No conozco a Lérida, el pueblo natal del autor, ni, desde luego, las muchas otras Léridas (entiéndase viajes, libros, desamores) en que Jairo ha bebido la vida con ansia del que viaja y han conformado entre posada y posada del camino, la presencia de la muerte. El hecho es que su figura imprevisible recorre y domina buena parte de los cuentos. Sin embargo, fenómeno curioso, aquí las personas no mueren. O están muertas o recuerdan su muerte; piensan la muerte o la ven caminando a su lado. Es, más bien, una agonía dentro del corazón. No está acompañada de la exigencia externa e inmediata que la produce. Ni siquiera se presienten los físicos cuchillos. La siente a ella en su terrible certidumbre. Mas no se trata solamente de una muerte muy contemporánea, moderna, de hoy. Me atrevo a decir que, aquí, una vez más, la literatura nos entrega la esencia de los tiempos.
Joaquín Peña Gutiérrz, "Presentación".

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