiempo como una medida de cambio: “la cantidad de movimiento respecto al “antes” o al “después”. Opina que ni el pasado ni el futuro pueden experimentarse, tan solo el presente, y éste sólo tiene sentido un función del cambio entre el “antes” y el “después”. Si el espacio requiere cuerpos, el tiempo exige movimiento entre los cuerpos. Lucrecio expresa una idea similar a la de Aristóteles al decir que “existe no por sí, sino simplemente por las cosas que suceden... Debemos reconocer que nadie siente el tiempo en sí mismo, separado del movimiento y el reposo de las cosas”. Estarto el Físico (288-266 a. de C.), opina que el tiempo es un flujo universal interior, sin ninguna relación con sucesos exteriores: “El día y la noche, un mes o un año, no son el tiempo ni partes del tiempo: son la luz y la oscuridad y la revolución del sol y de la luna. El tiempo, por el contrario, es una cantidad en la cual todo esto se halla contenido”.
Los Budistas incorporan el ciclo del tiempo a la religión, convierten la reencarnación en una sucesión de retornos a la vida, y el modo de darle fin a este retorno es alcanzar la perfección, la suprema paz del nirvana en la eternidad.
Los mesoamericanos idean un calendario de 365 días (18 meses de 20 días, más 5 días considerados nefastos). Añaden un día extra cada cuatro años. Para los mayas, concretamente, el tiempo es circular, no lineal; todos los acontecimientos se repiten, pero en diferentes escenarios, de aquí la necesidad de cuidar de las actitudes, de cuidar el mundo. Las mismas energías se repiten cada tiempo, dado esto, podemos predecir el futuro, pues en cierto tiempo todo se repite. Por medio del calendario maya se sabe el propósito de cada persona, y cuáles los fines por haber sido creado. Entonces se sabe cómo enfrentar los inconvenientes que se presentan en el curso de la vida. Sólo se requiere saber el año en que la persona nació, los acontecimientos que marcaron esa época. Los mayas dejaron entre 17 y 20 calendarios. De estos sólo se ha podido descifrar tres, en parte, entre estos, el calendario sagrado. Al calibrar el futuro podían saber del pasado y del futuro, con sólo conocer bien el presente. Los mayas apuntan que si los hombres caminaran como lo hacen el sol y la luna, nuca enfermarían. Así que de lo que se trata es de respetar los ciclos de la naturaleza, del universo y del organismo.
En el siglo XVII John Locke expresa las mismas ideas de Aristóteles cuando describe el tiempo como un cambio en el que el movimiento tiene un papel importante.
Leibnis se aproxima a la idea que posee Platón; dijo: “El tiempo y el espacio comparten la naturaleza de las verdades eternas, que consideran por igual a lo posible y a lo existente”.
Para Kant el tiempo es “intuición pura”; define la intuición como la experiencia directa de los contenidos sensorios (fenómenos), incluyendo tanto la materia como la forma, mas la capacidad de recibir tales estímulos (sensibilidad).
Henrri Bergson ofrece dos posibles conceptos del tiempo llamados “duree” (duración) y tiempo espacial. Duración es producto del ego, surge al relacionar dos experiencias desde la situación de espectador; el tiempo espacial es artificial: se obtiene mediante la arbitraria conversión del orden temporal en simultaneidad y su proyección al espacio.
Para Samuel Alexander, hay una correlación entre tiempo y espacio que produce la evolución última: el surgimiento de una deidad. El tiempo y el espacio son interdependientes.

Clepsidra: En el senado romano el orador para demostrar su florida elocuencia hacía durar el recorrido del agua por la clepsidra, su modo era echarle lodo al agua de la clepsidra, así el agua fluía más lentamente. Esto significa que regulaban, los senadores, sus intervenciones a través de una clepsidra.

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Escribí un relato donde el hombre nacía a los ochenta años; uno de mis primeros relatos; el nombre del personaje es Plutón. Su tiempo iba hasta la niñez, de la niñez regresaba al útero de la madre, en el útero la tumba. Años después leí un relato de F. Scott Fizgerald donde el personaje nace mayor de edad, barbado. Vive hacia atrás, hasta llegar a niño, luego un lactante, pequeño, cada vez más pequeño, hasta que desaparece.

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Victor Hugo, precoz, dijo: “Seré otro Cahateaubriand, o no seré nada” Y no lo fue; fue más que Chateaubriand.

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Hay mujeres hielo entre trópicos, menos polvo que roca; más remanso de agua que cascada. Más silencio que ruido. Más ropa que desnudez. Más modosidad que tromba. Temerlas, apartarlas, son “matapasión”, son “apagafuegos”, mirada en otra parte. Necesario huir de ellas mientras nos queda fuego adentro.

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Mujer salamandra. Desciendo hacia el fondo del mar, donde está la mujer salamandra, la más bella, la constituida por el fuego; ella hace girar noria y ojos y conquista por el trueque del matraz memorioso en humus.
     Vientre convexo desde el exterior, cóncavo desde el interior.
     Mujer de mar hermético, el más agitado, cuya espuma se eleva al sol; esposa flotante sobre la superficie, de cara al sol para ir hacia este.
     Ave de plumas irisadas, metálicas.

Mar lavado por el fuego que desciende del sol.
     En su mano izquierda, en uno de sus dedos, el anillo bafomético, cincelado en oro de transmutación por templarios de la encomienda de Hennebont, en Bretaña.
     Mar purificado, exaltador del fuego en mí, concentrado mediante espejos cóncavos en globos de vidrio, en los cuales se forma poco a poco el polvo lunar, polvo líquido conformador de la carne que habita en el mar de todos los días; así, nuestros fuegos, se exaltan hasta la ignición.
     Entonces llamas en mis manos para tomarla a ella e impedir la separación en el fondo del mar: Las manos tienen ojos y se miran, transparentes y saludables; encienden luz en mis ojos para verla a ella salamandra y mar en la fábula de mi memoria.               

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Nuestros asuntos éticos son signados por nuestras conveniencias, por las circunstancias, por el poder frente a los hombres, las cosas.

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Dios no tiene interés en nada, por ello no es ni justo ni injusto. No se inclina ni a un lado ni a otro.

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La niña no espera declaraciones de amor de su muñeca: ella quiere y nada más. Así debe ser el amor”. Remy de Gourmont.

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Si nos mentimos a nosotros mismos, con mayor facilidad mentimos a los otros. No hay peor mentira que la que nos decimos a nosotros mismos.

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No amor a Dios dada la compensación de vida eterna. No amor por la mujer dada la alegría de su cuerpo.

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No es prestar servicios porque se me retribuirá más adelante. Lejos, pues, la ley de las recompensas.

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Dios debió haber dicho: Te hice con amor, buscadme con amor.

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Nunca pedir un favor a las personas mientras yo pueda hacerlo. Sólo si estoy impedido física y moralmente.

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Confía hombre, confía en ti, más que en otros seres, más que en otras cosas.

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En la energía del mundo me perdurarán los hombres. En la razón de mi justicia y mi verdad me perduraré yo.

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Hace años, en 1972 dije: Se burlarán de mí. Chistes mordaces se acumularán sobre mí. Tratarán de arruinar mi vida. Seré, para otros, insensato. Lloverá desamor y me empujarán a cuevas. Pero no podrán. Ha ocurrido y no han podido impedir mi escritura.

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A escondidas no es inmoral. Público sí. ¿Cómo es esto? Tan fácil nos escandalizamos de ver hacer a otros cuanto nosotros hacemos.

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Se miente, se miente a la n potencia, se miente para ganar terreno sobre el otro.

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Para Stirner, cada hombre es único, nadie debe mandar ni influir en él; no hay dios ni soberano que tenga derecho a sujetarlo; debe ser absolutamente libre, asociado con otros hombres, pero jamás ni sujetado por ellos, ni dejándose sujetar.


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Compromiso errado
Doña, ven acá.
Desde el portón por donde entran los carros a los parqueaderos del edificio la llama. Diez años su edad. Vestido de pantalón corto deshilachado en las botamangas, camisa fuera de la pretina del pantalón, tenis roto. En sus manos una maceta con glicinias.
La mujer vive en la primera planta de una construcción de cinco pisos, frente a la entrada. Al atender el llamado lo mira y sabe que en sus ojos nunca ese muchacho ha dibujada su silueta.
Doña, he notado que tu apartamento no tiene matas que lo adornen.
La mujer mira alrededor suyo, sobre la baranda, el patio de la terraza.
Sí. Tiene razón. Qué me ofrece.
Observa, doña, tengo esta planta. No te la vendo. No me interesa la plata. Te la cambio por ropa. Estudio y necesito ganar mi estadía en la escuela canjeando matas por vestidos.
Está bien... Necesito algunas.
¿Te gusta esta?
Déjemela.
Cualquier clase de ropa, doña.
La mujer entra en el apartamento. Rebuja en el armario del marido. Calcula lo que le puede servir, hace un atado, lo mete en una bolsa plástica.
Con las prendas en una mano, presionando el pecho, en la otra la maceta, se aleja, al tiempo explica.
No se preocupe, doña, el próximo sábado le traigo la mata.


Trajín de revolucionario. Por revolucionario lo metieron en la cárcel.
En el penado, tan pronto entró, su faena fue dar vueltas en el patio durante treinta horas, luego se aquietó y lo dejaron quieto hasta cumplir condena.
Cuando salió libre fue de hacienda en hacienda a pedir trabajo, lo conocían y se lo negaban. Entonces, de región en región caminó para predicar el socialismo, pero lo expulsaban a empellones y lo amenazaban si volvía.
Finalmente optó por acercarse a los campesinos. En horas libres les narraba cuentos de hadas y desaparecidos.

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Momentos de luz. Comienza a llegar la noche. Desde la ventana del cuarto de mi apartamento veo cómo su cabello flota en la colada que hacen la noche y el día.
Es dueña de la tienda de modas que está del otro lado de la calzada, al frente. “Boutique Jolin”. Rostro de mujer pintado por Tintoretto. Pantalones vaqueros ajustados. Graciosa, apetecible. Parece haber recorrido mundo. De su cartera extrae un pañuelo blanco. Desabotona la blusa dos broches, de arriba a abajo. Limpia las axilas.
No le conozco hombre que arrime a recogerla ni a traerla; nada sé de hijas o hijos.
Se va. Ya no es fuente de luz para mi noche.


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En todas partes la guerra. Del campo vinieron. Huían del fuego cruzado entre guerrilla, paramilitares y ejército. Se acomodaron a la sombra de un estadio de fútbol, en el costado de una columna. Se alimentaban de lo poco que conseguían y dormían cubiertos con plástico y periódicos. Los desalojaron.

Llegaron al parque y, debajo de la fronda de una Ceiba, se instalaron. La policía llegó y los conminó a irse.

Están ahora en el atrio de la iglesia. Probablemente de aquí los hará partir la diarrea y la fiebre; de pronto el prelado se sabe encartado y, a los cuatro vientos, iniciará campaña, entre la feligresía, para obtener fondos y lograr acondicionarlos en otro lugar, de donde…



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Gajes de la técnica. Digita cualquier número en el teléfono celular. Al otro lado de la línea, una voz suave y bien modulada: Aquí Dios, ¿Desea hablar con don Sata?



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Artificios. La tragedia griega entabla armonías, ausencia de conflictos, en el desarrollo el trance se incuba hasta terminar en pavoroso dolor moral.
En la Edad Media, desde el inicio es drama, intenso, desolador, progresivo. La muerte lo resuelve todo.
En nuestra contemporaneidad el problema viene desde antes, acaso desde siempre, se atisban soluciones pero, igual, continúa; la espiral de la perpetua calamidad sin solución.
En la tragedia barata de la televisión el desastre surge solapado, en tensión continua, por largos períodos, al final un golpe de suerte lo soluciona todo.



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No quiere hacer daño a quien se lo hace a él; pero, aspira a que Dios castigue a su enemigo. ¿No es lo mismo?


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Vientos de Alicia. Vientos y más vientos, todos tumultuosos, y me dicen: Son los Alisios y digo: Más bien Alicia me vapulea el cuerpo caliente y trastornado.

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Nada oculto. Las estrellas, informadoras del sol, cuentan de nuestra actividad en la noche y el sol refiere a los hombres cuanto en la noche fue nuestra ocurrencia. ¿Dónde ocultarnos para nuestras diabluras?

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Pobre mi modo de captar las cosas. Para integrarlas a mi realidad debo compararlas con otras, sólo así puedo comprenderlas, asimilarlas, acertarlas.

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Memoria espejo del día. En la memoria me puedo mirar durante la noche, cuando el cuerpo no vigila y la sangre no se acobarda para soñar las posibilidades contenidas en el alma y que, en el día, no se atreven a brotar para indagar por la luz del sol.

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El maestro Pietro, el de las grullas: “Hay fenómenos que ocurren, existen y yo no he tenido nada que ver para que se manifiesten, o quizás sí, pero remotamente. Mi voluntad la toma o las deja de acuerdo con provechos. Las cosas no ocurren porque yo las desee, son, existen independientes de mí”.

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¿Cómo puede haber gente durmiendo tranquila porque nadie se aventura a soñar, a subvertir el orden? Debemos obligarnos a violentar la realidad con las arbitrarias construcciones conceptuales o alucinadas de quienes se atreven a la rebeldía, a la indocilidad. Me gusta cuando lo posible lucha con lo real.

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Armero, la ciudad,  no fabricante de armas, ni depósitos de ellas, ni vendedora de las mismas. Su nombre se revela de otro nombre: José León Armero, Carlota Armero. Sin embargo, los apellidos, vienen de oficios.


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La vida, roca que martillamos para darle forma y, al final, sólo unos pocos golpes de martillo y cincel. Siempre la obra inconclusa.



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El sueño me conduce a exilios y uno de estos es esta vida de luz a luz.



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Me gusta la vida, pues se compone de palabras, de labios buscando otros labios, de sudores para trepar mi esfuerzo sobre el filo de la montaña y, en la sima la meseta, designio de mi erotismo. Me gusta la vida porque en esta hay temores, azares y alegrías para inclinar mi testa en el regazo suave y perfumado de mar de las entrepiernas.





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Amor y murallas. Continúan siendo, a través de siglos, las protectoras, las siempre silenciosas vigilantes del mar y de las casas que no están en el mar; pero más aún, ya no sólo vientos, lluvia, mar y casas, también hombres y mujeres se benefician de sus ojos pétreos. Y porque no habla, y porque sus ojos son siempre quietos, sobre sus muros, almenas o garitas se desenvuelve la pasión de los cuerpos al buscarse para devorarse a besos, sudor y agonías; para, en el trance del orgasmo, recorrer todos los cielos, apañar todos los fuegos fatuos de la noche abandonados en las manos de las sombras.
    En esto han devenido ellas, en pasos, al atardecer, de parejas de enamorados, en suspiros hondos deteniendo el forcejeo de las bocas y las manos que, en el día, contienden para estar quietas y no encender luz en el linaje que llama al linaje. Y ellas quietas y silenciosas los deja venir, los deja mirar la tarde en navegación hacia la noche, les permite sentarse sobre sus almenas a destrozar la distancia que los ha tenido separados mientras la noche llega y el amor se acomoda en cada cuerpo como una saeta de luz que sólo los mismos cuerpos perciben. Las murallas lo saben y tienen un lugar para cada arrebato, para cada tormenta apasionada, para ser aves en busca de sus nidos.
     Hermosa y dolorosa paradoja: dolorosa porque fue la estirpe y el sudor de hombres de piel oscura quienes la moldearon, hermosa porque fue sosiego para quienes se sabían atacados por fuerzas oscuras de hombres armados de mar y vandalismo. Hermosa y dolorosa paradoja: guerra que saca la casta del cuerpo, guerra que arrebata la sangre en el cuerpo mas no para derramarla sobre sus piedras.
     Y su silencio y su quietud siguen ahí para decirle a quienes no se aman en sus muros, que los dejen sedentarios, que no acusen a los enamorados que se atreven en su espacio a hilar sus cuerpos con el paso de la noche, el amor y sus murallas.

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Su cabello, maza informe de rizos. Cara discreta en su belleza. Había serenidad, sencillez y humildad.

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El amor, siempre una lección mal aprendida. Juego que deja rastros en el polvo, en la nieve, en las sábanas, puro azar. Juego en donde cada cual por su lado pierde sangre y uñas. Emanación de risas, surtidor de sonrisas que la mirada de otra u otro enturbia. Destrozo de sentimientos, enfriamiento de pasiones. Problema y por primera vez problema sin solución, salvo aprender a soportar la ausencia de esa solución. Paraíso inconcluso, quemado, paraíso presto a desiertos o manantiales. He aquí el entramado de dos corazones estremecidos.

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He sido amado como tal vez es hermoso serlo. Olor de agua en la fruta. Olor de mano en los pezones. Olor de corazón en galope hacia el ocaso. Olor de valva humedecida. Temblor de olor en mí que me entrego, me doy, y no termino de prodigarme, pues el olor es hermoso sincretismo de dos almas impares. Substancial olor de sol que no termina de bañarse en mis ojos que me ven ser amado como es hermoso serlo.

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Él salta del vientre de la mujer para caer al mar. En este descenso no hay camino para distraerlo y llevarlo a otro lugar. Su destino es el mar. Del vientre al mar la distancia es grande, es como ir de 
Junto a la ventana el mar y el mar en la ventana, ellos quieren un momento, en el momento una oportunidad, en esta oportunidad apropiarse de las palabras para decirse que se deleitan, que están metidos en sus gustos, en sus sueños que los acercan a un fondo de mar de fantasía y, en este acercamiento, programan una cita y en la cita fundan juegos y trampas donde tejen la red de sus deseos y, después, cuando ya son rescatados del olvido, prisioneros de su voces y sus manos, fundan instantes eternos en la memoria del sueño, construyen lo pasado con pinceladas de futuro y, de esta manera, regulan el tiempo de la noche en alternancia con el día, los momentos aprehendidos y, así, ser capaces de montar luces artificiales en el cielo; de este modo forjarán gestos de amor que llaman sus partes dispersas desde el nacimiento de la carne. Noches y días de riguroso viento oscuro-plateado donde sudan las manos en las manos, los vientres en los vientres, los pechos en los pechos; esfuerzos de luna y tierra para gravitar partículas de ilusión despeñadas de las nubes, con las cuales hacen posible la constancia de la ilusión del fuego sin carbonizar ansiedades. Piel, don para donar y, así, formar perfiles y temblores. Y, si luego la distancia se da, entonces saber que la noche y el día se transforman en ceniza sobre los cabellos de ella, sobre las manos de él para caer luego corrientes de agua sobre el viento que se lleva los besos a los confines del hielo y la desesperanza. Después el mar vendrá y se asomará a la venta y murmurará la imposibilidad de no haber otra espera. Cada cual en su horizonte de ola recalará en otras playas donde recogerán el sargazo del olvido; algo más que temblor y gemido, que sueño y vigilia. Penumbras en la noche y el día para jugar tabernas y luces multicolores en otros corazones, en otras piernas trenzadas de premuras. Flores en otros floreros, sobre otras mesas de lugares clandestinos. Lámparas y velas sobre la estrategia de esos dos animales que se buscan para devorarse desde otras ventanas con otro mar de horizontes encrespados. La ventana en el mar, el mar en la ventana. Eso, así, en este ejercicio de escritura.

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Vivir como si flotara en un témpano de hielo, uno encima puro trópico, mar tropical en busca de orillas con las cuales comunicarnos. Uno fuego en el hielo, en la isla de hielo. Cada paso nuestro derrite la isla y el mar se embravece.

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Paraísos. Los samoanos creían que el paraíso estaba sumergido en el mar; allí los espíritus se bañaban en el agua de la vida.
Hace cuatro mil años los sumerios escribieron en ladrillos, en caracteres cuneiformes y de manera poética,  lo que entienden como paraíso. Dilmun, el  vergel de los dioses, está situado al este del mundo habitable; ni las enfermedades ni la muerte existe. Enki, dios de las aguas, riega perpetuamente el vergel.
El paraíso, para los egipcios, consiste en la prolongación de la vida de este mundo. En la vida ultraterrena todo sale bien, en contraste con la terrena.
Los griegos, más elaborados, sueñan con una Edad de Oro donde los hombres viven como dioses. El caudal de los ríos es de leche y miel; los árboles destilan miel. No hay guerras. Los barcos no se hacen a la mar, pues los hombres están satisfechos en sus casas. Cuando los hombres llegan a edad avanzada, fallecen en el momento en que duermen y pasan a un mundo espiritual, desde donde contemplan a los vivos.

Homero describió los Campos Elíseos como “isla de bienaventurados”. Allí habitan los héroes y los dioses mortales. Dicen que este lugar está situado al borde del mundo donde moran los radamantos rubios. Pídaro dice que quienes han vivido tres vidas con justicia van a los Campos Elíseos.

En Escandinava, los dioses viven en el paraíso llamado Asgard, ubicado en la más alta cima del centro del universo, y domina las llanuras de Midgard (la tierra). Sólo se puede llegar allí por el puente del arco iris. En Asgard se produce una crisis cuando el maléfico dios Loki roba la manzana de oro a la diosa Idun, que las deidades comen diariamente en las horas de la mañana para conservar su juventud y su belleza. En esta región el palacio más imponente es el Valhalla (450 portones y puertas).

El paraíso musulmán está colmado de oasis, árboles hermosos, flores, arroyos de burbujeante vestidura, ríos de miel y vino, hermosas muchachas de “turgentes senos”, quienes sirven vinos y golosinas. Aunque beben toda la eternidad no se embriagan. El cielo es todo un andamiaje de sensualidades. El menor de los bienaventurados  tiene ochenta mil esclavos, setenta y dos mujeres y una tienda de perlas, rubíes y esmeraldas construidas para él. Para todo verdadero creyente hay cuatro mil vírgenes, ocho mil mujeres casadas y quinientas huríes. Al hombre se le da la potencia de cien hombres.
Para la cultura hindú, en los vedas, las almas de los virtuosos van al cielo a disfrutar con Yama, rey de los muertos, de una gloriosa vida de placeres materiales. Posteriormente consideran el paraíso como un estado de bienaventuranza, de carácter temporal, en espera de regresar a la tierra.
En el budismo, la meta final es el nirvana (apagarse de un soplo) momento en el que el fuego de la pasión y del deseo se enfría para siempre y se libera al ser del ciclo de reencarnaciones.
El paraíso para los bodhisatvas (los que casi logran la perfección en esta vida) es renacer en sedente postura sobre el cáliz de un loto. Por un tiempo permanecen encerrados tras los suaves pétalos, luego estos se despliegan y el bodhisatva participa de la infinita luz de Buda.
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El infierno es cuestión de sentidos, más que el paraíso. El infierno se capta con todos los sentidos, veamos: la catástrofe de un cristiano está en ser arrojado al infierno, donde los sentidos, que durante la vida terrena han deleitado al hombre, padecen, ahora sí, con intensidad, porque como emplearon en el pecado todos sus miembros y sentidos sufrirán todos ellos las penas correspondientes al pecado. Los ojos, por sus silenciosas e ilícitas miradas, sufrirán la horrible visión de los demonios y del infierno; los oídos por haberse deleitado con discursos malos, jamás oirán otra cosa más que llantos, lamentos y desesperaciones; y así con los restantes (Francisco de Sales, Introducción a la vida devota).
El infierno se construye con los materiales de la tradición, que igual se articula en un lenguaje particular, privado. El esfuerzo imaginativo debe crear su propio lenguaje sensorial, en el que se han de emplear todos los sentidos fisiológicos. En esta creación imaginativa, las palabras están más acá de la verdadera realidad, pues ésta será mucho más impresionante que cualquier representación imaginaria; la ensoñación del horror, siempre será demasiado corta. Veamos lo que dice Ignacio de Loyola, en Ejercicios Espirituales:
“Composición de lugar. Ver con la imaginación lo ancho, largo y profundo del infierno, como una concavidad muy espaciosa en el centro de la tierra.
Punto primero. Será ver con la vista de la imaginación aquel fuego espantoso y las almas encerradas como en cuerpos también de fuego. Es aquel lugar como una cárcel oscurísima o caverna de fuego y humo intolerable. Mira los desdichados revolcándose en las llamas abrasadoras, los cabellos erizados, los ojos desencajados, el aspecto horrible, mordiéndose las manos, y con sudores y afanes de muerte, y mil veces peor que la misma muerte.
Punto segundo. Será oír los llantos, aullidos, maldiciones y blasfemias de los condenados contra el Señor y sus santos.
Punto tercero. Aplicar el sentido del olfato a percibir el humo, azufre y hedor de la sentina del infierno.
Punto cuarto. Gustar imaginariamente las amarguras, lágrimas y hieles de los con­denados.
Punto quinto. Tocar con el tacto de la imaginación el fuego que martiriza las almas de los condenados.”
En cuestiones de paraísos e infiernos los sentidos están plenamente comprometidos, tanto hacia el límite de lo sublime como hacia los límites del horror. Los sentidos son los instrumentos para la construcción de mundos significativos. Y estos sentidos tienen que ser modelados tenazmente por quienes se comprometen. Los elementos de la naturaleza están aquí para señalar los contenidos de los sentidos: aire, fuego, tierra y agua; por ejemplo, para J. L. Vives: “tiene el tacto un vigor como de tierra, es decir, espeso, tenaz y capaz de coger algo con fuerza; el gusto es acuoso; el olfato, de aire grueso, como es el humo (...), pero el olor en sí se halla en la evaporación  y es como un aire más denso; el oído es aéreo; la vista, ígnea; pues, aun cuando tienen los ojos naturaleza acuosa, son ígneos su vigor y actividad. En suma, los sentidos experimentan mejor la sensación de aquellas cosas que son correspondientes a su respectiva índole” (Tratado del Alma).
Uno puede creer que el cielo, por su condición de lugar del paraíso, tenga más estímulos sensitivos que el infierno, la parte de abajo, la tierra, pero no es así. Para el cristianismo el cielo es un lugar estático, de contemplación continua de la majestad de Dios, lejos de los placeres sensuales de otras versiones místicas o religiosas donde el cielo está colmado de goces. En el cristianismo esto es poco. Dante lo ve como lugar de goces sensoriales, y es una excepción; por ejemplo: Canto XXX:
Y vi una luz en forma de rivera
Fluyente de fulgor, entre dos ribas
Pintadas de admirable primavera.
De tal río salían luces vivas,
Y a ambos lados caían en las flores,
Cual rubí que con oro circunscribas.
Luego, como embriagándose de olores,
Hundíanse de nuevo en la corriente
Mientras salían de ella otros fulgores.

“El olor de las flores, el agua luminosa, en una dulce primavera, marcan un espacio tópico, el del jardín, que se opone a la oscura cueva infernal, de olor pestilente y temperatura abrasadora. Pero la oposición no se desarrolla con detalle, ante el temor de que sea el deseo del placer de los sentidos el que pueda superponerse al deseo de la sola proximidad de Dios. Por eso no puede decirse que el cielo, ni siquiera cuando es convertido en un jardín, sea el lugar contrario al infierno desde la perspectiva de los sentidos.” (Escribe alguien).

Nuestros paraísos imaginados no son más que la traslación al tiempo presente del primer jardín, del Edén donde algunos autores imaginan una pradera “decorada eternamente con flores de dulce aroma, azucenas, rosas, y violetas que no desaparecen nunca”, y en donde los bienaventurados “no se avergonzarán de ninguna parte del cuerpo más de lo que lo hacen ahora por poseer unos bellos ojos”. He aquí un paraíso natural, luego vendrán los paraísos culturales, donde hay una intención alegórica, un producto del arte, la Jerusalén celestial.
En estos paraísos todos los sentidos tendrán un gozo donde nada habrá agridulce como lo suele haber en la tierra que está siempre atacada por las posibilidades del pecado. En estos paraísos se conjugan naturaleza y cultura y, hacen del tiempo y el espacio, lugares diferentes: volúmenes, sonidos olores, colores. Esta son las metáforas, el hortus conclusus que llega también a la mujer; veamos este del Cantar de los Cantares:
Jardín vallado eres,
hermana mía, esposa;
manantial vallado,
fuente sellada.
Tu piel es jardín de granados
con dulces frutos;
cipreses con nardos,
nardo y azafrán,
canela y cinamomo;
árboles de incienso,
mirra y áloe,
las más exquisitas esencias;
fuente de jardines,
pozo de agua viva
que brota del Líbano.

“Así los sentidos se desplazan del jardín al cuerpo femenino, encon­trando entre uno y otro unas analogías que permiten aceptar como ilumi­nación, como conocimiento, el giro metafórico cantado por el poeta. El jardín y la mujer amada, unidos sensorialmente entre sí, se constituyen en un topos que se opone, en su naturalidad accesible, tanto al cielo como al infierno, espacios de la desmesura. Y así, jardín y amante reproducen, en la historia, al Paraíso terrenal, que está fuera de ella.” (Escribe alguien).

En esta necesidad de paraísos llegamos al encontrado en América. Cuando los europeos conocieron América, algunos pensaron que estaban próximos al paraíso, tanto por la naturaleza de las islas como por la inocencia de los naturales.
Colón, ante la desembocadura del Orinoco, pensó, más literalmente, que tan gran cantidad de agua dulce procedía de la cumbre del Paraíso. A fray Bartolomé de Las Casas no le parece tan fuera de razón el pensamiento del almirante: “supuestas las novedades y mudanzas que se le ofrecían, mayormente la templanza y suavidad de los aires y la frescura, verdura y lindeza de las arboledas, la disposición graciosa y alegre de las tierras, que cada pedazo y parte dellas parece un paraíso, la muchedumbre y grandeza impetuosa de tanta agua dulce, cosa tan nueva, la mansedumbre y bondad, simplicidad, liberalidad, humana y afable conversación, blancura y compostura de la gente”.
Mirando de esta manera las tierras y gentes de América, a Las Casas, no le resultaba disparatado que hubiera en ella un lugar concordante con las des­cripciones del Paraíso que tantos autores habían realizado: un lugar donde numerosos autores habían pensado que el Paraíso estaba en la cima de una montaña que no había sido cubierta por las aguas del Diluvio. Así Colón, según refiere Las Casas, vino a concebir que el mundo no era redondo, “[…]sino que el hemisferio que tenían Ptolomeo y los demás era redondo, pero este otro de por acá, de que ellos no tuvieron noticia, no lo era del todo, sino imaginábalo como media pera que tuviese un pezón alto, o como una teta de mujer en una pelota redonda, y que esta parte deste pezón más alta y propincua del aire y del cielo y sea debajo de la línea equinoccial; y sobre aquel pezón, le parecía que podía estar situado el Paraíso terrenal...” De nuevo, de forma insospechada, y con lenguaje cosmográfico, se asocia el Paraíso con el cuerpo femenino. “Todos los sentidos se deleitaban; los ojos, con la admirable claridad y en ver la hermosura de los árboles y frutas y otras cosas; los oídos, del cantar y música de las aves; el sentido del oler, con los aromáticos y diversos y suaves olores, y así los demás; todos juntos, con la templanza y suavidad del aire y amenidad del lugar y templatísima concordia de los tiempos, donde concurrían la frescura del aire, los alimentos del verano, la alegría del otoño, la quietud de la primavera, la tierra gruesa y fructífera, las aguas delgadas y en gran manera dulces y apacibles. Allí, no violencia de vientos, no molestia de tiempos, no granizo ni nieve, no truenos ni relámpagos, no hielo de invierno, no calor de verano, ni otra cosa que les pudiese dar angustia ni aflicción o fastidio; allí dicen que ninguna cosa puede morir. Estas y otras muchas dulcísimas y alegres calidades pone San Basilio en el libro suso tocado del Paraíso. Lo demás se lea en los lugares donde copiosamente de propósito la materia se escribe. Y así queda largamente persuadido haber tenido el Almirante muy urgentes razones para entre sí considerar, o al menos sospechar, que podía estar por allí, o cerca, o lejos de allí, en aquel paraje o región de Tierra Firme, que él juzgaba ser isla, aunque ya iba creyendo que era tierra firme, el terrenal Paraíso [...].”
No será Colón el último en pensarlo, aunque cada quien le añada o le quite matices al entusiasmo por los gozos que a los sentidos procuran las tierras americanas. Por ejemplo Pedro Mártir de Anglería, quien, aten­diendo más a la vida social que a la naturaleza, considera que se ha encontrado a gentes que viven en la Edad de Oro: “Creo yo que estos isleños de la Española son más felices [...] porque viven desnudos, sin pesas, sin medidas y, sobre todo, sin el mortífero dinero en una verdadera edad de oro, sin jueces calumniosos y sin libros, satisfechos con los bienes de la naturaleza, y sin preocupaciones por el porvenir”. Lo que Pedro Mártir no sabía era que muy pronto iba a terminar esa edad de oro y que una espantable catástrofe, un infierno, iba a sustituir a tan amablemente soñada sociedad isleña.
Casi al mismo tiempo que los sentidos de algunos europeos se delei­taban ante las tierras sorprendentes y prometedoras de América, esos mismos órganos sensoriales, en otros, se apartaban espantados de cosas o costumbres que les parecían señal cierta del señorío que el demonio ejercía sobre aquellas gentes. La vista de la sangre de los sacrificios entintando las escaleras de los templos, el gusto por la carne humana cocinada, cuyos restos encontraban en las casas, el tacto sodomítico, el oído de ensalmos y cantos rituales que les parecían diabólicos, el olor dulzón de la podredumbre provocada por el calor húmedo de los trópicos; en aquellos lugares todos los sentidos tenían que ser sujetados, dirigidos hacia donde no fueran a ser provocados a la repugnancia o al escándalo. “Hemos comido panes de colorín, hemos masticado grama salitrosa, pedazos de adobe, lagartijas, ratones, y tierra hecha polvo y aun los gusanos… Comimos la carne apenas sobre el fuego estaba puesta. Cuando estaba cocida la carne, de allí la arrebataban, en el fuego mismo la comían… Se nos puso precio… Precio del joven, del sacerdote, del niño y de la doncella… Basta: de un pobre era el precio solo dos puñados de maíz, solo diez tortas de mosco; solo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa… Oro, jades, mantas ricas, plumajes de quetzal, todo eso que es precioso, en nada fue estimado.
El asombro admirado ante la inocencia de los cuerpos desnudos de los hombres y las mujeres de las Antillas, se trocó en censura y en imposición de vestidos a la modo de Castilla. La vista dejó de disfrutar de la desnudez y esta, al contrario, se les volvió insoportable. Los dominicos, según cuenta Remesal, de esta manera miraron a los naturales de Chiapas:
“El estado en que los padres de Santo Domingo los hallaron, era miserabilísimo en el alma y en el cuerpo: porque este ordinariamente le traían desnudo como nacieron de sus madres. Sólo se ceñían y cubrían con una venda de cuatro dedos en ancho que llaman mastel, que era bien poco reparo de la honestidad. Pintábanse o tiznábanse con un betún colorado o negro, sucio y asqueroso. El cabello que de su natural es grueso y negro, traíanlo encrespado o rebujado en la cabeza como estopas, a causa de que no se lo peina­ban. Las uñas de las manos sucias y largas como de gavilán, porque nunca se las cortaban de propósito, solo se disminuían cuando por el ejercicio de las manos se rozaban. Para sus necesidades corporales tenían menos instinto que perros o gatos, porque unos delante de otros orinaban sentados como estaban en conversación y las primeras veces que iban a sermón dejaban todo el suelo mojado y enlodado, no menos que un corral de ovejas.” Lejos quedaba, sin duda, el paraíso.
Los sentidos, además de servir para pensar sirven para deleitar: con miedo, con risa, con piedad, con diversos estados de pasiones y de ánimos.
William Blake: “Al regresar a mi casa, sobre el abismo de los cinco sentidos, hallé donde un despe­ñadero de liso muro se desploma sobre el presente mundo, vi, envuelto en negras nubes, un poderoso Demonio que aleteaba contra los lados de la roca; con llamas corrosivas escribió la sentencia siguiente, comprendida por el cerebro de los hombres y leída por ellos en la tierra: ¿No queréis comprender que cada Pájaro que hiende los aires es un mundo inmenso de delicias cerrado para tus cinco sentidos?”

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Anodino, silencioso, insustancial. No hay una idea, una imagen, un símbolo que me sacuda o zarandee. Pierdo cuanto deseo decir, lo malgasto porque no lo expreso en palabras; está en mi cerebro y allí sé, en la nebulosa de ese universo singular e inexpresivo, que se queda tras lienzos que ondulan su materia traslúcida. Pero  no dilapido la majadera necesidad de seguir pensando que no pienso nada, que nada me llega para exprimirle estilos, intenciones, consecuencias, sentidos a este cuerpo que se niega al silencio. Entonces sólo me queda la noche para la risa, el pitido de carros, el apresuramiento de pasos y cuerpos sudorosos necesitados de llegar temprano a casa. Por ahora nada más.


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Lo que antes considerábamos una unidad positiva, hoy, desde lo cualitativo, lo factual, desde las perspectivas particulares, singulares, individuales, se nos fragmenta. No son pues los grandes relatos, las teorías totalizadoras, universales, son más bien los fragmentos, las localidades, las ciudades fragmentadas, las periferias, los individuos especializados. Así, las propuestas con éxito son locales, no globales; siempre de acuerdo con las necesidades y tradiciones de lo local. Las propuestas de pretensiones globales serán improbablemente durables. El equilibrio entre derechos individuales y obligaciones se manejan de manera distinta en las distintas partes del globo. Quien intente imponer soluciones globales debe recordar al poeta William Blake cuando dice: “Una ley para el león y el buey es tiranía”.


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Fundé una Librería en Cartagena de Indias, la llamé Utopía, escribí un texto sobre lo que entiendo por utopía. Funcionó durante un año, un año más y todo se vino abajo. Las precarias condiciones de la ciudad, su lento desarrollo intelectual, su atraso de más de veinte años con relación a Bogotá, la llevaron a desaparecer. Ahora, que reviso notas, fichas, mis viejos cuadernos de escritura, encuentro, de Anatole France, lo siguiente: “La utopía es el principio de todo progreso y un ensayo de vida mejor”. ¡Ah, si hubiera sido como aquí se dice, cuanto momento azaroso no se me hubiera dado. Después de essa tormenta, lo que deseo ahora, como Omar Kheyyam, es: “un libro de versos bajo las ramas, un jarro de vino, un poco de pan, y tú al lado mío, cantando al aire libre...”


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En el libro Utopía de Tomás Moro, publicada en 1516, la propiedad privada no existe, el dinero sólo se usa para fabricar bacinillas. Se incita, aunque no se obliga, a suicidarse a quienes padecen enfermedades incurables. Un consuelo, digo.

La meta general en la sociedad utópica de Moro es la estabilidad social y no la libertad individual. En la Nueva Atlántida, Francisco Bacon, primera utopía científica; una isla perdida, en ella habitan hombres “de singular bondad y humanidad”. El rey es un hombre de ciencia, y no un filósofo. Otra: La ciudad del Sol, del italiano Tommaso Campanella (monje), se concreta con la riqueza. Se hace realidad todo cuanto contribuye a llevar una buena vida.

James Harrington, inglés, escribió varias obras utópicas, entre ellas Oceana.

Utopistas socialistas: Francois-René de Chateaubriand y J. J. Rousseau, soñaron con el noble salvaje, bueno hasta cuando la sociedad lo pervierte. Otros utópicos socialistas son también Morell y Etienne Cabet, el último, en Viaje a Icaria, imagina un régimen comunista estricto, nada es espontáneo, la ley lo fija todo, desde la arquitectura de las ciudades hasta el plato del día; cuanto el hombre se ponga en el cuerpo debe ser elástico, con la idea de que todos lo puedan usar.

Aparte está Charles Fourier, quien aboga por el amor libre.

En la era de la industrialización. William Morris escribe Noticias de Ninguna Parte. La propiedad privada conduce al crimen.

Una perla. W.H. Hudson, “La edad de cristal”. Sólo una mujer debe haber en casa, encargada de la reproducción, las demás deben contentarse con un “amor vegetal”, se las libera de la pasión amorosa ingiriendo sustancias mágicas.

J. Verne, en Las Quinientas Millas de Begún, la ciudad es una ciudad jardín.

Edward Bellamy, “Mirando atrás”.

La primera utopía plenamente negativa es Erewhon (anagrama de Nowhere: ninguna parte), de Samuel Butler.

H.G. Wells: “Cuando despierte el durmiente”, “Historia de los días futuros”, “Una utopía moderna”, “Hombres como dioses”.

RayBradbury, Fahrenheit 451 (temperatura de combustión del papel).

LinYutan, “Mirada a lo lejos”.

En La República de Platón, se valora más el orden que la libertad, la seguridad más que la individualidad.


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¿Cuarteto? 212, de Omar Kheyyam:
“Sólo quiero tener siempre una copa llena en mi mano.
Me dijo alguien: ‘Que Dios te de arrepentimiento’.
Mas, ni Dios me lo ofrece ni yo se lo he pedido”.

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Desconfianza por la metafísica. La cola para llegar a la ventanilla estaba viva, crecía con el correr de la mañana, se movía, hablaba. En esa circunstancia escuchaba en mi interior la confusa metafísica enarbolada en mi época de estudiante universitario en los años setenta. Sabía que había otra filosofía, la de la calle, la de sujetos anónimos que van anodinos o con desparpajo por la calle, los almacenes, las tiendas y le hacen a uno comprender la fuerza de lo cotidiano, la educación con la naturaleza y el orden en esto. Pesada retórica escuchaba en quienes teorizaban sobre teorías, juegos verbales, substancias abstractas para aplicar a la realidad y la realidad se resiste. En la fila, que llegaba a la ventana donde atendía un funcionario del Estado, experimentaba una ontología elemental, directa, certera de quien va a las urnas a botar, a ejercer el derecho de pensar como otro piensa, untando el dedo índice si era laico, el meñique si era eclesiástico (uno de los votantes era albarista, le hacía campaña a Pastrana y votaba por Lleras, lo supe por haberlo escuchado mientras esperaba); del que va a templos a rogar la paz de su espíritu quemado por la desesperanza y el odio. Dado este pensar, mientras mis pies hormigueaban de cansancio, buscaba también refugiarme en Handel: “Pasa por la vida tan delicadamente como sea posible; todo bien, gozar está bien”, me decía. “Una vida donde predomina el arte sobre el juego sutil de mírame y no me toques, aunque... Ya suena el carnaval de Semana Santa y me dicen que se debe recoger la juerga en el patio trasero de mis gustos”, leo esto último en el diario de uno de la fila, delante de mí, el periódico abierto tanto como el ancho de su cuerpo. Hice caso a medias a cuanto acababa de pensar, inmediatamente me llamó la atención el empleado displicente y atediado mientras despachaba, tenía la mirada turbia y arrugas de cansancio. Al tiempo, un hombre, detrás de mí, preguntó por el libro que leía a intervalos, cuando la curiosidad por lo sucedido en mis alrededores me desenganchaba. Le mostré la portada, el hombre leyó, me miró; en sus ojos: “Pobre hombre, estás condenado”. No dijo nada. Arrugó la frente, acomodó su delgado cuerpo entre su ropa holgada. Como por arte de magia, con pase de prestidigitador, apareció en sus manos una Biblia de tapa oscura, manoseada, resquebrajada la imitación de piel, multitud de papelillos como babas escurrían de los bordes. Me dije: “He aquí un condenado diablo dispuesto a adoctrinarme, dispuesto a llevarme a rastras al cielo”. No demoró en su intención, todo fue rápido y limpio: “Que Cristo es la luz que alumbra en la oscuridad, que muchos son los llamados y poco los escogidos, que Él es el camino de la verdad y la vida”. Y, finalmente, con énfasis de torturador: “Arrepiéntete hijo, aún es tiempo, leer esa clase de libros te lleva a la devastación, sólo hay verdad en cuanto dice la Biblia, lo demás vanidad de vanidades, sandeces. ¡Aleluya!” Lo dejé hablar, lejos de mí el deseo de interrumpirlo. Y mi silencio le dio poderío, arremetió con ardor. Luego extrajo del bolsillo interior de su saco hojas volantes donde estaba la imagen de Cristo repartiendo pan y pescados a la muchedumbre hipnotizada sobre pendientes, laderas y valles. “Lee, hombre incrédulo, lee, te pongo en el camino de la salvación, no la niegues lector de sin sentidos, adelante hijo, tómala, lee, te hace falta”. La fila se alargaba detrás de nosotros y se acortaba hacia la ventanilla. Yo continuaba mudo, en mi silencio tan mudo como un páramo cuando el viento duerme. El hombre, al ver que nada le respondía, hizo un alto en su urgencia doctrinaria, tomó aire profusamente, movió sus labios, rápido los movía porque en ellos estaban las oraciones que buscaban interceder por mí delante del tribunal de Dios. La cara se le llenó de púrpura, violeta y gris sucesivamente. Pensé que le iba a dar ataque de apoplejía y acaso tendría que acercarlo a un centro de salud o a un hospital. Vi cuando levantó su mano derecha, pensé: “Atrapa el don del cielo para derramarlo sobre mi cabeza”. Le di la espalda para cerciorarme de cuánto faltaba para llegar a la ventanilla, cuando la volví para saber del hombre, recibí en mi frente el golpe de la Biblia. Aturdido e idiotizado por lo rápido como el acontecimiento se había desarrollado, no atiné más que a sonreír para que la Biblia no volviera a caer sobre mi desconcierto. El hombre, entonces, visto a cuanto había llegado, corrió; corrió vociferando: “¡Es el diablo, es el diablo, que los libros en sus manos sean cenizas, sean fuego que atice su caldera demoníaca!” Desde entonces me ha quedado desconfianza por la metafísica; pega duro y adormece donde golpea. 
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Desconsolado, pues la amaba y no se atrevía decírselo; aturdido pues quería comunicárselo; pero, pensaba, a lo mejor, en el momento de expresarlo, no voy a ser correspondido. Lo pensó muchas veces hasta cuando se atrevió. Ella lo aceptó. Después la zozobra de perderla. La perdió y no supo cómo. Desde entonces caminó espantado y vencido por haberla dejado ir de su lado. Siempre la cadena de la oscuridad y el mal presagio. Luego recordaba de ella sus manos sobre su vientre hurgándola, acariciándola, agasajándole, el modo como entre sus dedos florecía el capullo y la respiración se esponjaba.

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Me encantan sus perfumes; tiene uno para cada noche; el lunes verbena, el martes coriandria, el miércoles ruda, el jueves estórax, el viernes ámbar, el sábado cueta, el domingo castoreum. Cada noche un bosque diferente y la presa del cazador igual se esconde, se resiste, se niega, se evade para, al final, resultar vencida, cazada. Yo, el pequeño dios que la huele. En sus perfumes está el secreto de su deseo y el mío. Me gustan sus perfumes cuando la verbena se pinta de verde, la coriandria de anaranjado, la ruda de blanca, el estórax de azul, el ámbar de perla, el cueta de amarillo, castoreum de rojo. Cómo me huelen estos colores cuando la palma de mi mano está en su bosque. Lili, con quien me pierde en sus cabellos. El bosque enloquece, la pasión lo turba todo. Ella me ha enseñado que el día lunes corresponde a la tórtola, el martes al pájaro de fuego, el miércoles a la mariamulata, el viernes al águila, el sábado a la golondrina, el domingo a la paloma. Todas esas aves observan mi silencio de búho, el silencio contenido de mi respiración que repasa labios y pechos en las ramas de la noche. Todas las aves se espulgan en el bosque y en mi mano el bosque. Islas en  océanos de pájaros los dos. Muchacha donde en su desnudez mi mano se pierde, se va, se deja ir, se viene, siempre mano desplumada en el botón de su bosque de aves.  Ave, bosque, perfume, todo en uno para poder ser uno en dos en esta unidad desparramada del deseo.

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Para el campesino ser libre “no significa nada cuando nada tiene”, dice Eduardo Caballero calderón. Y  agrega: En la vida común y corriente, la libertad no existe: está constreñido por las aptitudes personales, las condiciones físicas del individuo, su grado de cultura o de conocimientos prácticos. La libertad de hacer lo que se quiere se convierte en la muy mezquina y ordinaria de hacer lo que se puede. Y agrega que uno de los males más poderosos para que la libertad no se dé está en la densidad demográfica, en el constante crecimiento de la población, el hacinamiento en las ciudades, donde las personas que se odian tienen que convivir. Para Caballero Calderón perder la noción abstracta de la libertad hace que el peligro que se cierne sobre la humanidad sea mayor.

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A Julio Verne, doce de sus profecías se le cumplieron: las máquinas volantes, el submarino, la vuelta el mundo en ochenta días, viajes interplanetarios, aparatos teledirigidos, los satélites artificiales, el helicóptero, la televisión, el cine sonoro, las materias plásticas y la bomba atómica; sólo la profecía del viaje al centro de la tierra aún no se ha cumplido.

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El hombre, que lo es todo, busca el todo en lo particular; y no yerra. El asunto peliagudo está en que eso que busca en vez de unir desune. Necesitan todo con la apariencia de un mismo rostro en la variedad de sus máscaras. Caminan por la calle, llegan a las oficinas, regresan a sus casas y no se dan cuenta que son varios en las distintas circunstancias de la transición. Lo cierto, se es de otra manera en cada desplazamiento a los puntos cardinales del tiempo y del espacio.

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Profecía de Juan XXIII: “Más atención del rostro que sonríe y que viene del sur, más del sur que nadie. Su corazón estuvo siempre en el norte y vuelve para recuperarlo con sus hermanos negros".

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Se embriagaba a fondo los viernes cuando salía del trabajo. Una vez eufórico salía a la calle a detener autos con la fibra de sus músculos, a remover postes, cambiarlos de lugar, se sabía poseedor de un poderío monstruosa; una vez le pasaban los vapores del licor, no recordaba nada. Observaba los moretones, las heridas y magulladuras en el cuerpo y creía haberse caído sobre andenes, o, a lo mejor, haber estado en alguna trifulca.
Iba a cine, era su vicio solitario, no le gusta saberse acompañado, allí, en las butacas del teatro le apetecía soñar en la pantalla los sobresaltos de la vida en otros. Tenía dificultad para leer con rapidez los diálogos en la pantalla, pero esto a él no le importaba, ahí estaban los cuerpos, los objetos, los movimientos que le mostraban y le decían todo.
Le encantaba la siguiente frase, y se la repetía a sus amigos, cuando iba a empezar a beber con ellos: “La muerte tiene el nombre del que muere; así que si yo muero, sólo soy el nombre de esta muerte, muerte más que vida, porque la vida es el teatro, la pantalla donde la muerte tiene sus nombres.
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Lo escribí en el setenta y ocho del siglo pasado, mitad de ese año; extraño, sí:
Domingo: En una aldea, cerca de la capital del departamento. Está con doce amigos. Se han citado allí para fijar una estrategia a seguir en la empresa donde trabajan. Solicita un asno a sus amigos, quiere subvertir el orden de la ciudad para gozarla. Uno de los doce va a la aldea cercana. Antes de entrar a la aldea se siente cansado y se recuesta a la sombra de un árbol. Cuando despierta, a su lado, el burro. Piensa: Él lo necesita. Lo lleva al Hombre. Él monta, entra en la ciudad seguido de sus amigos que le hacen fanfarria. La gente en los aledaños de las calzadas las plazas y los cafés, chiflan y le dan palmadas en las espaldas por haberse atrevido a tanto.
Lunes: Comparte con los doce la hora del almuerzo, luego de una dura jornada de trabajo en la oficina. No hay ninguna mujer con ellos, de pronto en el ambiente olor de nardos, levanta la mirada del pan que comen; en la entrada del restaurante una mujer. A él le gusta su olor cuando el aire que viene de la calle lo empuja hasta donde él esta. La mujer avanza hacia por entre las mesas y se pone a su lado, trae una botella de vino, se la ofrece, el hombre le pide que se siente a su lado; la conocía de una reunión en casa de una amiga.
Martes: La resaca le palpita en la cabeza, la mujer está a su lado, duerme. Se levanta urbanamente para no despertarla. Afuera, en la calle, mientras toma un taxi, no sabe cómo decírselo a los doce. Teme que no le creerán, que crean que se distancia de ellos, que ya no hay motivos para seguir unidos, los ha abandonado, la noche y la mujer trazaron un puente a punto para distanciarlos. Llega donde ellos. La silbatina  y el jolgorio se escuchan más allá de las ventanas de la oficina donde trabajan juntos.
Miércoles: Uno de ellos no está contento con cuanto ha ocurrido, se sabe traicionado y rencoroso; le ha birlado la mujer que ama, los celos lo ponen contra la pared. En el mundo de oficinas, de jefes, de personas con mando, y él tiene un  cargo mayor que el hombre, desea imponer su orden; lo acusa: un empleado infiel, no cumple con los requisitos de la armonía en el trabajo; es holgazán y se embriaga en tiempo de trabajo. El jefe, que le tiene malquerencia al hombre escucha y relame su bigote de mexicano valiente y aventurero.
Jueves: Comen en un restaurante, el hombre y los doce. Él, sin contenerse desnuda sus desventajas, los acomoda en virtudes. Pero el que no está conforme, se siente fuertemente aludido en sus desventajas, se para de la mesa, los abandona.
Viernes: El hombre regresa al trabajo, en el escritorio de su oficina la carta donde le piden la renuncia. ¿Qué hacer? Se pliega al hecho, no es más que un subalterno más. Los amigos lo miran abandonar el edificio con  nudos en la garganta.
Sábado: Se levanta tarde. Desorientado mira los techos de las casas desde su apartamento. Mira a las mujeres contonear sus caderas pidiéndole espacio a las miradas de los hombres. La noche inmediatamente anterior estuvo metido en remolinos donde había rostros de políticos, presidentes y sacerdotes en banquetes; él no podía departir con ellos, le cerraban las puertas en la cara.
Domingo: Una llamada. Al teléfono: Hola, mi amor. Cómo te sientes. ¿Te acuerdas de la otra noche? Él piensa: “No importa, reinventaré el paraíso, haré del goce el principio de otra vida; haré de esta vida otra vida y en ésta contará la mujer al otro lado de la línea.
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Con D. C. dijimos  ponernos de acuerdo para hacer una obra de fenomenología. Esta tenía que ver con asuntos paranormales, parasicológicos. Hicimos programación de trabajo. Después, después, nada. Derivé a otros mundos, a otros lugares lejos de donde pudiéramos encontrarnos. Yo no trabajé en la propuesta; él, tal vez, sí. Creo que insistió en ello, tuvo que ser así, porque años después, lo vi atormentado por demonios, por la poesía, por la  incomprensión de sus padres, por sus amores procelosos, por esa ansia de infinito que tiene el hombre al querer desentrañar las estructuras elementales del universo; después, mucho después, le pregunté a un amigo escritor, que yo sabía él frecuentaba, por su vida: Se suicidó. ¿Asombro? No. Había lidiado un intento de suicidio a causa de un amor que él sabía estaba más allá de una relación normal entre un hombre y una mujer. Un amor en el cual el rencor y la resistencia al fuego, que los devoraba por dentro, los expulsaba de la tierra para vivir infiernos de caricias donde no cabía el tamaño del amor. Luego, supe que no se había suicidado. Entablé comunicación con él al ubicarlo por Internet. Por esos azares desacomodados perdí contacto con él. La agenda donde anoté su teléfono la perdí en la misma semana. Ha borrado el rastro de Internet. El otro, tal vez, no necesita mi ventura y mi oficio de hombre. 

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Ahora leo mis escritos del año setenta y ocho; me lleno de expectación, de retozo y de mariconada haber escrito esto que puede ser tomado como persona afecta a su mismo sexo; yo, que tanto escudriño el fondillo de las mujeres. Aquí va: Desde el lugar que ocupo, cafetería enfrente de una droguería, al otro lado el andén, cuarteado por las raíces de un eucalipto fastuosamente erguido, ranuras semejantes a poderosos rayos jupiterianos, desconcertantes tajadas de cemento superponiéndose unas sobre otras; veo al hombre, indolente, manos en los bolsillos del pantalón, gafas de vidrio oscuro marca Foster Grant, dentadura frotada tantas ves con cepillos y crema Pepsodent; me causa pasmo su cuerpo de verano tantas veces masajeado con aceite marca Calgón en manos de una morenita briosa y despreocupada. Me divierte esa ambigüedad amanerada, esa frontera para empezar a inventar otra historia de hombre flojo de culo. No me molesta. ¿Cómo puede importunarme lo humano en su debilidad o fortaleza? Depende de cómo se asuma. Debía haber estado leyendo una revista, sus avisos publicitarios. ¿Cómo podía saber yo de las marcas de sus gafas, ¿cómo comprender que el aceite en su cuerpo tenía le textura y el aroma que digo? Pero, insisto: Camuflo el asunto. Miren ustedes; tonto soy si prosigo dando explicaciones. Cuanto diga no convencerá a nadie, ni a mí mismo. Este el encanto de la escritura.

Más adelante escribo en el cuaderno de notas, día 12 del mes VI del año 78: Caminar por China es encontrar letreros con leyendas como: Pisar con permiso oficial. Se inmoviliza al ciudadano transgresor; detención precautelativa. Imagino: Los hijos abandonan su hogar, sus ocupaciones, la guerra los llama, la nación los llama, el estúpido racionalismo los sacrifica por tan poca cosa como pisar.... Detención precautelativa; debe ser suplida la fianza pecuniaria en cuantía de..., de acuerdo con la gravedad de la acusación. Para demostrarlos culpables se hace padecer, para demostrar que son inocentes igual.  Una vez aligerado del peso acusatorio, se debe demostrar, frente a la sociedad civil, su inocencia. El círculo no se estrecha, se amplía. Caray, en lo que deriva la homosexualidad. Me encantan las mentes perversas en búsqueda de orificios para hurgar.



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Voltaire: “Se necesitan veinte años para conducir al hombre del estado de planta en que se halla en el vientre de su madre, hasta el momento en que comienza a florecer la madurez de la razón. Se necesitan 30 siglos para conocer un poco su estructura. Se necesita la eternidad para conocer un poco su alma. No se necesita sino un instante para matarlo...” Voltaire, el mismo que lanzaba apasionadas en injustas diatribas contra Rousseau, se burlaba de su espíritu. Voltaire, el que lo aceptaba todo para realizarlo todo, para deshacerlo, para mostrar la riqueza de la mente. Lo destruía todo para construirlo de nuevo.

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13.VI.78. Contento, alegría en mis sentidos, compré un libro de poemas de Holderlin; poeta que he amado entrañablemente; un libro de Saúl Bellow: El legado de Humboldt. Este último deteriorado, realización en la librería Plaza y Janés. Envié una obra poética a un concurso denominado “Santuario sin nombre”. (Sobra decir, no tuvo figuración).

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Cartagena, ciudad ecológicamente perversa, desarreglada. Alegra la vista pero desprecia nuestros pulmones. Arrebata la arquitectura de sus construcciones, pero insulta nuestra respiración. Humedece de ánimo e infinito el mar, pero ofende nuestro olfato el agua que brota de los albañales. Preciosa ciudad para tanta vulgaridad de hombres que hacen sus necesidades en sus calles, en el mar, para tanto descomedimiento de gente que escupe y se suena sobre andenes. Se corre peligro de ser salpicado. En esta ciudad él conoce a una mujer que dice ser trabajadora social, y se resiste. En un momento de decisión certera ella cambia su hábito de vida. Dios la llama, le comunica que debe desnudarse frente a él. Recostado en la cama la espera. Insensata y apasionada se aprieta a su cuerpo.

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Oro: símbolo solar del conocimiento. Incienso, símbolo de la divinidad. Mirra, símbolo de la inmortalidad

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Buscaron hacerla llorar pero no pudieron. Entonces decretaron que era bruja. Las brujas no lloran, ni frotándole saliva en las mejillas. Eso ocurrió en Tolú, célebre por esos personajes. Aquí el suplicio no era la muerte sino las cárceles: pestilente y brutal su arquitectura. La habían atrapado un viernes, en Palo Hueco. Estaba con una cosa enana que le decía hiciera una cruz con el pie izquierdo en la arena, para luego borrarla con el trasero. Tenía la mujer en su mano una guacharaca con la cual se echaba aire en la cara y el cuello. Quien la vio salió corriendo al pueblo a dar aviso. El sacerdote inmediatamente hizo sonar las campanas para obligar la huida del demonio de la bruja. La gente salió al camino, a las calles, con la ropa puesta al revés. La vieron venir. La rodearon y la amarraron con cáñamo. La llevaron a la plaza. Le hicieron quitar los zapatos, sacudir el polvo, en él estaba la carcoma del diablo; una vez movido el polvo el sacerdote la roció con agua bendita. Como traía una piedra en la mano, la había recogido del suelo pues le pareció curiosa la forma como la naturaleza la había moldeado, alguien dijo que era la piedra sangrienta de Belcebú. La desnudaron, le pincharon milímetro a milímetro el cuerpo, hasta encontrarle el lugar indoloro. Ahí estaba, no se inmutó ni se desmayó. Luego la ataron a un palo y pusieron debajo chamizos, trozos de ceiba, camajón y dividivi, y la quemaron. La mujer, horno para los hombres, entonces hoguera.

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En la Semana Santa del año 1979 la conocí. Rubia, hermosa rubia. Su nombre, Patricia. En la finca de Ambalema. En el río Lagunilla nos bañamos. Siempre juntos en la tarde. Empatía maravillosa. Después ella se fue con su familia a Bogotá donde vivía, no sin antes haberme dado teléfono y dirección para visitarla; claro, la más contenta era la madre que insistía me acercara a su casa. Y fui, cuando subí a Bogotá fui. Me recibió la madre. La hija  vino, la saludé, pero ella tenía que “hacer” y subió a la segunda planta, la siguió la madre un momento. Tal vez, en alguno de los cuartos, madre e hija hablaron: “Mami, qué hacer, yo no quiero recibirlo, mami, ayúdame”. Así, frente a la madre me sentí incómodo, todo el tiempo perturbado cuando ella estuvo de regreso. Creo que estar allí no duró más de diez minutos. Salí para nunca más volver, para olvidar su casa, para desterrarla de mi memoria. Fue rápido y sin rencor como me desentendí de ella. Aquí el silencio se calló aún más. Fue como haber mirado, solemnemente, el entierro de mi corazón.

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Es grato recordar amores, los que pudieron haber sido y no fueron, los que se desviaron a un costado y dejaron la tierra árida, los que fructificaron. Por ejemplo, la morena de cuerpo de gimnasta, además la practicaba. Ella decía no creer que la quería, que me gustaba, le parecía mentira, imposible. Si le preguntaba si me quería, respondía que un poquito y a mí eso me parecía nada, un desvío de aguas que secaban mi entusiasmo. Como había temor y espumas en querencias, me refugiaba en el libro Opiniones de un payaso, de Henrich Böll, (junio 26 del 79).

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Sócrates, enemigo de la democracia, en esto se parecía mucho a Homero.

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Los platónicos querían saber para encontrar la salvación. ¿Pero, salvarse de qué? A donde se vaya siempre habrá procesos, y los procesos son contradicciones, dialécticas que se resuelven en otras contradicciones, así, hasta el infinito. A Henry Miller un periodista le pregunta: “¿Hasta dónde un escritor ejerce influencia sobre el mundo que lo rodea? Miller responde: “Un escritor no puede hacer nada por ese mundo. Nadie puede hacer nada. Todos estamos en las manos del diablo porque Dios ha desaparecido”. Estamos en manos del azar. Ni en una frontera ni en otra. A las metas las precede un recorrido ondulatorio o en espiral donde no hay absolutos, apenas luces que nos guían, o aguijonean a avanzar, pero nada más; radicalmente solos, sumergidos en el todo, en tiempos y espacios sin dirección. No hay vacío, como pudiera creerse, siempre hay algo o alguien en quien creer y que nos crean. La curiosidad está en el trayecto entre lo ilímite; aquí la emoción estética para saber de nuestros hijos, de nuestros padres, de nuestros amigos; la emoción estética de quitarle la ropa a una mujer.

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Andrés Olguín, como traductor de Baudelaire, bueno, muy bueno; fatal como crítico, fácilmente refutable, no convence, no resiste un análisis.

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Ingenuidades: Es posible vibrar al ritmo de lo que está fuera de nosotros y al tiempo dentro de nosotros. Es posible sentir cómo la otra vida tiembla; tiene la misma sustancia que me conforma.

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Borges dice: “Una infinita duración ha precedido a mi nacimiento, ¿qué fui yo mientras tanto?, metafísicamente podría quizá contestarme: “Yo siempre he sido yo; es decir cuantos dijeron yo durante ese tiempo, no eran otros que yo””.

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Marco Aurelio: “Aunque los años de tu vida fueren tres mil o diez veces tres mil, recuerda que ninguno pierde otra vida que la vida ahora ni vive otra que la pierda. El término más largo y el más breve, son, pues, iguales. El presente es de todos; morir es perder el presente, que es un lapso brevísimo. Nadie pierde el pasado ni el porvenir, pues nadie puede quitarle lo que no tiene. Recuerda que todas las cosas giran y vuelven a girar por las mismas órbitas y que para el espectador es igual verlas un siglo o dos o toda la eternidad”, Reflexiones, 14. Esta idea “nadie pierde el pasado ni el porvenir, pues nadie puede quitarle lo que no tiene”, es diferente a la idea de E. Heminway, que tomó de un filósofo pragmático norteamericano, en Por quién doblan las campanas, la idea básica es: cada ser al morir se lleva con él algo de nosotros. Si alguien muere morimos nosotros, morimos a dosis. Otra cosa piensa Samuel Beckett, en Malone Muere. “...y cuando hay uno que muere los demás siguen como si nada ocurriera”, como quien dice, no es necesario preguntarnos por quién doblan las campanas.

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En el pasado, 1979 escribí la necesidad de volver a leer las siguientes obras: Mientras agonizo, de W. Faulkner; frente a un hombree muerto, las perspectivas de quienes lo ven muerto, las memorias de la vida; Malone muere, Samuel Beckett, el universo de un hombre incapaz de recordar lo inmediato, reflexiones sobre la nada, su serena agonía; Cinco horas con Mario, Miguel Delibes, la esposa frente al cadáver de su esposo, vierte toda su vida que se pregunta hasta dónde llegó con el hombre y qué quedó por hacer y que hay que hacer; Pedro Páramo, J. Rulfo, el regreso de un hombre a su natal ciudad, Comala, la venganza; La condición humana, de A. Malraux; El otoño del patriarca, G. G. Márquez; La muerte de Artemio Cruz, C. Fuentes; La muerte de Virgilio, H. Broch, La muerte de Ivan Ilich, León Toltoi,... Ahora que releo esto entiendo mejor lo que he buscado con mi escritura, ofrecer sentido a la muerte como lugar otro para la vida. En cierta medida, De amores, tiempos, sueños y palabras, (ahora tiene el nombre
Sin límite, marzo 15 del 2003),  en sus cinco variantes (Oníricas, Clepsidra, Yo viendo llover, Sin límite y Desencadenantes) tiene que ver con este lugar otro, no desde los vivos, sino desde la muerte.

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Georges Charbonier: “No somos unánimes al decidirnos; somos unánimes en obedecer la decisión tomada”.

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“La historia, dice Robert Graves, es un medio primitivo de atemorizar al agresor”. Tener  historia y que el otro la conozca es mostrar de lo que se es capaz de hacer, de cómo se han resuelto los conflictos; hasta dónde se llega con el poder. Es mostrar el filo de nuestras decisiones.

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El miedo. Para referirse al miedo, los romanos hablaron de metus, vocablo de sentido lato (que rigurosamente le corresponde); fornido, cobardía innata; timor, desconfianza o recelo; terror, schok repentino que hacía dispersar a una multitud despavorida; el horror era un temor histérico a lo desconocido, que pone los pelos de punta; pavor, una cobardía que enajena; reverentia (de “vereor” “yo temo”) era quedarse atónito ante los dioses y héroes venerables, el único temor permitido a los jóvenes. La palabra pánico no se usó en Roma, en cambio en Grecia sí, y significó un terror inexplicable, como atribuido en cierta ocasión al dios Pan. Virtus era en los romanos intrepidez en defensa del honor masculino.

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En tu mano, amigo, estás todo tú: calor, temblor, fuerza, amistad, disminución de distancias, alegría; la voz que ha sido timbre y esperanza antes de que tu mano, amigo, llegara a mi mano.

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¡Diablos!, once cosas son impuras, entre ellas: la orina, los huesos, la esperma de mi eyaculación, la sangre, el hombre y la mujer que no sea musulmán. Lo dicen ángeles que se guardan de decir el nombre, su nombre. Jueces para otros, mas no de sí mismos.

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Tan pocas mis victorias, tan largos mis desconciertos. Aún aguardo el respiro de una victoria más. Tal vez he buscado el paraíso afuera, cuando en realidad está dentro de mí, y, lo que parecen derrotas, probablemente un desvío azaroso en el terreno del paraíso. Flores convertidas en nieve, nieve convertida en fuego en la fuente Castalia. Tanta dicha del gallo que sobre las gallinas se esponja. Ni pizca de cansancio, la gallina espera, sabe que la trepará después del gallo haber bebido agua de la fuente. Todo su paraíso en el sacudimiento de su cuerpo sobre la gallina. El gallo que soy no ha bajado del árbol a recorrer el gallinero.

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Escribí en 1979, y aún hoy eso se sostiene: Mi patria es tibia, política, retórica,  hipócrita, taimada, indecisa, sin carácter. Patria que le cuesta trabajo tomar decisiones si antes otro no las ha tomado; esencialmente imitadora de naciones que considera poderosas. Tomar partido le cuesta trabajo, todo lo enreda en eufemismos, en evasivas. Señalada por cuanto los otros puedan decir de ella; así, su reputación, lo más importante. Confunden reputación con sobriedad. Cuando es demasiado el compromiso en la toma de una decisión, prefiere callar. Siempre se acoge a la línea donde están los más.


Hay un poema de Oscar Wilde en el cual un hombre muere y llega la hora del Juicio. Dios abre el libro de la vida, le enumera los pecados. Dice Dios que debe enviarlo al infierno, el hombre responde:
No puede.
Y Dios dijo al hombre:
¿Por qué no puedo enviarte al infierno? ¿Por qué razón?
Porque he vivido siempre en el infierno – respondió el hombre.
Dios reflexiona, entonces dice:
Ya que no puedo enviarte al infierno, te enviaré al cielo. Sí, al cielo te enviaré.
Y el hombre calmo:
No puedes
Y Dios dijo al hombre:
¿Por qué no puedo enviarte al cielo? ¿Por qué razón?
Porque jamás en parte alguna he podido imaginarme el cielo – replicó el hombre.
En Obras completas, Aguilar, p. 870.

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Hay obreros que les suda hasta la sombra.

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Las telas de araña están siempre inclinadas y la araña las remata siempre con una firma en zig-zag.

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Los vegetales tienen su autotrofía, que es la capacidad de fabricar materia orgánica, materia viva, a partir de elementos minerales, de elementos aparentemente muertos.

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Gallistos (la bella), así llamó Homero a Venus, el planeta. Cicerón lo llamó Vesper.

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Los dioses juegan, nosotros trabajamos, dice Octavio Paz. Nosotros somos el juego de estos dioses, las fichas que ellos mueven, las cartas que planean sobre el tapete, la bola que rueda. La creación es un acto gratuito, un juego. Después del tedio y antes del mismo, el juego rompe la inercia. Nosotros no somos necesarios. Por nosotros mismos no nos sostenemos, por voluntad ajena, más bien. Nos han creado como juego. De pronto los inventamos nosotros, digo, para jugar nosotros, para atemorizarnos, para imaginar poéticas. Un modo de reír en nuestros juegos. Porque jugar es también reír, estar en el terreno de la risa. La risa síntoma de posesión demoníaca, de pensar, de batir la olla cruda de los alimentos.

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A falta de...
Fin de semana, puente. De la capital baja gente a descansar a tierra caliente, un pueblo recostado al río Magdalena, Ambalema. El pueblo posee arquitectura para conservar. Casonas solariegas, de alerones amplios y postes de madera. Casas de bahareque y palmiche. Un amplio parque de árboles frondosos; en uno de los costados la alcaldía, en el otro la parroquia, en el otro el colegio para señoritas; en el otro la estación de policía en una esquina. Los agentes sacan taburetes, los recuestan a paredes, dormitan la paz, la violencia está quieta y la paz duerme. El alcalde, una persona dinámica, interesado en buscar diversión tanto para los nativos como para quienes bajan de la capital a descansar en la modorra y en la quietud; se preocupa porque los futbolistas de la localidad jueguen con quienes han llegado de tierra fría. Dos días y logra interesar a la gente para que el sábado se juegue un partido de fútbol, después de las tres de la tarde.
Llega el día y la hora. El equipo conformado por los capitalinos está incompleto. ¿Qué hacer? El alcalde no da tregua, piensa, encuentra la solución. Que jueguen los tres policías. Listo, situación arreglada; pero, sorpresa, a la hora de distribuir en la cancha los jugadores, aún falta uno. El asunto se complica. Mira la extensión de la cancha, la gente reunida en las gradas: muchachas, damas, ancianos y un arrume de pelados cuyas piernas aún viches no están para los zapatazos de los adultos. Se le nota al alcalde la tensión de su pensar. Finalmente. Listo, ya lo tengo, traigan al preso del calabozo en la alcaldía.
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El terrorista. En esencia su intención es crear pánico, miedo, desconcierto. Su mira, transformar un estado de cosas. Quien lo asume piensa que es la personificación del patriotismo. El terrorista actúa, según él, en nombre de una causa elevada, aunque realice actos indiscriminados de violencia. Es frío, indiferente al dolor que inflige a la víctima. Es un fanático, y su fanatismo deviene de los disturbios sociales, la pérdida de los caminos tradicionales; puede devenir en ello como consecuencia de una guerra devastadora; dislocado, asume que él y el mundo se desmoronan.
Hay pérdida de identidad, no tiene claras sus tradiciones que le puedan dar sentido a su vida; en consecuencia, resulta preso de ideologías extremas. Se apega a una verdad absoluta, pero también puede abandonarla para acogerse a otra verdad, entonces la que abandona es su enemiga, es enemiga la que no corresponde con su verdad igualmente. Su verdad le da sensación de estabilidad y consuelo. Característico en un individuo así es que su ideología está impregnada de fanatismo apocalíptico que divide el mundo entre el bien o el mal, no hay matices; a esto se le suma la fuerte sensación de desesperanza, convertida luego en rabia.
Actúa en la búsqueda de una nueva era, de un nuevo estado de cosas, para lograr esto cualquier tipo de acción es justificada. No en vano actúa para salvar el mundo. Esto, mas la rabia hacia su víctima, conduce a una actitud de indiferencia que adopta frente aquellos que ve como enemigos. Asesinando o colocando bombas es frío e insensible a la cohibición de las emociones ordinarias, como la empatía o la compasión. Ha sepultado sus emociones. Necesita una poderosa identificación con un líder que le ofrece la fuerza sicológica de la cual carece. Saber como garante el líder le proporciona la sensación de plenitud que no tiene por sí mismo.
El riesgo de la muerte es una emoción de la cual carece. Es probable que en el pasado hayan padecido una enfermedad grave que los llevó al umbral de la muerte, y esto sea la base por la cual desprecia la muerte. “Habiendo estado tan cerca de ella, necesita probarse a sí mismo que no teme al riesgo de morir”.
Los momentos claves para haber entrado al terrorismo pueden ser: arresto en batidas de policías y posteriormente torturado; en otros casos, la brutalidad fue cometida por alguien muy cercano a él; incluye también la amenaza de castración o tortura genital. Este tipo de experiencias son golpes terribles en personalidades con poca conciencia de su identidad; Así, busca redimir su hombría, lo que no tienen, en el terrorismo.
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Caras se ven, corazones no.
Todos los hombres que he arreglado, niña, se lo merecían por faltoncitos; ¿qué cómo así?, por irrespetuosos. No sé cuantos, niña, no importa, ¿a quién le importa? En esto, niña, he ganado plata, de la buena. Recuerdo la primera vez que me tocó matar. Estaba en el ejército. Maté por mi patria. Mi sargento recalcaba una y otra vez: Por la patria; un deber de ciudadano que salvaguarda las instituciones, la honra y bienes de los ciudadanos. Le creí y lo hice y no me dolió, la patria lo necesitaba, niña. Cuando salí, me metieron en la cárcel por un delito que no cometí, nada tuve que ver con el muerto; de allí me volví malo. Como ve, niña, soy una mierda, una chanda. Tómese tranquila su refresco, no le va a pasar nada. No tenga miedo, está usted con un varón. Esta es mi mágnum 357. No tiemble, niña. No se me achicopale, no le voy hacer nada. Su trabajo es ser mujer, periodista, el mío es matar. No me vaya a faltar y no hay problema. Viví en una casa hedionda, en el barrio La Pajarera. Cuando me fui de allí llegué a un hotelucho mal alumbrado, pulguiento. Ya había estudiado la secundaria. Intenté entrar en la universidad, lo logré, pero sólo pude llegar al tercer semestre. Condiciones perras. Cuando tenía para el almuerzo no tenía para el desayuno ni para la comida en la cafetería de la universidad. Me levantaba tarde para envolatar el desayuno, me acostaba temprano para birlarle a mi estómago el hambre de la comida. Perra situación. ¿Matar? No, no me causa ninguna sensación. Sólo el primero da miedo. Uno se marea mucho con el primero, niña, después uno se acostumbra. Cobro tres millones de pesos por tipo. Esto vale cualquier muertecito común. Si es muy jailoso puede valer hasta diez paquetes. Eso sí, no acepto menos de tres. No se puede matar por menos. Yo sé de unos manes de por allá arriba, La Calera, que trabajan por menos. ¿Sabe una cosa, niña?; es que uno quema mucha adrenalina cuando está trabajando. Es que es muy hijueputa saber que si uno falla, el muerto es uno. Después de trabajar me tomo hasta dos litros de agua. La tensión, la espera, deshidrata, quema, chamusca, entumece, seca hasta las tripas. ¿Cómo niña? No. Matar no es pecado. Para mí pecado es lo que no se hace. Ni siquiera culpa. Culpables son los otros, quienes me arrastraron a estas circunstancias. Uno tiene que vivir. Los solventes, los apoltronados en sus sillas frente al televisor, tomándose un refresco o un trago, con una mujer que los atiende, los consciente, les hace arrumacos, parecen no saber que todos tenemos que comer. Lo que hago es para comer, para vivir la vida sin tanto efugio. No hay ni trago ni mujer honrado para nadie, para uno que está encanado, menos. Mire, niña, si usted no debe nada, nada le pasa. Si da dedo o canta lo que no debe, se jode. Yo sé que usted es inteligente, niña. Tipo que no haga cosas malas no tiene porqué pasarle nada. Uno sabe que cuando lo llaman a uno para hacer un trabajo es porque el cliente se ha negado a tranzar. Cuando son negocios, casi siempre se llama al man para hablar a lo bien. Pero, si el hombrecito no acepta, ahí es donde hay muñeco. ¿Cómo, niña?... muerto, esto quiero decir. Caras se ven, corazones no. A fuerza de sufrir en carne propia los horrores de la cárcel, me hice cruel, despiadado; le perdí respeto a la vida y no al dinero, el dinero significa poder. Me detuvieron en forma injusta, niña. Yo era un tipo sano, jamás había fumado o le había hecho daño a nadie. Me llevaron a la cana y, mientras averiguaron que no tenía nada que ver con la muerte de la cual me acusaban, pasaron cinco años de aberraciones, de puñaladas, de juegos de poder. Estando allá mi mamá murió de pena moral. Cuando salí nadie me ayudó. Todos, todos se apartaron como si fuera la peste bubónica. Difícil conseguir trabajo. Estar en la cárcel es lo peor que le puede ocurrir a un hombre. Salí malo, lleno de rencor. Pasó poco tiempo hasta cuando un cliente, en la cárcel, me ofreció un trabajito, pagaba buena platica para que le arreglara una culebra que tenía. Aquí mi primer muertecito. Bueno como el pan y entonces malo como el alacrán. Ahora, cuando mato a alguien, pienso que me están pagando algo por lo que sufrí en ese infierno de cárcel. Si a uno le dieran el piris, quiero decirle el adiós definitivo, no le harán tanto mal. como llevarlo a la cana. La cárcel es la universidad del delito, donde al varón le hacen cosas horribles. Cosas horribles para un varón, entiende, niña. Allá ocurren cosas muy duras para cualquier hombre, por macho que sea; al final ya sabe uno qué es. En la televisión se aprenden cosas chéveres, le enseñan a uno como escaparse, cómo hacer las cosas más efectivas y cómo superarse. Yo he efectuado trabajos igualitos a uno de Bareta. Salió titísimo, sí niña, muy bueno. Manes y viejas, igual que en televisión. Es lo mismo. Niña. Sí, a mí me friquió mucho darle a la primera vieja, pero después ¡qué carajo! Después no pensé si eran hombres o mujeres. A María Auxiliadora yo le mando a decir misas y nunca me ha dejado pasar nada. ¿Cómo? Sí, entiendo, uno nunca conoce quién lo contrata, para el contrato hay un intermediario. Uno no sabe quién lo contrata ni a quién va a matar. El intermediario es el que le entrega a uno lo que necesita: la foto, la dirección, las señas del tipo y los sitios que frecuenta. Si el negocio es muy teso el tipo es el que arregla todo lo necesario: hace los planos, consigue las armas. Nunca decimos quiénes son los intermediarios. En este negocio se debe ser muy discreto. Si uno abre la boca, es sapo reventado. Lo primero que se aprende aquí es el silencio. En este negocio, los más peligrosos son los invisibles. Uno no sabe si cuando lo están contratando a uno para organizar un tipo, están acordando con otro para que le de materile a uno. Cada trabajo que se realiza puede ser el último, por esto siempre cobramos por adelantado y en efectivo. Uno no sabe si hay alguno esperándolo a uno para matarlo apenas liquido el cliente. ¿Trabajar yo, niña? Cómo se le ocurre. Ni pensarlo. ¿Camellar, yo? Si el trabajo es salud que trabajen quienes están enfermos. Sí, niña, malo. No creo ni en Poncio Pilato. Más bien creo en la platica que está en mi bolsillo. La llave es el billete, niña. Ahora dejemos esto a un lado. Demasiado calor se ha metido en mi cuerpo. Necesito ir, lejos, ir a la muerte que en cualquier esquina me espera y aguarda mi descuido. 

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Verano



El hombre no había podido cerrar sus ojos durante la noche. Igual el resto de la familia. La luna llena mantuvo su espejo en el fondo fuliginoso de la noche para iluminar un paisaje árido, polvoriento y silencioso. El calor reptaba llamas trepidantes dentro de la piel. Permanecían quietos en la cama, de espaldas o bocabajo, para que ningún segmento de su cuerpo se tocara con otro, pues experimentaban aún más la vehemencia de la atmósfera.
Habían abierto las ventanas del apartamento; habían descolgado las cortinas para no interrumpir la brisa del mar. Mendigaban al ambiente un lengüetazo fresco y el mar, muy de vez en cuando, encarrilaba cintas de brisa fresca.
Cuando no pudieron soportar más la cama, salieron al balcón, la niña, el niño y el padre. Se sentaron en sillas de mimbre y de plástico, su hermano se acomodó en el piso; sentado, el niño se dejó ir de lado y se durmió. Afuera, desde el balcón, veían la noche limpia, barrida por la luz de las estrellas y de la luna.
El padre se arrodilló y le puso una mano en la garganta al niño para averiguar la temperatura; era normal. Como había tenido que dejar la otra mano en el piso de mármol, mientras permanecía arrodillado, lo encontró fresco. Se lo dijo a la niña, entonces se tendieron en el piso; así lograron conciliar el sueño hasta la alborada de un cielo más azul que el mismo azul fabricado por hombre alguno. En el horizonte del oriente el sol fue explosión de llamas dolorosas, llegaba en intensas oleadas hasta la ciudad cuyo gris se veía más gris y más blanco el color de los edificios pintados de blanco, un blanco con ribetes de violeta.
La niña sentía plomo en sus nervios, un plomo herviente que al mismo tiempo levantaba de sus frágiles miembros brumas para enturbiarle la mirada. Lo primero que le dijo al padre fue: “Papá, cucarachas caminan por mi cuerpo. He soñado con ellas, ahora arrastran su patas por mi garganta”.
Su hermano, que acaba de despertarse, la ropa arrugada y sucia, dijo desde una mirada desesperanzada y ávida de razones ciertas: “He soñado cómo de las paredes del apartamento brotaba agua, fuentes para beber; pero, antes de acunarla en mis manos, se evaporaba”.
El padre no sabía qué hacer con sus manos mugrientas, pegajosas; sus ojos, soflamas,  miraban la caliginosa mañana con la esperanza de ver el borrón de una nube cargada de agua; entró al cuarto desde el bacón y sacudió a su mujer por los hombros. La mujer despertó atemorizada, preguntó qué había pasado, “dónde, por qué me asustan”. El marido, desconcertado, al verla desarreglada en su conciencia le pidió calma.
Salieron al balcón y miraron la Bahía de las Ánimas, al vaho levantado de las aguas de la bahía punteada de veleros y barcos mecidos por el tenue oleaje. El hombre dijo si mirarlos, los ojos puestos sobre la ciudad amurallada: “Es necesario salir de la ciudad, buscar la corriente de un río, de una quebrada, alguna ciénaga de agua dulce. Antes iremos al mar a bañarnos”.
La mujer agregó: “Vamos a seguir igual de pegajosos; con agua de mar, la sal, el cuerpo es miel y sal”.
El hombre reveló: “Llevaremos champú, el champú hace espuma, abundante espuma con el agua del mar y deja en la piel sensación de limpieza. Luego buscaremos la carretera Troncal, hacia el río Magdalena”.
Una vez el hombre terminó de hablar, relámpagos fantasmales se dejaron conocer por el suroriente, más allá de la Isla Barú. Ráfagas eléctricas en desfile de juegos artificiales, ruidosos e intimidantes.
Tomaron el carro y salieron en dirección a la playa. No había rocío en los árboles ni en la hierba seca. Cuando llegaron al Parque de la Marina observaron la Avenida Santander atestada de carros. En el mar gente, mucha, se bañaba. Quienes abandonaban la playa habían preferido no ponerse más prenda que el vestido de baño.
El comercio había cerrado. Ningún vendedor ambulante pregonaba productos. La multitud buscaba, a pie o en carro, salir de la ciudad. Quienes iban a pie, de vez en cuando se detenían y pedían ser recogidos; alguno que otro se apiadaba.
La niña, de nueve años, dormitaba en el puesto atrás del carro, su hermano, de once, observaba por la ventana las piernas de los caminantes, las calles sucias de papeles, las ventanas polvorientas y la mañana que caía como papel periódico arrugado sobre los techos de las construcciones. Muchos habían tomado la Avenida Pedro de Heredia para salir de la ciudad. Los carros avanzaban lentos, tardos como la desesperación en el ánimo de quienes salían en procura de agua.
Solo al promediar la mañana la familia había podido llegar a donde, a lado y lado de la carretera, se extendían haciendas ganaderas cuyos animales eran esqueletos calcinados bajo la sequedad de la tierra, o atollados en los pantanos que se formaron en los bebederos, acabando de podrir el agua. Adelante la hilera de carros era rumor incesante y sordo, detrás igualmente; por las ventanas el ruido del aire entraba y secaba gargantas, encendía de fiebre los ojos.  El sol abrazaba la tierra y en esa apretura se podía ver los cendales de calor buscar altura.
Era un verano de dos años. Ninguna gota de agua se desprendió, las nubes se deslizaban pero nunca se aglomeraban para ennegrecerse y soltar lluvia. El aire era una sombra chamuscada restregándose empalagosa en los cuerpos.
La niña despertó sobresaltada, sudaba, lo primero que pidió fue agua. Su padre se desesperó porque no sabía de dónde darle de beber. Solo se le ocurrió decirle que pronto llegarían al río.
A la altura del kilómetro cuarenta y ocho la caravana de carros se detuvo bruscamente. El padre sacó la cabeza por la ventana y trató de mirar hacia delante, con la esperanza de indagar la razón de la interrupción de la marcha. Nada. Allí todo quieto. Buratos de calor culebreaban sobre las capotas y los techos. Vio centenares de cabezas brotar por las ventanillas. Nadie se bajaba, nadie caminaba. Quienes tenían aire acondicionado se guardaban dentro, cerraban ventanillas y prendían para refrescarse. Al cabo de dos horas de aguardar algunas personas se bajaron de los vehículos y emprendieron marcha a pie; se habían quedado sin gasolina.
Adelante, a tres kilómetros se alcanzaba a ver el puente sobre el Canal de Dique. La mujer dijo tener la esperanza de que, bajo el puente, corriera aún un hilo de líquido. “La recogeremos en un recipiente de peltre, haremos una hoguera, la herviremos, la airearemos, luego la dejaremos enfriar un poco, finalmente continuaremos hacia el río.” Pero la perspectiva se le vino abajo cuando uno que estaba delante se bajó del auto, caminó hacia el puente para regresar media hora más tarde con la noticia de que allí no había agua.
El tiempo corría y la fila de carros no se movía. Entonces eran muchos los viajeros que bajaban de los carros sin saber qué dirección tomar.
El calor era una segunda piel; pegajosa como caucho se derretía en la desesperación de los huyentes. Se creían estropeados por espíritus nauseabundos, salidos de las cavernas del infierno. El aire mismo se había descompuesto de tanto cuerpo pútrido: hombres y animales.
La esposa dijo estar a punto de no resistir más, igual el hijo. En los ojos de los dos la fiebre y el desconcierto era fogarada de incertidumbre y rabia.
Adelante carros, atrás carros, el calor crecía con la temperatura de los motores encendidos. El esposo apagó el auto; detuvo los ojos en un hombre, recordó haberlo visto un  pantalla de televisor; sacudió la cabeza cuando creyó ver cómo de la boca del personaje brotaba un manantial de agua; la carretera río de agua fresca donde sus hijos se bañan despreocupados, rientes.
Nubes en el cielo arrojaban hilos de sobras, solo por instantes, pues apresuraban su desplazamiento hacia el mar.
De los potreros salían millares de ratas, tomaban la carretera, vía contraria a la de los hombres. Nadie con aliento para evadirlas.
El día se iba y nadie avanzaba. La carretera lanzaba hacia arriba mantillas reptantes de vaho
La noche vino y atenuó el sopor, el pegamento del sudor. Arriba el firmamento se encendía de estrellas. Era una noche clara, bella, una belleza extrema que paralizaba los sentidos de quienes la experimentaban.
La hija se movió en la silla. Dijo tener ganas de orinar, pero tenía miedo de salir por temor de los ratones. Entonces su padre la alentó con voz susurrante y confiada: “Te acompañaré, no te va a pasar nada”. La niña accedió sin dejar se sacudirse por la aprensión. Cuando bajó del auto le dijo al padre: “Papá, hay cucarachas, muchas, me caminan por el cuerpo”. Y el padre: “Todos sentimos lo mismo, hija, no desesperes, ya verás, mañana llegaremos al río.
Cuando terminó de hablar, el firmamento estalló desde un centro ofuscado de azul y se expandió por la tierra y los hombres; como agua burbujeante los cobijo para permitirles respirar y palpitar como un solo pulmón, un solo corazón. 
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Los tatuajes. No son sólo ornamentos, tampoco se reducen a problemas o marcas de nobleza o grados de jerarquía social; tampoco, necesariamente, la grabación de un diseño en la carne para diferenciar osadías; imprimen, en el espíritu todas las tradiciones y la filosofía de una cultura, de un pueblo, de una raza. Son mensajes que llevan el sello de una finalidad espiritual. Transmiten lecciones.
En el pensamiento indígena, el decorado es el rostro, la pierna, la mano, el pecho, etc., mejor dicho, crea todo eso. El decorado le confiere su ser social, su dignidad humana, su significación espiritual.
“La doble representación del rostro, considerada como procedimiento gráfico, expresa, pues, un desdoblamiento más profundo y más esencial; entre el individuo biológico “estúpido” y el personaje social que aquél tiene por misión encarnar”, escribe alguien.
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El padre, la madre. La mujer y su capacidad natural de ser madre; en este juego de dones físicos y simbólicos se ha creado un espacio ideológico determinado por lo social. A la mujer se la define como espacio biológico y social, al hombre se le define socialmente. La mujer es centro de reproducción biológica y social; lo social en la mujer se determina por el papel que desempeña en el hogar, que suele tomarse como espacio social secundario, sin tener en cuenta que es aquí donde se define el destino de la especie, donde se sientan las bases para la vida cultural y social del adulto. Labor invisible la de la mujer en este espacio del hogar, y no por eso menos importante.
El mundo doméstico es femenino, el mundo productivo fuera del hogar ha sido tradicionalmente masculino, aunque hoy esto ha ido cambiando, la mujer se desempeña cada vez más en mundo fuera de la casa. La mujer no se deja eclipsar en la esfera de las decisiones no domésticas.
A partir de la familia, y en esta, la mujer sabe del ritmo de socialización, fija los patrones de crianza, lleva el peso de los nexos afectivos.
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La muerte. Definir la muerte en términos biológicos como terminación de los signos vitales de un organismo vivo, no tiene sentido. Para morir hay que estar vivos, qué tautología. Como decir que para vivir hay que morir. Como decir, porque tengo hambre como. El asunto se complica cuando se define al hombre más allá de organismo vivo, como ser social; hay una constante, su interacción, la comunicación permanente, comunicación simbólica, en síntesis todo lo que cabe dentro de la esfera de la cultura.
En el interactuar el hombre ha ido transformando el componente biológico, interpreta, reinterpreta, arma, desarma, mezcla, y esto es cultura, de modo que la anterior definición de muerte, no es más que un concepto vacío o parcial de un fenómeno mucho más complejo.
La cultura tiene dentro la angustia vital del hombre cuando se pregunta por qué entonces, por qué luego, dónde el silencio; allí el llanto, allá el desconcierto por el vacío que queda, es decir, la relación con el otro, lo otro, el alter.
Se muere, y sólo una vez ocurre, no hay modo de repetir el acto; él mismo la soledad absoluta del morir, aunque otro, en el mismo instante muera; la soledad aquí es radical.
Cultura es también la pregunta que indaga por cuanto hay más allá de esa muerte, de ese cese de funciones vitales. La pregunta no tiene respuesta, y angustia; entonces se arma toda una poética del más allá, llena ese silencio con la poética de su imaginación.
A pesar de nuestra evolución cultural, de haber lidiado desde siempre con la muerte no sabemos nada de ella; un fenómeno de la naturaleza que nos que dice todo acaba, no muestra cuanto viene después. Intuiciones apenas, destellos de un fulgor que obnubila, que ciega la inteligencia. A pesar de la cultura como mecanismo eficaz de supervivencia en los medios ambientes no hemos podido vencer nuestra angustia frente a la cesación del ciclo vital.
Somos etapas llenadas por trechos de nuestro acomodo en el mundo; etapas que, según distintas culturas, señalan simbólicamente pasos, ritos de paso, de tránsito, una carrera para darle sentido y contenido al tiempo que parece no saciarse de vida para morir en cada vida. Rituales distintos según la cultura, ceremonias de risa y llanto, alegría o congoja, según lo que se perciba del futuro, del silencio que es el futuro.
¿Cómo despedimos a nuestros muertos?, otra historia. Aquí cabe todo lo ridículo y lo sublime.
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El hombre es tímido, cauto cuando está solo. Es todo candor cuando tiene enfrente un desconocido; un candor tenso, defensivo. Sin embargo, cuando está con los de su grupo, los amigos, los que son apoyo porque confía en su amistad, se torna altanero, insolente y cruel si la oportunidad se presenta; se sabe respaldado. Igual ocurre con la razón, si está acompañada de otras opiniones no teme caer en despeñaderos, se nutre de las demás y se hace fluida, locuaz y negativa frente a lo que no corresponde a su discurso.

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Dice ser justo, honesto, veraz, trasparente hasta el punto de que, cuando se mira en un espejo, no se ve. ¿Sin tacha cómo puede algo impuro reflejar su humildad?

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Mis palabras brincan después de haber sido detenidas, represadas. Pujan, trepan unas sobre otras, se aplastan, se meten zancadillas; mis palabras están de fiesta, quieren iniciar otro escándalo.

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No; no debo pedirle nada a nadie, pedir es coartar el ritmo de los otros, es ponerlos en situación embarazosa. Dar es un tránsito que compromete seguridad, generosidad y prestigio. Pedir es disminuirme a mí mismo; mi capacidad de producir en entredicho. Entrego mi dominio a otro.

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No; no se trata de ser virtuoso en la escritura. Esconde costales rotos. Tampoco se trata de manejar lenguajes artificiosos, no resisten un análisis, se desmoronan cuando uno se detiene a indagar por el orden. Los dos, bien manejados no significan nada si no tienen un contenido conceptual. Se puede ser elegante, sin embargo en el fondo el desarreglo; el escondido del iceberg.

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El sentido último de la normatividad se debe buscar en el uso del espacio y del tiempo. Las cosas, las situaciones, los hechos toman sentido de acuerdo con el espacio y el tiempo en los cuales se dan. Son pura e impuras de acuerdo con su ubicación en el espacio y en el tiempo. Ejemplo, una conducta moral, con las continuas modernidades van cambiando de sentido. Colocar un zapato en la cama o en la mesa del comedor se sale de lo reglado.
                                                                                                                                                                                                                                            
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Desde la madrugada hasta el ocaso me arrastraba hasta el fondo del fuego. Cenizas que en la madrugada otra vez serían carne para ir al escritorio a dominar mi desesperanza paso a paso. Ni cielo ni naranjas para mi refugio donde estuvo la mujer, llevada a la calle para ganar el pan que hacía falta en nuestra cabaña. Y escribía, y escribía sólo por el orgullo de no ser una sombra perdida en la historia.
Me levantaba en las madrugadas a escribir. El ánimo fortalecido por el sueño. Los rigores de la adversidad del día inmediatamente anterior pasaban a segundo plano. La sombra hospitalaria de la madrugada me tomaba en su aliento. Entonces mis manos se movían ágiles buscando las palabras que mi cerebro dejaba en mi sangre en desorden. Pasos perdidos y recuperados, las señas de mis palabras para escribir.
Luego, cuando el sol estaba pleno sobre el oriente, salía a buscar trabajo. Fueron tantos los días, tantos en la aridez de ese ir a pedir, a escuchar negaciones, a sentirme miserable por lo que ofrecían y no daban, por lo que daban para negar la dignidad humana de tener para sobrevivir. De regreso, en la derrota, empezaba a escribir, a refugiarme en la escritura para sentirme alguien, para saber que estaba haciendo algo, hasta terminar de escribir la novela que entonces llamé Zacarías y que hoy ha sido publicada como Narración a la Diabla. (2008).
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Me gustaban las madrugadas porque Natalia, una mujer de edad, que vivía en una casucha en el potrero detrás de la cabaña; casa de tablas rotas e irregulares, techo de cinc; tenía un par de vacas que ordeñaba antes de la salida del sol. Me gustaba oír cómo la leche caía en hilos ruidosos sobre el balde de aluminio, la respiración dulzona y afogarada, como de cuero húmedo raspado con cuchillo sin afilar de las vacas. Natalia llenaba la madrugada; de pronto rabia porque los animales no se dejaba manear, o porque había estado a punto de regar la leche del balde: “Puerca y estúpida vaca, qué ha comido, qué la pone así, animal de todos las demonios chuecas de este mundo”. Después el silencio majestuoso cuando la mujer iba a su rancho.
Me gustaba el jardín enfrente de la casa, donde los fines de semana el dueño de la casa removía tierra, componía plantas y flores con esmero. Me gustaba la mujer de ese hombre cuando la veía venir, en las mañas, con sus piernas de alambre y ligeramente estevadas, trayendo platos, sartenes u ollas en los cuales había alimentos para compartir porque en casa se sentía sola cuando hijos y marido se habían ido a estudiar  o a trabajar.
En esa cabaña temía a las noches cuando tenía que caminar desde el Tercer Puente hasta la cabaña, un trayecto de tres kilómetros, allí podían ocurrir cosas imprevistas y desagradables; nunca se dieron, a pesar de escuchar historias de quienes habían hecho uso de ese espacio a esas horas.
Me gustaban las reuniones que hacíamos con el grupo Contracartel para discutir la creación de nuestros textos poéticos, novelísticos y ensayísticos.
Vivía allí el azaroso mundo de llegar a los fines de semana sin haber cumplido mis esperanzas; buscaba en el aire, en las nubes, en los tréboles, signos que me dijeran que iba a tener un trabajo asegurado. En tardes solía caminar con Rosario por el barrio con muchos solares aún no construidas, en estos solares buscaba tréboles de cuatro hojas; había oído que traía suerte hallarlos; los encontraba, y la suerte igual, lejos.
Me molestaba, al final de nuestra estadía allí, las continuas pesadillas que me acosaban durante la noche. Despertaba empapado de sudor, el terror en mi ánimo. Soñaba con demonios disputando mis pertenencias materiales y mi conciencia. Combates de los cuales me quedaba una terrible sensación de que la jornada del día iba a ser dispendiosa, azarosa,  desconcertante.
Mi amor con mi esposa no era gaseoso, no era burbuja; iridiscente sí, estallido de pompas sí, juego de artificios en el paraíso cultivado en el interior de nuestra novedad de amantes casados. Entonces era lo que me hacía sentir sólido, tierno y apasionado y con ganas de vivir; lo demás, fuera de mi escritura, eran ladrillos que se desmoronaban tan pronto los tomaba con mis manos. Palabras y aliento de mujer era cuanto me importaba en esa miseria de jugar y perder. Una isla, un oasis, para tanto descalabro. Ella, a la que conocí y no tenía maquillaje. La que tenía una madre, y la madre una amiga que decía, cuando la acompañaba a la cabaña: “Es lo que necesito, un muchacho consagrado al estudio, aunque Oscar es parrandero, festivo”. Amiga que, en la gimnasia, había conseguido afinar su cuerpo y su elegancia en el andar, oscura seda en su pelo; se ufanaba que su casa era cálida porque allí todos se amaban con fuego.
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Un engañado, el engaño es cárcel. La mentira amarra la conciencia. Esto lo rompe a uno, lo hace a uno lugar de barrotes y paredes húmedas. Todo porque el poder impera sobre nosotros. El marido de Maripaz tiene poder y marranea con él; adiposo, casi redondo, aplasta a quien se muestre tímido, irresoluto, desconfiado o altanero. Frente a él tantas cosas pasan por mi mente, se atropellan unas con otras, desaparecen y me queda la avisada esperanza de que en otro momento todos seremos otros.


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Maya, ella barre mis deshechos existenciales. Vasto territorio donde ejercito mis alas. Inclinaciones agrestes para mis aterrizajes. Me gusta su modo de huir de mi mirada que la desnuda toda, la manera como esconde sus palabras para observarme sediento y hambreado. En ella he sabido ser una vez yunque, otra vez martillo. Cascada su respiración, musgo en entrepiernas. A cantazos llego a su San Agustín. Gusano de mantequilla para derretirme entre tenazas.
Que llueva afuera todo cuanto quiera. Tibios, enzarzados en tormentas, relampagueamos entre sábanas. Que la lluvia dure hasta cuando las piedras se ablanden. Los aleros se inclinan sobre patios, pues la sed en nuestros ejercicios abunda. Solo importa la calle y su modo correr el agua por la ciudad; ella sabrá detenerse a mirar para decir: “eso está bien”. La diagonal líquida barre cuanto fuera de la cama no sabemos hacer. Enhiesto, batallador, osado nado. Que nadie se intimide ni se perturbe por mi modo de remar mi canoa en Maya.

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1980. Cómo deseé llegar a la cabaña y poder decir: “Por fin, lugar para reposo, para seguridades”. No. La ofuscación aguijoneaba. Poco se me daba. Desarrollaba clases en un colegio y en una universidad, pero cuanto ganaba apenas daba para el arriendo, lo demás los suplía mi esposa. Así. Siempre en crisis. El tiempo para preparar materias, para escribir, se me iba en la búsqueda de labores más estables. Entonces llegaba a las aulas con la sensación de engañar a estudiantes. Escribía de cuatro a cinco de la mañana mi novela Narración a la diabla. A veces pensaba que luchar no tenía sentido, era como si estuviera bordeando límites, despeñaderos.


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Mi imaginación para poner patas arriba la legalidad del mundo. Pensar así me vuelve mariposa, zapato con media luna de metal en el tacón. Tintilear entonces por la ruda mirada de quienes no han sabido ser mariposa. Respiro la vida, me lleno de esta, y no sobrevivo, porque, como la mariposa, el efímero vuelo y unas cuantas flores.

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Inspección militar le hago a la casa; más cómodo y seguro mi paso si sé cómo orientarme en ella. Pero... Tanto mundo como el que tengo aquí, y codicio otro, sin haber sabido habitar mi casa. En el fuego y sólo me doy cuenta que me quemo; en el agua, y la conciencia de hacerme falta aire. ¿Cuándo poder habitar mi casa con fuego y agua por todas partes? ¿Cuándo saber que este mismo aire que moldea mi cuerpo es el molde de otro cuerpo para conocer y entrar en la casa? Mi calor rosa su cuerpo y ella no se da por enterada. He dicho inspección militar, ¡qué militar tan descuidado¡ le toman la casa, con él y todo lo demás, y él en otra esfera. Un sombrero en el corazón es todo cuanto llevo. Fácil hablar de lo creado, difícil crear, ponerle, agregarle otras esquinas a la casa, colgar de las ménsulas otras materas.

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Ella venía por la playa, del lado norte, traía la piel untada de arena de las caderas abajo. Me preparé para afarolarme; su belleza lo exigía de mí. Ella, cuerpo comercializado, sale por televisión en propagandas; portadas de revistas han sido llenadas con sus poses sugestivas. En el emparejamiento de trayectos intercambiamos fantasías, ejercitamos egoísmos, le dimos rienda suelta a nuestra vanidad. A lado y lado el respiro aflautado del mar. Coro para su cuerpo de yesca, y la cómoda llama de mi centro solar en explosión.

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El hombre dice: “Puedo decir que Dios existe, pero no puedo explicar cómo he llegado a saber que existe. No puedo enumerar las operaciones empíricas o racionales con las cuales puedo verificar el enunciado de una manera objetiva, al menos en principio. Lo mismo puedo decir de la reencarnación, o del modo como los planetas rigen el destino de los hombres”.

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Arte. Una obra de arte. En singular. Es única, irrepetible, ni siquiera se imita a sí misma. Expresión acabada y concreta de una situación enunciada.