domingo, 30 de septiembre de 2012
sábado, 29 de septiembre de 2012
Cada día después de la noche, novela
La obra, Cada día después de la noche, ganadora del primer Premio de Novela "Ciudad de Pereira", según el jurado, "presenta una estructura novedosa que refleja un cuidadoso trabajo en este sentido, economía del lenguaje que linda con lo poético en ocasiones, manejo de símbolos y personajes definidos frente a una situación como la tragedia de Armero. El escritor Carlos Orlando Pardo conceptúa que "es un libro depurado, con pleno dominio de la técnica narrativa, lenguaje eficaz y anécdota dosificada."
Cuaderno de cuentos
No conozco a Lérida, el pueblo natal del autor, ni, desde luego, las muchas otras Léridas (entiéndase viajes, libros, desamores) en que Jairo ha bebido la vida con ansia del que viaja y han conformado entre posada y posada del camino, la presencia de la muerte. El hecho es que su figura imprevisible recorre y domina buena parte de los cuentos. Sin embargo, fenómeno curioso, aquí las personas no mueren. O están muertas o recuerdan su muerte; piensan la muerte o la ven caminando a su lado. Es, más bien, una agonía dentro del corazón. No está acompañada de la exigencia externa e inmediata que la produce. Ni siquiera se presienten los físicos cuchillos. La siente a ella en su terrible certidumbre. Mas no se trata solamente de una muerte muy contemporánea, moderna, de hoy. Me atrevo a decir que, aquí, una vez más, la literatura nos entrega la esencia de los tiempos.
Joaquín Peña Gutiérrz, "Presentación".
Joaquín Peña Gutiérrz, "Presentación".
jueves, 26 de julio de 2012
HIPONÉMATA 2
HIPONÉMATA 2
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El tiempo. Para Explicar el tiempo en Grecia existían tres escuelas: a.- el tiempo como cambio; b.- el tiempo como medida de permanencia y constancia; c.- el tiempo como idea abstracta.
El tiempo. Para Explicar el tiempo en Grecia existían tres escuelas: a.- el tiempo como cambio; b.- el tiempo como medida de permanencia y constancia; c.- el tiempo como idea abstracta.
Heráclito considera toda la existencia como flujo y movimiento. Parménides y Zenón no están de acuerdo, proponen el tiempo como permanencia; sólo lo que permanece es real; el tiempo, el movimiento y el cambio son meras ilusiones. Platón divide el universo en dos estadios: uno fuera del tiempo y contiene sólo la idea y la forma esencial de todas las cosas, y un mundo en el tiempo que contiene todas las “manifestaciones sensibles” donde las formas se perciben y se experimentan. Aristóteles define el tiempo como una medida de cambio: “la cantidad de movimiento respecto al “antes” o al “después”. Opina que ni el pasado ni el futuro pueden experimentarse, tan solo el presente, y éste sólo tiene sentido un función del cambio entre el “antes” y el “después”. Si el espacio requiere cuerpos, el tiempo exige movimiento entre los cuerpos. Lucrecio expresa una idea similar a la de Aristóteles al decir que “existe no por sí, sino simplemente por las cosas que suceden... Debemos reconocer que nadie siente el tiempo en sí mismo, separado del movimiento y el reposo de las cosas”. Estarto el Físico (288-266 a. de C.), opina que el tiempo es un flujo universal interior, sin ninguna relación con sucesos exteriores: “El día y la noche, un mes o un año, no son el tiempo ni partes del tiempo: son la luz y la oscuridad y la revolución del sol y de la luna. El tiempo, por el contrario, es una cantidad en la cual todo esto se halla contenido”.
Los Budistas incorporan el ciclo del tiempo a la religión, convierten la reencarnación en una sucesión de retornos a la vida, y el modo de darle fin a este retorno es alcanzar la perfección, la suprema paz del nirvana en la eternidad.
Los mesoamericanos idean un calendario de 365 días (18 meses de 20 días, más 5 días considerados nefastos). Añaden un día extra cada cuatro años. Para los mayas, concretamente, el tiempo es circular, no lineal; todos los acontecimientos se repiten, pero en diferentes escenarios, de aquí la necesidad de cuidar de las actitudes, de cuidar el mundo. Las mismas energías se repiten cada tiempo, dado esto, podemos predecir el futuro, pues en cierto tiempo todo se repite. Por medio del calendario maya se sabe el propósito de cada persona, y cuáles los fines por haber sido creado. Entonces se sabe cómo enfrentar los inconvenientes que se presentan en el curso de la vida. Sólo se requiere saber el año en que la persona nació, los acontecimientos que marcaron esa época. Los mayas dejaron entre 17 y 20 calendarios. De estos sólo se ha podido descifrar tres, en parte, entre estos, el calendario sagrado. Al calibrar el futuro podían saber del pasado y del futuro, con sólo conocer bien el presente. Los mayas apuntan que si los hombres caminaran como lo hacen el sol y la luna, nuca enfermarían. Así que de lo que se trata es de respetar los ciclos de la naturaleza, del universo y del organismo.
En el siglo XVII John Locke expresa las mismas ideas de Aristóteles cuando describe el tiempo como un cambio en el que el movimiento tiene un papel importante.
Leibnis se aproxima a la idea que posee Platón; dijo: “El tiempo y el espacio comparten la naturaleza de las verdades eternas, que consideran por igual a lo posible y a lo existente”.
Para Kant el tiempo es “intuición pura”; define la intuición como la experiencia directa de los contenidos sensorios (fenómenos), incluyendo tanto la materia como la forma, mas la capacidad de recibir tales estímulos (sensibilidad).
Henrri Bergson ofrece dos posibles conceptos del tiempo llamados “duree” (duración) y tiempo espacial. Duración es producto del ego, surge al relacionar dos experiencias desde la situación de espectador; el tiempo espacial es artificial: se obtiene mediante la arbitraria conversión del orden temporal en simultaneidad y su proyección al espacio.
Para Samuel Alexander, hay una correlación entre tiempo y espacio que produce la evolución última: el surgimiento de una deidad. El tiempo y el espacio son interdependientes.
Clepsidra: En el senado romano el orador para demostrar su florida elocuencia hacía durar el recorrido del agua por la clepsidra, su modo era echarle lodo al agua de la clepsidra, así el agua fluía más lentamente. Esto significa que regulaban, los senadores, sus intervenciones a través de una clepsidra.
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Escribí un relato donde el hombre nacía a los ochenta años; uno de mis primeros relatos; el nombre del personaje es Plutón. Su tiempo iba hasta la niñez, de la niñez regresaba al útero de la madre, en el útero la tumba. Años después leí un relato de F. Scott Fizgerald donde el personaje nace mayor de edad, barbado. Vive hacia atrás, hasta llegar a niño, luego un lactante, pequeño, cada vez más pequeño, hasta que desaparece.
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Victor Hugo, precoz, dijo: “Seré otro Cahateaubriand, o no seré nada” Y no lo fue; fue más que Chateaubriand.
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Hay mujeres hielo entre trópicos, menos polvo que roca; más remanso de agua que cascada. Más silencio que ruido. Más ropa que desnudez. Más modosidad que tromba. Temerlas, apartarlas, son “matapasión”, son “apagafuegos”, mirada en otra parte. Necesario huir de ellas mientras nos queda fuego adentro.
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Mujer salamandra. Desciendo hacia el fondo del mar, donde está la mujer salamandra, la más bella, la constituida por el fuego; ella hace girar noria y ojos y conquista por el trueque del matraz memorioso en humus.
Mujer salamandra. Desciendo hacia el fondo del mar, donde está la mujer salamandra, la más bella, la constituida por el fuego; ella hace girar noria y ojos y conquista por el trueque del matraz memorioso en humus.
Vientre convexo desde el exterior, cóncavo desde el interior.
Mujer de mar hermético, el más agitado, cuya espuma se eleva al sol; esposa flotante sobre la superficie, de cara al sol para ir hacia este.
Ave de plumas irisadas, metálicas.
Mar lavado por el fuego que desciende del sol.
En su mano izquierda, en uno de sus dedos, el anillo bafomético, cincelado en oro de transmutación por templarios de la encomienda de Hennebont, en Bretaña.
Mar purificado, exaltador del fuego en mí, concentrado mediante espejos cóncavos en globos de vidrio, en los cuales se forma poco a poco el polvo lunar, polvo líquido conformador de la carne que habita en el mar de todos los días; así, nuestros fuegos, se exaltan hasta la ignición.
Entonces llamas en mis manos para tomarla a ella e impedir la separación en el fondo del mar: Las manos tienen ojos y se miran, transparentes y saludables; encienden luz en mis ojos para verla a ella salamandra y mar en la fábula de mi memoria.
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Nuestros asuntos éticos son signados por nuestras conveniencias, por las circunstancias, por el poder frente a los hombres, las cosas.
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Dios no tiene interés en nada, por ello no es ni justo ni injusto. No se inclina ni a un lado ni a otro.
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“La niña no espera declaraciones de amor de su muñeca: ella quiere y nada más. Así debe ser el amor”. Remy de Gourmont.
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Si nos mentimos a nosotros mismos, con mayor facilidad mentimos a los otros. No hay peor mentira que la que nos decimos a nosotros mismos.
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No amor a Dios dada la compensación de vida eterna. No amor por la mujer dada la alegría de su cuerpo.
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No es prestar servicios porque se me retribuirá más adelante. Lejos, pues, la ley de las recompensas.
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Dios debió haber dicho: Te hice con amor, buscadme con amor.
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Nunca pedir un favor a las personas mientras yo pueda hacerlo. Sólo si estoy impedido física y moralmente.
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Confía hombre, confía en ti, más que en otros seres, más que en otras cosas.
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En la energía del mundo me perdurarán los hombres. En la razón de mi justicia y mi verdad me perduraré yo.
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Hace años, en 1972 dije: Se burlarán de mí. Chistes mordaces se acumularán sobre mí. Tratarán de arruinar mi vida. Seré, para otros, insensato. Lloverá desamor y me empujarán a cuevas. Pero no podrán. Ha ocurrido y no han podido impedir mi escritura.
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A escondidas no es inmoral. Público sí. ¿Cómo es esto? Tan fácil nos escandalizamos de ver hacer a otros cuanto nosotros hacemos.
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Se miente, se miente a la n potencia, se miente para ganar terreno sobre el otro.
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Para Stirner, cada hombre es único, nadie debe mandar ni influir en él; no hay dios ni soberano que tenga derecho a sujetarlo; debe ser absolutamente libre, asociado con otros hombres, pero jamás ni sujetado por ellos, ni dejándose sujetar.
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Compromiso errado.
Doña, ven acá.
Doña, ven acá.
Desde el portón por donde entran los carros a los parqueaderos del edificio la llama. Diez años su edad. Vestido de pantalón corto deshilachado en las botamangas, camisa fuera de la pretina del pantalón, tenis roto. En sus manos una maceta con glicinias.
La mujer vive en la primera planta de una construcción de cinco pisos, frente a la entrada. Al atender el llamado lo mira y sabe que en sus ojos nunca ese muchacho ha dibujada su silueta.
Doña, he notado que tu apartamento no tiene matas que lo adornen.
La mujer mira alrededor suyo, sobre la baranda, el patio de la terraza.
Sí. Tiene razón. Qué me ofrece.
Observa, doña, tengo esta planta. No te la vendo. No me interesa la plata. Te la cambio por ropa. Estudio y necesito ganar mi estadía en la escuela canjeando matas por vestidos.
Está bien... Necesito algunas.
¿Te gusta esta?
Déjemela.
Cualquier clase de ropa, doña.
La mujer entra en el apartamento. Rebuja en el armario del marido. Calcula lo que le puede servir, hace un atado, lo mete en una bolsa plástica.
Con las prendas en una mano, presionando el pecho, en la otra la maceta, se aleja, al tiempo explica.
No se preocupe, doña, el próximo sábado le traigo la mata.
No se preocupe, doña, el próximo sábado le traigo la mata.
*
Trajín de revolucionario. Por revolucionario lo metieron en la cárcel.
En el penado, tan pronto entró, su faena fue dar vueltas en el patio durante treinta horas, luego se aquietó y lo dejaron quieto hasta cumplir condena.
Cuando salió libre fue de hacienda en hacienda a pedir trabajo, lo conocían y se lo negaban. Entonces, de región en región caminó para predicar el socialismo, pero lo expulsaban a empellones y lo amenazaban si volvía.
Finalmente optó por acercarse a los campesinos. En horas libres les narraba cuentos de hadas y desaparecidos.
*
Momentos de luz. Comienza a llegar la noche. Desde la ventana del cuarto de mi apartamento veo cómo su cabello flota en la colada que hacen la noche y el día.
Es dueña de la tienda de modas que está del otro lado de la calzada, al frente. “Boutique Jolin”. Rostro de mujer pintado por Tintoretto. Pantalones vaqueros ajustados. Graciosa, apetecible. Parece haber recorrido mundo. De su cartera extrae un pañuelo blanco. Desabotona la blusa dos broches, de arriba a abajo. Limpia las axilas.
No le conozco hombre que arrime a recogerla ni a traerla; nada sé de hijas o hijos.
Se va. Ya no es fuente de luz para mi noche.
*
En todas partes la guerra. Del campo vinieron. Huían del fuego cruzado
entre guerrilla, paramilitares y ejército. Se acomodaron a la sombra de un
estadio de fútbol, en el costado de una columna. Se alimentaban de lo poco que
conseguían y dormían cubiertos con plástico y periódicos. Los desalojaron.
Llegaron al parque y, debajo de la fronda de una Ceiba,
se instalaron. La policía llegó y los conminó a irse.
Están ahora en el atrio de la iglesia. Probablemente
de aquí los hará partir la diarrea y la fiebre; de pronto el prelado se sabe
encartado y, a los cuatro vientos, iniciará campaña, entre la feligresía, para
obtener fondos y lograr acondicionarlos en otro lugar, de donde…
*
Gajes de la técnica. Digita cualquier número en el teléfono
celular. Al otro lado de la línea, una voz suave y bien modulada: Aquí Dios,
¿Desea hablar con don Sata?
*
Artificios. La tragedia griega entabla armonías, ausencia
de conflictos, en el desarrollo el trance se incuba hasta terminar en pavoroso
dolor moral.
En la Edad Media, desde el inicio es drama, intenso, desolador, progresivo. La muerte lo resuelve todo.
En nuestra contemporaneidad el problema viene desde antes, acaso desde siempre, se atisban soluciones pero, igual, continúa; la espiral de la perpetua calamidad sin solución.
En la tragedia barata de la televisión el desastre surge solapado, en tensión continua, por largos períodos, al final un golpe de suerte lo soluciona todo.
En la Edad Media, desde el inicio es drama, intenso, desolador, progresivo. La muerte lo resuelve todo.
En nuestra contemporaneidad el problema viene desde antes, acaso desde siempre, se atisban soluciones pero, igual, continúa; la espiral de la perpetua calamidad sin solución.
En la tragedia barata de la televisión el desastre surge solapado, en tensión continua, por largos períodos, al final un golpe de suerte lo soluciona todo.
*
No quiere hacer daño a quien se lo hace a él; pero, aspira a que
Dios castigue a su enemigo. ¿No es lo mismo?
*
Vientos de Alicia. Vientos y más vientos, todos tumultuosos, y
me dicen: Son los Alisios y digo: Más bien Alicia me vapulea el cuerpo caliente
y trastornado.
*
Nada oculto. Las estrellas, informadoras del sol, cuentan
de nuestra actividad en la noche y el sol refiere a los hombres cuanto en la
noche fue nuestra ocurrencia. ¿Dónde ocultarnos para nuestras diabluras?
*
Pobre mi modo de captar las
cosas. Para integrarlas a mi realidad
debo compararlas con otras, sólo así puedo comprenderlas, asimilarlas,
acertarlas.
*
Memoria espejo del día. En la memoria me puedo mirar durante la
noche, cuando el cuerpo no vigila y la sangre no se acobarda para soñar las
posibilidades contenidas en el alma y que, en el día, no se atreven a brotar
para indagar por la luz del sol.
*
El maestro Pietro, el de las grullas: “Hay fenómenos que ocurren, existen y yo no
he tenido nada que ver para que se manifiesten, o quizás sí, pero remotamente.
Mi voluntad la toma o las deja de acuerdo con provechos. Las cosas no ocurren
porque yo las desee, son, existen independientes de mí”.
*
¿Cómo puede haber gente durmiendo
tranquila porque nadie se aventura
a soñar, a subvertir el orden? Debemos obligarnos a violentar la realidad con
las arbitrarias construcciones conceptuales o alucinadas de quienes se atreven
a la rebeldía, a la indocilidad. Me gusta cuando lo posible lucha con lo real.
*
*
Armero, la ciudad, no fabricante de armas, ni depósitos de ellas,
ni vendedora de las mismas. Su nombre se revela de otro nombre: José León
Armero, Carlota Armero. Sin embargo, los apellidos, vienen de oficios.
*
La vida, roca que martillamos para darle forma y, al final,
sólo unos pocos golpes de martillo y cincel. Siempre la obra inconclusa.
*
El sueño me conduce a exilios y uno de estos es esta vida de luz a luz.
*
Me gusta la vida, pues se compone de palabras, de labios
buscando otros labios, de sudores para trepar mi esfuerzo sobre el filo de la
montaña y, en la sima la meseta, designio de mi erotismo. Me gusta la vida
porque en esta hay temores, azares y alegrías para inclinar mi testa en el
regazo suave y perfumado de mar de las entrepiernas.
*
Amor y murallas. Continúan siendo, a través de siglos, las
protectoras, las siempre silenciosas vigilantes del mar y de las casas que no
están en el mar; pero más aún, ya no sólo vientos, lluvia, mar y casas, también
hombres y mujeres se benefician de sus ojos pétreos. Y porque no habla, y
porque sus ojos son siempre quietos, sobre sus muros, almenas o garitas se
desenvuelve la pasión de los cuerpos al buscarse para devorarse a besos, sudor
y agonías; para, en el trance del orgasmo, recorrer todos los cielos, apañar
todos los fuegos fatuos de la noche abandonados en las manos de las sombras.
En esto han devenido ellas,
en pasos, al atardecer, de parejas de enamorados, en suspiros hondos deteniendo
el forcejeo de las bocas y las manos que, en el día, contienden para estar
quietas y no encender luz en el linaje que llama al linaje. Y ellas quietas y
silenciosas los deja venir, los deja mirar la tarde en navegación hacia la
noche, les permite sentarse sobre sus almenas a destrozar la distancia que los
ha tenido separados mientras la noche llega y el amor se acomoda en cada cuerpo
como una saeta de luz que sólo los mismos cuerpos perciben. Las murallas lo
saben y tienen un lugar para cada arrebato, para cada tormenta apasionada, para
ser aves en busca de sus nidos.
Hermosa y dolorosa paradoja:
dolorosa porque fue la estirpe y el sudor de hombres de piel oscura quienes la
moldearon, hermosa porque fue sosiego para quienes se sabían atacados por
fuerzas oscuras de hombres armados de mar y vandalismo. Hermosa y dolorosa
paradoja: guerra que saca la casta del cuerpo, guerra que arrebata la sangre en
el cuerpo mas no para derramarla sobre sus piedras.
Y su silencio y su quietud
siguen ahí para decirle a quienes no se aman en sus muros, que los dejen sedentarios,
que no acusen a los enamorados que se atreven en su espacio a hilar sus cuerpos
con el paso de la noche, el amor y sus murallas.
*
Su cabello, maza informe de
rizos. Cara discreta en su
belleza. Había serenidad, sencillez y humildad.
*
El amor, siempre una lección mal
aprendida. Juego que deja
rastros en el polvo, en la nieve, en las sábanas, puro azar. Juego en donde
cada cual por su lado pierde sangre y uñas. Emanación de risas, surtidor de
sonrisas que la mirada de otra u otro enturbia. Destrozo de sentimientos,
enfriamiento de pasiones. Problema y por primera vez problema sin solución, salvo
aprender a soportar la ausencia de esa solución. Paraíso inconcluso, quemado,
paraíso presto a desiertos o manantiales. He aquí el entramado de dos corazones
estremecidos.
*
He sido amado como tal vez es
hermoso serlo. Olor de agua
en la fruta. Olor de mano en los pezones. Olor de corazón en galope hacia el
ocaso. Olor de valva humedecida. Temblor de olor en mí que me entrego, me doy,
y no termino de prodigarme, pues el olor es hermoso sincretismo de dos almas
impares. Substancial olor de sol que no termina de bañarse en mis ojos que me
ven ser amado como es hermoso serlo.
*
Él salta
del vientre de la mujer para caer al mar. En este descenso no hay camino para distraerlo y llevarlo a otro lugar.
Su destino es el mar. Del vientre al mar la distancia es grande, es como ir de Junto a la ventana el mar y el mar en la ventana, ellos quieren un momento,
en el momento una oportunidad, en esta oportunidad apropiarse de las palabras
para decirse que se deleitan, que están metidos en sus gustos, en sus sueños
que los acercan a un fondo de mar de fantasía y, en este acercamiento,
programan una cita y en la cita fundan juegos y trampas donde tejen la red de
sus deseos y, después, cuando ya son rescatados del olvido, prisioneros de su
voces y sus manos, fundan instantes eternos en la memoria del sueño, construyen
lo pasado con pinceladas de futuro y, de esta manera, regulan el tiempo de la
noche en alternancia con el día, los momentos aprehendidos y, así, ser capaces
de montar luces artificiales en el cielo; de este modo forjarán gestos de amor
que llaman sus partes dispersas desde el nacimiento de la carne. Noches y días
de riguroso viento oscuro-plateado donde sudan las manos en las manos, los
vientres en los vientres, los pechos en los pechos; esfuerzos de luna y tierra
para gravitar partículas de ilusión despeñadas de las nubes, con las cuales
hacen posible la constancia de la ilusión del fuego sin carbonizar ansiedades.
Piel, don para donar y, así, formar perfiles y temblores. Y, si luego la
distancia se da, entonces saber que la noche y el día se transforman en ceniza
sobre los cabellos de ella, sobre las manos de él para caer luego corrientes de
agua sobre el viento que se lleva los besos a los confines del hielo y la
desesperanza. Después el mar vendrá y se asomará a la venta y murmurará la
imposibilidad de no haber otra espera. Cada cual en su horizonte de ola recalará
en otras playas donde recogerán el sargazo del olvido; algo más que temblor y
gemido, que sueño y vigilia. Penumbras en la noche y el día para jugar tabernas
y luces multicolores en otros corazones, en otras piernas trenzadas de
premuras. Flores en otros floreros, sobre otras mesas de lugares clandestinos.
Lámparas y velas sobre la estrategia de esos dos animales que se buscan para
devorarse desde otras ventanas con otro mar de horizontes encrespados. La
ventana en el mar, el mar en la ventana. Eso, así, en este ejercicio de
escritura.
*
Vivir como si flotara en un témpano de hielo, uno encima puro trópico,
mar tropical en busca de orillas con las cuales comunicarnos. Uno fuego en el
hielo, en la isla de hielo. Cada paso nuestro derrite la isla y el mar se
embravece.
*
Paraísos. Los samoanos creían que el paraíso estaba sumergido en el mar; allí
los espíritus se bañaban en el agua de la vida.
Hace cuatro mil años los sumerios escribieron en ladrillos, en
caracteres cuneiformes y de manera poética, lo que entienden como paraíso. Dilmun, el vergel de los dioses, está situado al este
del mundo habitable; ni las enfermedades ni la muerte existe. Enki, dios de las
aguas, riega perpetuamente el vergel.
El paraíso, para los egipcios, consiste en la prolongación de la vida de
este mundo. En la vida ultraterrena todo sale bien, en contraste con la
terrena.
Los griegos, más elaborados, sueñan con una Edad de Oro donde los
hombres viven como dioses. El caudal de los ríos es de leche y miel; los
árboles destilan miel. No hay guerras. Los barcos no se hacen a la mar, pues
los hombres están satisfechos en sus casas. Cuando los hombres llegan a edad
avanzada, fallecen en el momento en que duermen y pasan a un mundo espiritual,
desde donde contemplan a los vivos.
Homero describió los Campos Elíseos como “isla de bienaventurados”.
Allí habitan los héroes y los dioses mortales. Dicen que este lugar está
situado al borde del mundo donde moran los radamantos rubios. Pídaro dice que
quienes han vivido tres vidas con justicia van a los Campos Elíseos.
En Escandinava, los dioses viven en el paraíso llamado Asgard, ubicado
en la más alta cima del centro del universo, y domina las llanuras de Midgard
(la tierra). Sólo se puede llegar allí por el puente del arco iris. En Asgard
se produce una crisis cuando el maléfico dios Loki roba la manzana de oro a la
diosa Idun, que las deidades comen diariamente en las horas de la mañana para
conservar su juventud y su belleza. En esta región el palacio más imponente es
el Valhalla (450 portones y puertas).
El paraíso musulmán está colmado de oasis, árboles hermosos, flores,
arroyos de burbujeante vestidura, ríos de miel y vino, hermosas muchachas de
“turgentes senos”, quienes sirven vinos y golosinas. Aunque beben toda la
eternidad no se embriagan. El cielo es todo un andamiaje de sensualidades. El
menor de los bienaventurados tiene
ochenta mil esclavos, setenta y dos mujeres y una tienda de perlas, rubíes y
esmeraldas construidas para él. Para todo verdadero creyente hay cuatro mil
vírgenes, ocho mil mujeres casadas y quinientas huríes. Al hombre se le da la
potencia de cien hombres.
Para la cultura hindú, en los vedas, las almas de los virtuosos van al
cielo a disfrutar con Yama, rey de los muertos, de una gloriosa vida de
placeres materiales. Posteriormente consideran el paraíso como un estado de
bienaventuranza, de carácter temporal, en espera de regresar a la tierra.
En el budismo, la meta final es el nirvana (apagarse de un soplo)
momento en el que el fuego de la pasión y del deseo se enfría para siempre y se
libera al ser del ciclo de reencarnaciones.
El paraíso para los bodhisatvas (los que casi logran la perfección en
esta vida) es renacer en sedente postura sobre el cáliz de un loto. Por un
tiempo permanecen encerrados tras los suaves pétalos, luego estos se despliegan
y el bodhisatva participa de la infinita luz de Buda.
*
El infierno es cuestión de sentidos, más que el paraíso. El infierno se capta con
todos los sentidos, veamos: la catástrofe de un cristiano está en ser arrojado
al infierno, donde los sentidos, que durante la vida terrena han deleitado al
hombre, padecen, ahora sí, con intensidad, porque como emplearon en el pecado
todos sus miembros y sentidos sufrirán todos ellos las penas correspondientes
al pecado. Los ojos, por sus silenciosas e ilícitas miradas, sufrirán la
horrible visión de los demonios y del infierno; los oídos por haberse deleitado
con discursos malos, jamás oirán otra cosa más que llantos, lamentos y
desesperaciones; y así con los restantes (Francisco de Sales, Introducción a la
vida devota).
El infierno se construye con los materiales de la tradición, que igual
se articula en un lenguaje particular, privado. El esfuerzo imaginativo debe
crear su propio lenguaje sensorial, en el que se han de emplear todos los
sentidos fisiológicos. En esta creación imaginativa, las palabras están más acá
de la verdadera realidad, pues ésta será mucho más impresionante que cualquier
representación imaginaria; la ensoñación del horror, siempre será demasiado
corta. Veamos lo que dice Ignacio de Loyola, en Ejercicios Espirituales:
“Composición de lugar. Ver con la imaginación lo ancho, largo y
profundo del infierno, como una concavidad muy espaciosa en el centro de la
tierra.
Punto primero. Será ver con la vista de la imaginación aquel fuego
espantoso y las almas encerradas como en cuerpos también de fuego. Es aquel
lugar como una cárcel oscurísima o caverna de fuego y humo intolerable. Mira
los desdichados revolcándose en las llamas abrasadoras, los cabellos erizados,
los ojos desencajados, el aspecto horrible, mordiéndose las manos, y con
sudores y afanes de muerte, y mil veces peor que la misma muerte.
Punto segundo. Será oír los llantos, aullidos, maldiciones y blasfemias
de los condenados contra el Señor y sus santos.
Punto tercero. Aplicar el sentido del olfato a percibir el humo, azufre
y hedor de la sentina del infierno.
Punto cuarto. Gustar imaginariamente las amarguras, lágrimas y hieles
de los condenados.
Punto quinto. Tocar con el tacto de la imaginación el fuego que
martiriza las almas de los condenados.”
En cuestiones de paraísos e infiernos los sentidos están plenamente comprometidos,
tanto hacia el límite de lo sublime como hacia los límites del horror. Los
sentidos son los instrumentos para la construcción de mundos significativos. Y
estos sentidos tienen que ser modelados tenazmente por quienes se comprometen.
Los elementos de la naturaleza están aquí para señalar los contenidos de los
sentidos: aire, fuego, tierra y agua; por ejemplo, para J. L. Vives: “tiene el
tacto un vigor como de tierra, es decir, espeso, tenaz y capaz de coger algo
con fuerza; el gusto es acuoso; el olfato, de aire grueso, como es el humo
(...), pero el olor en sí se halla en la evaporación y es como un aire más denso; el oído es
aéreo; la vista, ígnea; pues, aun cuando tienen los ojos naturaleza acuosa, son
ígneos su vigor y actividad. En suma, los sentidos experimentan mejor la
sensación de aquellas cosas que son correspondientes a su respectiva índole” (Tratado del Alma).
Uno puede creer que el cielo, por su condición de lugar del paraíso,
tenga más estímulos sensitivos que el infierno, la parte de abajo, la tierra,
pero no es así. Para el cristianismo el cielo es un lugar estático, de
contemplación continua de la majestad de Dios, lejos de los placeres sensuales
de otras versiones místicas o religiosas donde el cielo está colmado de goces.
En el cristianismo esto es poco. Dante lo ve como lugar de goces sensoriales, y
es una excepción; por ejemplo: Canto XXX:
Y vi una luz en
forma de rivera
Fluyente de fulgor,
entre dos ribas
Pintadas de
admirable primavera.
De tal río salían
luces vivas,
Y a ambos lados
caían en las flores,
Cual rubí que con
oro circunscribas.
Luego, como
embriagándose de olores,
Hundíanse de nuevo
en la corriente
Mientras salían de
ella otros fulgores.
“El olor de las
flores, el agua luminosa, en una dulce primavera, marcan un espacio tópico, el
del jardín, que se opone a la oscura cueva infernal, de olor pestilente y
temperatura abrasadora. Pero la oposición no se desarrolla con detalle, ante el
temor de que sea el deseo del placer de los sentidos el que pueda superponerse
al deseo de la sola proximidad de Dios. Por eso no puede decirse que el cielo,
ni siquiera cuando es convertido en un jardín, sea el lugar contrario al
infierno desde la perspectiva de los sentidos.” (Escribe alguien).
Nuestros paraísos imaginados no son más que la traslación al tiempo
presente del primer jardín, del Edén donde algunos autores imaginan una pradera
“decorada eternamente con flores de dulce aroma, azucenas, rosas, y violetas
que no desaparecen nunca”, y en donde los bienaventurados “no se avergonzarán
de ninguna parte del cuerpo más de lo que lo hacen ahora por poseer unos bellos
ojos”. He aquí un paraíso natural, luego vendrán los paraísos culturales, donde
hay una intención alegórica, un producto del arte, la Jerusalén celestial.
En estos paraísos todos los sentidos tendrán un gozo donde nada habrá
agridulce como lo suele haber en la tierra que está siempre atacada por las
posibilidades del pecado. En estos paraísos se conjugan naturaleza y cultura y,
hacen del tiempo y el espacio, lugares diferentes: volúmenes, sonidos olores,
colores. Esta son las metáforas, el hortus conclusus que llega también a la
mujer; veamos este del Cantar de los Cantares:
Jardín vallado
eres,
hermana mía,
esposa;
manantial vallado,
fuente sellada.
Tu piel es jardín
de granados
con dulces frutos;
cipreses con
nardos,
nardo y azafrán,
canela y cinamomo;
árboles de
incienso,
mirra y áloe,
las más exquisitas
esencias;
fuente de jardines,
pozo de agua viva
que brota del
Líbano.
“Así los sentidos
se desplazan del jardín al cuerpo femenino, encontrando entre uno y otro unas
analogías que permiten aceptar como iluminación, como conocimiento, el giro
metafórico cantado por el poeta. El jardín y la mujer amada, unidos
sensorialmente entre sí, se constituyen en un topos que se opone, en su
naturalidad accesible, tanto al cielo como al infierno, espacios de la
desmesura. Y así, jardín y amante reproducen, en la historia, al Paraíso
terrenal, que está fuera de ella.” (Escribe alguien).
En esta necesidad de paraísos llegamos al encontrado en América. Cuando
los europeos conocieron América, algunos pensaron que estaban próximos al
paraíso, tanto por la naturaleza de las islas como por la inocencia de los
naturales.
Colón, ante la desembocadura del Orinoco, pensó, más literalmente, que
tan gran cantidad de agua dulce procedía de la cumbre del Paraíso. A fray
Bartolomé de Las Casas no le parece tan fuera de razón el pensamiento del
almirante: “supuestas las novedades y mudanzas que se le ofrecían, mayormente
la templanza y suavidad de los aires y la frescura, verdura y lindeza de las
arboledas, la disposición graciosa y alegre de las tierras, que cada pedazo y
parte dellas parece un paraíso, la muchedumbre y grandeza impetuosa de tanta
agua dulce, cosa tan nueva, la mansedumbre y bondad, simplicidad, liberalidad,
humana y afable conversación, blancura y compostura de la gente”.
Mirando de esta manera las tierras y gentes de América, a Las Casas, no
le resultaba disparatado que hubiera en ella un lugar concordante con las descripciones
del Paraíso que tantos autores habían realizado: un lugar donde numerosos
autores habían pensado que el Paraíso estaba en la cima de una montaña que no
había sido cubierta por las aguas del Diluvio. Así Colón, según refiere Las
Casas, vino a concebir que el mundo no era redondo, “[…]sino que el hemisferio
que tenían Ptolomeo y los demás era redondo, pero este otro de por acá, de que
ellos no tuvieron noticia, no lo era del todo, sino imaginábalo como media pera
que tuviese un pezón alto, o como una teta de mujer en una pelota redonda, y
que esta parte deste pezón más alta y propincua del aire y del cielo y sea debajo
de la línea equinoccial; y sobre aquel pezón, le parecía que podía estar
situado el Paraíso terrenal...” De nuevo, de forma insospechada, y con lenguaje
cosmográfico, se asocia el Paraíso con el cuerpo femenino. “Todos los sentidos
se deleitaban; los ojos, con la admirable claridad y en ver la hermosura de los
árboles y frutas y otras cosas; los oídos, del cantar y música de las aves; el
sentido del oler, con los aromáticos y diversos y suaves olores, y así los
demás; todos juntos, con la templanza y suavidad del aire y amenidad del lugar
y templatísima concordia de los tiempos, donde concurrían la frescura del aire,
los alimentos del verano, la alegría del otoño, la quietud de la primavera, la
tierra gruesa y fructífera, las aguas delgadas y en gran manera dulces y
apacibles. Allí, no violencia de vientos, no molestia de tiempos, no granizo ni
nieve, no truenos ni relámpagos, no hielo de invierno, no calor de verano, ni
otra cosa que les pudiese dar angustia ni aflicción o fastidio; allí dicen que
ninguna cosa puede morir. Estas y otras muchas dulcísimas y alegres calidades
pone San Basilio en el libro suso tocado del Paraíso. Lo demás se lea en los
lugares donde copiosamente de propósito la materia se escribe. Y así queda
largamente persuadido haber tenido el Almirante muy urgentes razones para entre
sí considerar, o al menos sospechar, que podía estar por allí, o cerca, o lejos
de allí, en aquel paraje o región de Tierra Firme, que él juzgaba ser isla,
aunque ya iba creyendo que era tierra firme, el terrenal Paraíso [...].”
No será Colón el último en pensarlo, aunque cada quien le añada o le
quite matices al entusiasmo por los gozos que a los sentidos procuran las
tierras americanas. Por ejemplo Pedro Mártir de Anglería, quien, atendiendo
más a la vida social que a la naturaleza, considera que se ha encontrado a
gentes que viven en la Edad de Oro: “Creo yo que estos isleños de la Española
son más felices [...] porque viven desnudos, sin pesas, sin medidas y, sobre
todo, sin el mortífero dinero en una verdadera edad de oro, sin jueces
calumniosos y sin libros, satisfechos con los bienes de la naturaleza, y sin
preocupaciones por el porvenir”. Lo que Pedro Mártir no sabía era que muy
pronto iba a terminar esa edad de oro y que una espantable catástrofe, un infierno,
iba a sustituir a tan amablemente soñada sociedad isleña.
Casi al mismo tiempo que los sentidos de algunos europeos se deleitaban
ante las tierras sorprendentes y prometedoras de América, esos mismos órganos
sensoriales, en otros, se apartaban espantados de cosas o costumbres que les
parecían señal cierta del señorío que el demonio ejercía sobre aquellas gentes.
La vista de la sangre de los sacrificios entintando las escaleras de los
templos, el gusto por la carne humana cocinada, cuyos restos encontraban en las
casas, el tacto sodomítico, el oído de ensalmos y cantos rituales que les
parecían diabólicos, el olor dulzón de la podredumbre provocada por el calor
húmedo de los trópicos; en aquellos lugares todos los sentidos tenían que ser
sujetados, dirigidos hacia donde no fueran a ser provocados a la repugnancia o
al escándalo. “Hemos comido panes de colorín, hemos masticado grama salitrosa,
pedazos de adobe, lagartijas, ratones, y tierra hecha polvo y aun los gusanos… Comimos
la carne apenas sobre el fuego estaba puesta. Cuando estaba cocida la carne, de
allí la arrebataban, en el fuego mismo la comían… Se nos puso precio… Precio
del joven, del sacerdote, del niño y de la doncella… Basta: de un pobre era el
precio solo dos puñados de maíz, solo diez tortas de mosco; solo era nuestro
precio veinte tortas de grama salitrosa… Oro, jades, mantas ricas, plumajes de
quetzal, todo eso que es precioso, en nada fue estimado.
El asombro admirado ante la inocencia de los cuerpos desnudos de los
hombres y las mujeres de las Antillas, se trocó en censura y en imposición de
vestidos a la modo de Castilla. La vista dejó de disfrutar de la desnudez y
esta, al contrario, se les volvió insoportable. Los dominicos, según cuenta
Remesal, de esta manera miraron a los naturales de Chiapas:
“El estado en que los padres de Santo Domingo los hallaron, era
miserabilísimo en el alma y en el cuerpo: porque este ordinariamente le traían
desnudo como nacieron de sus madres. Sólo se ceñían y cubrían con una venda de
cuatro dedos en ancho que llaman mastel, que era bien poco reparo de la
honestidad. Pintábanse o tiznábanse con un betún colorado o negro, sucio y
asqueroso. El cabello que de su natural es grueso y negro, traíanlo encrespado
o rebujado en la cabeza como estopas, a causa de que no se lo peinaban. Las
uñas de las manos sucias y largas como de gavilán, porque nunca se las cortaban
de propósito, solo se disminuían cuando por el ejercicio de las manos se
rozaban. Para sus necesidades corporales tenían menos instinto que perros o
gatos, porque unos delante de otros orinaban sentados como estaban en
conversación y las primeras veces que iban a sermón dejaban todo el suelo
mojado y enlodado, no menos que un corral de ovejas.” Lejos quedaba, sin duda,
el paraíso.
Los sentidos, además de servir para pensar sirven para deleitar: con
miedo, con risa, con piedad, con diversos estados de pasiones y de ánimos.
William Blake: “Al regresar a mi casa, sobre el abismo de los cinco
sentidos, hallé donde un despeñadero de liso muro se desploma sobre el
presente mundo, vi, envuelto en negras nubes, un poderoso Demonio que aleteaba
contra los lados de la roca; con llamas corrosivas escribió la sentencia
siguiente, comprendida por el cerebro de los hombres y leída por ellos en la
tierra: ¿No queréis comprender que cada Pájaro que hiende los aires es un mundo
inmenso de delicias cerrado para tus cinco sentidos?”
*
Anodino, silencioso, insustancial. No hay una idea, una imagen, un
símbolo que me sacuda o zarandee. Pierdo cuanto deseo decir, lo malgasto porque
no lo expreso en palabras; está en mi cerebro y allí sé, en la nebulosa de ese
universo singular e inexpresivo, que se queda tras lienzos que ondulan su
materia traslúcida. Pero no dilapido la majadera
necesidad de seguir pensando que no pienso nada, que nada me llega para
exprimirle estilos, intenciones, consecuencias, sentidos a este cuerpo que se
niega al silencio. Entonces sólo me queda la noche para la risa, el pitido de
carros, el apresuramiento de pasos y cuerpos sudorosos necesitados de llegar
temprano a casa. Por ahora nada más.
*
Lo que antes considerábamos una unidad positiva, hoy, desde lo
cualitativo, lo factual, desde las perspectivas particulares, singulares,
individuales, se nos fragmenta. No son pues los grandes relatos, las teorías
totalizadoras, universales, son más bien los fragmentos, las localidades, las
ciudades fragmentadas, las periferias, los individuos especializados. Así, las
propuestas con éxito son locales, no globales; siempre de acuerdo con las
necesidades y tradiciones de lo local. Las propuestas de pretensiones globales
serán improbablemente durables. El equilibrio entre derechos individuales y
obligaciones se manejan de manera distinta en las distintas partes del globo.
Quien intente imponer soluciones globales debe recordar al poeta William Blake
cuando dice: “Una ley para el león y el buey es tiranía”.
*
Fundé una Librería en Cartagena
de Indias, la llamé Utopía,
escribí un texto sobre lo que entiendo por utopía. Funcionó durante un año, un
año más y todo se vino abajo. Las precarias condiciones de la ciudad, su lento
desarrollo intelectual, su atraso de más de veinte años con relación a Bogotá,
la llevaron a desaparecer. Ahora, que reviso notas, fichas, mis viejos
cuadernos de escritura, encuentro, de Anatole France, lo siguiente: “La utopía
es el principio de todo progreso y un ensayo de vida mejor”. ¡Ah, si hubiera
sido como aquí se dice, cuanto momento azaroso no se me hubiera dado. Después
de essa tormenta, lo que deseo ahora, como Omar Kheyyam, es: “un libro de
versos bajo las ramas, un jarro de vino, un poco de pan, y tú al lado mío,
cantando al aire libre...”
*
En el libro Utopía de Tomás Moro, publicada en 1516, la propiedad
privada no existe, el dinero sólo se usa para fabricar bacinillas. Se incita,
aunque no se obliga, a suicidarse a quienes padecen enfermedades incurables. Un
consuelo, digo.
La meta general en la sociedad utópica de Moro es la estabilidad social
y no la libertad individual. En la Nueva Atlántida, Francisco Bacon, primera
utopía científica; una isla perdida, en ella habitan hombres “de singular
bondad y humanidad”. El rey es un hombre de ciencia, y no un filósofo. Otra: La
ciudad del Sol, del italiano Tommaso Campanella (monje), se concreta con la
riqueza. Se hace realidad todo cuanto contribuye a llevar una buena vida.
James Harrington, inglés, escribió varias obras utópicas, entre ellas Oceana.
Utopistas socialistas: Francois-René de Chateaubriand y J. J. Rousseau,
soñaron con el noble salvaje, bueno hasta cuando la sociedad lo pervierte.
Otros utópicos socialistas son también Morell y Etienne Cabet, el último, en Viaje a Icaria, imagina un régimen
comunista estricto, nada es espontáneo, la ley lo fija todo, desde la
arquitectura de las ciudades hasta el plato del día; cuanto el hombre se ponga
en el cuerpo debe ser elástico, con la idea de que todos lo puedan usar.
Aparte está Charles Fourier, quien aboga por el amor libre.
En la era de la industrialización. William Morris escribe Noticias de Ninguna Parte. La propiedad
privada conduce al crimen.
Una perla. W.H. Hudson, “La edad de cristal”. Sólo una mujer debe haber
en casa, encargada de la reproducción, las demás deben contentarse con un “amor
vegetal”, se las libera de la pasión amorosa ingiriendo sustancias mágicas.
J. Verne, en Las Quinientas
Millas de Begún, la ciudad es una ciudad jardín.
Edward Bellamy, “Mirando atrás”.
La primera utopía plenamente negativa es Erewhon (anagrama de Nowhere: ninguna parte), de Samuel Butler.
H.G. Wells: “Cuando despierte el durmiente”, “Historia de los días
futuros”, “Una utopía moderna”, “Hombres como dioses”.
RayBradbury, Fahrenheit 451
(temperatura de combustión del papel).
LinYutan, “Mirada a lo lejos”.
En La República de Platón, se
valora más el orden que la libertad, la seguridad más que la individualidad.
*
¿Cuarteto? 212, de Omar Kheyyam:
“Sólo quiero tener siempre una copa llena en mi mano.
Me dijo alguien: ‘Que Dios te de arrepentimiento’.
Mas, ni Dios me lo ofrece ni yo se lo he pedido”.
*
Desconfianza por la metafísica. La cola para llegar a la ventanilla
estaba viva, crecía con el correr de la mañana, se movía, hablaba. En esa
circunstancia escuchaba en mi interior la confusa metafísica enarbolada en mi
época de estudiante universitario en los años setenta. Sabía que había otra
filosofía, la de la calle, la de sujetos anónimos que van anodinos o con
desparpajo por la calle, los almacenes, las tiendas y le hacen a uno comprender
la fuerza de lo cotidiano, la educación con la naturaleza y el orden en esto.
Pesada retórica escuchaba en quienes teorizaban sobre teorías, juegos verbales,
substancias abstractas para aplicar a la realidad y la realidad se resiste. En
la fila, que llegaba a la ventana donde atendía un funcionario del Estado,
experimentaba una ontología elemental, directa, certera de quien va a las urnas
a botar, a ejercer el derecho de pensar como otro piensa, untando el dedo
índice si era laico, el meñique si era eclesiástico (uno de los votantes era
albarista, le hacía campaña a Pastrana y votaba por Lleras, lo supe por haberlo
escuchado mientras esperaba); del que va a templos a rogar la paz de su
espíritu quemado por la desesperanza y el odio. Dado este pensar, mientras mis
pies hormigueaban de cansancio, buscaba también refugiarme en Handel: “Pasa por
la vida tan delicadamente como sea posible; todo bien, gozar está bien”, me
decía. “Una vida donde predomina el arte sobre el juego sutil de mírame y no me
toques, aunque... Ya suena el carnaval de Semana Santa y me dicen que se debe
recoger la juerga en el patio trasero de mis gustos”, leo esto último en el
diario de uno de la fila, delante de mí, el periódico abierto tanto como el
ancho de su cuerpo. Hice caso a medias a cuanto acababa de pensar,
inmediatamente me llamó la atención el empleado displicente y atediado mientras
despachaba, tenía la mirada turbia y arrugas de cansancio. Al tiempo, un
hombre, detrás de mí, preguntó por el libro que leía a intervalos, cuando la
curiosidad por lo sucedido en mis alrededores me desenganchaba. Le mostré la
portada, el hombre leyó, me miró; en sus ojos: “Pobre hombre, estás condenado”.
No dijo nada. Arrugó la frente, acomodó su delgado cuerpo entre su ropa
holgada. Como por arte de magia, con pase de prestidigitador, apareció en sus
manos una Biblia de tapa oscura, manoseada, resquebrajada la imitación de piel,
multitud de papelillos como babas escurrían de los bordes. Me dije: “He aquí un
condenado diablo dispuesto a adoctrinarme, dispuesto a llevarme a rastras al
cielo”. No demoró en su intención, todo fue rápido y limpio: “Que Cristo es la
luz que alumbra en la oscuridad, que muchos son los llamados y poco los
escogidos, que Él es el camino de la verdad y la vida”. Y, finalmente, con
énfasis de torturador: “Arrepiéntete hijo, aún es tiempo, leer esa clase de
libros te lleva a la devastación, sólo hay verdad en cuanto dice la Biblia, lo
demás vanidad de vanidades, sandeces. ¡Aleluya!” Lo dejé hablar, lejos de mí el
deseo de interrumpirlo. Y mi silencio le dio poderío, arremetió con ardor.
Luego extrajo del bolsillo interior de su saco hojas volantes donde estaba la
imagen de Cristo repartiendo pan y pescados a la muchedumbre hipnotizada sobre
pendientes, laderas y valles. “Lee, hombre incrédulo, lee, te pongo en el
camino de la salvación, no la niegues lector de sin sentidos, adelante hijo,
tómala, lee, te hace falta”. La fila se alargaba detrás de nosotros y se
acortaba hacia la ventanilla. Yo continuaba mudo, en mi silencio tan mudo como
un páramo cuando el viento duerme. El hombre, al ver que nada le respondía,
hizo un alto en su urgencia doctrinaria, tomó aire profusamente, movió sus
labios, rápido los movía porque en ellos estaban las oraciones que buscaban
interceder por mí delante del tribunal de Dios. La cara se le llenó de púrpura,
violeta y gris sucesivamente. Pensé que le iba a dar ataque de apoplejía y
acaso tendría que acercarlo a un centro de salud o a un hospital. Vi cuando
levantó su mano derecha, pensé: “Atrapa el don del cielo para derramarlo sobre
mi cabeza”. Le di la espalda para cerciorarme de cuánto faltaba para llegar a
la ventanilla, cuando la volví para saber del hombre, recibí en mi frente el
golpe de la Biblia. Aturdido e idiotizado por lo rápido como el acontecimiento
se había desarrollado, no atiné más que a sonreír para que la Biblia no
volviera a caer sobre mi desconcierto. El hombre, entonces, visto a cuanto
había llegado, corrió; corrió vociferando: “¡Es el diablo, es el diablo, que
los libros en sus manos sean cenizas, sean fuego que atice su caldera
demoníaca!” Desde entonces me ha quedado desconfianza por la metafísica; pega
duro y adormece donde golpea.
*
Desconsolado, pues la amaba y no se atrevía decírselo; aturdido pues
quería comunicárselo; pero, pensaba, a lo mejor, en el momento de expresarlo, no
voy a ser correspondido. Lo pensó muchas veces hasta cuando se atrevió. Ella lo
aceptó. Después la zozobra de perderla. La perdió y no supo cómo. Desde
entonces caminó espantado y vencido por haberla dejado ir de su lado. Siempre
la cadena de la oscuridad y el mal presagio. Luego recordaba de ella sus manos
sobre su vientre hurgándola, acariciándola, agasajándole, el modo como entre
sus dedos florecía el capullo y la respiración se esponjaba.
*
Me encantan sus perfumes; tiene uno para cada noche; el lunes verbena,
el martes coriandria, el miércoles ruda, el jueves estórax, el viernes ámbar,
el sábado cueta, el domingo castoreum. Cada noche un bosque diferente y la
presa del cazador igual se esconde, se resiste, se niega, se evade para, al
final, resultar vencida, cazada. Yo, el pequeño dios que la huele. En sus
perfumes está el secreto de su deseo y el mío. Me gustan sus perfumes cuando la
verbena se pinta de verde, la coriandria de anaranjado, la ruda de blanca, el
estórax de azul, el ámbar de perla, el cueta de amarillo, castoreum de rojo.
Cómo me huelen estos colores cuando la palma de mi mano está en su bosque.
Lili, con quien me pierde en sus cabellos. El bosque enloquece, la pasión lo turba
todo. Ella me ha enseñado que el día lunes corresponde a la tórtola, el martes
al pájaro de fuego, el miércoles a la mariamulata, el viernes al águila, el
sábado a la golondrina, el domingo a la paloma. Todas esas aves observan mi
silencio de búho, el silencio contenido de mi respiración que repasa labios y
pechos en las ramas de la noche. Todas las aves se espulgan en el bosque y en mi
mano el bosque. Islas en océanos de
pájaros los dos. Muchacha donde en su desnudez mi mano se pierde, se va, se
deja ir, se viene, siempre mano desplumada en el botón de su bosque de
aves. Ave, bosque, perfume, todo en uno
para poder ser uno en dos en esta unidad desparramada del deseo.
*
Para el campesino ser libre “no significa nada cuando nada tiene”, dice
Eduardo Caballero calderón. Y agrega: En
la vida común y corriente, la libertad no existe: está constreñido por las
aptitudes personales, las condiciones físicas del individuo, su grado de
cultura o de conocimientos prácticos. La libertad de hacer lo que se quiere se
convierte en la muy mezquina y ordinaria de hacer lo que se puede. Y agrega que
uno de los males más poderosos para que la libertad no se dé está en la
densidad demográfica, en el constante crecimiento de la población, el
hacinamiento en las ciudades, donde las personas que se odian tienen que
convivir. Para Caballero Calderón perder la noción abstracta de la libertad
hace que el peligro que se cierne sobre la humanidad sea mayor.
*
A Julio Verne, doce de sus profecías se le cumplieron: las
máquinas volantes, el submarino, la vuelta el mundo en ochenta días, viajes
interplanetarios, aparatos teledirigidos, los satélites artificiales, el
helicóptero, la televisión, el cine sonoro, las materias plásticas y la bomba
atómica; sólo la profecía del viaje al centro de la tierra aún no se ha
cumplido.
*
El hombre, que lo es todo, busca
el todo en lo particular; y no yerra. El asunto peliagudo está en que eso que busca en vez de unir desune. Necesitan
todo con la apariencia de un mismo rostro en la variedad de sus máscaras.
Caminan por la calle, llegan a las oficinas, regresan a sus casas y no se dan
cuenta que son varios en las distintas circunstancias de la transición. Lo
cierto, se es de otra manera en cada desplazamiento a los puntos cardinales del
tiempo y del espacio.
*
Profecía de Juan XXIII: “Más atención del rostro que sonríe y que
viene del sur, más del sur que nadie. Su corazón estuvo siempre en el norte y
vuelve para recuperarlo con sus hermanos negros".
*
Se embriagaba a fondo los viernes cuando salía
del trabajo. Una vez eufórico salía a la calle a detener autos con la fibra de
sus músculos, a remover postes, cambiarlos de lugar, se sabía poseedor de un poderío
monstruosa; una vez le pasaban los vapores del licor, no recordaba nada.
Observaba los moretones, las heridas y magulladuras en el cuerpo y creía haberse
caído sobre andenes, o, a lo mejor, haber estado en alguna trifulca.
Iba a cine, era su vicio solitario, no le
gusta saberse acompañado, allí, en las butacas del teatro le apetecía soñar en
la pantalla los sobresaltos de la vida en otros. Tenía dificultad para leer con
rapidez los diálogos en la pantalla, pero esto a él no le importaba, ahí estaban
los cuerpos, los objetos, los movimientos que le mostraban y le decían todo.
Le encantaba la siguiente frase, y se la
repetía a sus amigos, cuando iba a empezar a beber con ellos: “La muerte tiene
el nombre del que muere; así que si yo muero, sólo soy el nombre de esta
muerte, muerte más que vida, porque la vida es el teatro, la pantalla donde la
muerte tiene sus nombres.
*
Lo escribí en el setenta y ocho del siglo
pasado, mitad de ese año; extraño, sí:
Domingo: En una aldea, cerca de la capital del
departamento. Está con doce amigos. Se han citado allí para fijar una
estrategia a seguir en la empresa donde trabajan. Solicita un asno a sus
amigos, quiere subvertir el orden de la ciudad para gozarla. Uno de los doce va
a la aldea cercana. Antes de entrar a la aldea se siente cansado y se recuesta
a la sombra de un árbol. Cuando despierta, a su lado, el burro. Piensa: Él lo
necesita. Lo lleva al Hombre. Él monta, entra en la ciudad seguido de sus
amigos que le hacen fanfarria. La gente en los aledaños de las calzadas las
plazas y los cafés, chiflan y le dan palmadas en las
espaldas por haberse atrevido a tanto.
Lunes: Comparte con los doce la hora del
almuerzo, luego de una dura jornada de trabajo en la oficina. No hay ninguna
mujer con ellos, de pronto en el ambiente olor de nardos, levanta la mirada del
pan que comen; en la entrada del restaurante una mujer. A él le gusta su olor
cuando el aire que viene de la calle lo empuja hasta donde él esta. La mujer
avanza hacia por entre las mesas y se pone a su lado, trae una botella de vino,
se la ofrece, el hombre le pide que se siente a su lado; la conocía de una
reunión en casa de una amiga.
Martes: La resaca le palpita en la cabeza, la
mujer está a su lado, duerme. Se levanta urbanamente para no despertarla.
Afuera, en la calle, mientras toma un taxi, no sabe cómo decírselo a los doce.
Teme que no le creerán, que crean que se distancia de ellos, que ya no hay
motivos para seguir unidos, los ha abandonado, la noche y la mujer trazaron un
puente a punto para distanciarlos. Llega donde ellos. La silbatina y el jolgorio se escuchan más allá de las
ventanas de la oficina donde trabajan juntos.
Miércoles: Uno de ellos no está contento con
cuanto ha ocurrido, se sabe traicionado y rencoroso; le ha birlado la mujer que
ama, los celos lo ponen contra la pared. En el mundo de oficinas, de jefes, de
personas con mando, y él tiene un cargo
mayor que el hombre, desea imponer su orden; lo acusa: un empleado infiel, no
cumple con los requisitos de la armonía en el trabajo; es holgazán y se
embriaga en tiempo de trabajo. El jefe, que le tiene malquerencia al hombre
escucha y relame su bigote de mexicano valiente y aventurero.
Jueves: Comen en un restaurante, el hombre y
los doce. Él, sin contenerse desnuda sus desventajas, los acomoda en virtudes.
Pero el que no está conforme, se siente fuertemente aludido en sus desventajas,
se para de la mesa, los abandona.
Viernes: El hombre regresa al trabajo, en el
escritorio de su oficina la carta donde le piden la renuncia. ¿Qué hacer? Se
pliega al hecho, no es más que un subalterno más. Los amigos lo miran abandonar
el edificio con nudos en la garganta.
Sábado: Se levanta tarde. Desorientado mira los
techos de las casas desde su apartamento. Mira a las mujeres contonear sus
caderas pidiéndole espacio a las miradas de los hombres. La noche
inmediatamente anterior estuvo metido en remolinos donde había rostros de
políticos, presidentes y sacerdotes en banquetes; él no podía departir con
ellos, le cerraban las puertas en la cara.
Domingo: Una llamada. Al teléfono: Hola, mi
amor. Cómo te sientes. ¿Te acuerdas de la otra noche? Él piensa: “No importa, reinventaré
el paraíso, haré del goce el principio de otra vida; haré de esta vida otra
vida y en ésta contará la mujer al otro lado de la línea.
*
Con D. C. dijimos ponernos de
acuerdo para hacer una obra de fenomenología. Esta tenía que ver con asuntos
paranormales, parasicológicos. Hicimos programación de trabajo. Después,
después, nada. Derivé a otros mundos, a otros lugares lejos de donde pudiéramos
encontrarnos. Yo no trabajé en la propuesta; él, tal vez, sí. Creo que insistió
en ello, tuvo que ser así, porque años después, lo vi atormentado por demonios,
por la poesía, por la incomprensión de
sus padres, por sus amores procelosos, por esa ansia de infinito que tiene el
hombre al querer desentrañar las estructuras elementales del universo; después,
mucho después, le pregunté a un amigo escritor, que yo sabía él frecuentaba,
por su vida: Se suicidó. ¿Asombro? No. Había lidiado un intento de suicidio a
causa de un amor que él sabía estaba más allá de una relación normal entre un
hombre y una mujer. Un amor en el cual el rencor y la resistencia al fuego, que
los devoraba por dentro, los expulsaba de la tierra para vivir infiernos de
caricias donde no cabía el tamaño del amor. Luego, supe que no se había
suicidado. Entablé comunicación con él al ubicarlo por Internet. Por esos
azares desacomodados perdí contacto con él. La agenda donde anoté su teléfono
la perdí en la misma semana. Ha borrado el rastro de Internet. El otro, tal
vez, no necesita mi ventura y mi oficio de hombre.
*
Ahora
leo mis escritos del año
setenta y ocho; me lleno de expectación, de retozo y de mariconada haber
escrito esto que puede ser tomado como persona afecta a su mismo sexo; yo, que
tanto escudriño el fondillo de las mujeres. Aquí va: Desde el lugar que ocupo,
cafetería enfrente de una droguería, al otro lado el andén, cuarteado por las
raíces de un eucalipto fastuosamente erguido, ranuras semejantes a poderosos
rayos jupiterianos, desconcertantes tajadas de cemento superponiéndose unas
sobre otras; veo al hombre, indolente, manos en los bolsillos del pantalón,
gafas de vidrio oscuro marca Foster Grant, dentadura frotada tantas ves con
cepillos y crema Pepsodent; me causa pasmo su cuerpo de verano tantas veces
masajeado con aceite marca Calgón en manos de una morenita briosa y
despreocupada. Me divierte esa ambigüedad amanerada, esa frontera para empezar
a inventar otra historia de hombre flojo de culo. No me molesta. ¿Cómo puede importunarme
lo humano en su debilidad o fortaleza? Depende de cómo se asuma. Debía haber
estado leyendo una revista, sus avisos publicitarios. ¿Cómo podía saber yo de
las marcas de sus gafas, ¿cómo comprender que el aceite en su cuerpo tenía le
textura y el aroma que digo? Pero, insisto: Camuflo el asunto. Miren ustedes;
tonto soy si prosigo dando explicaciones. Cuanto diga no convencerá a nadie, ni
a mí mismo. Este el encanto de la escritura.
Más adelante escribo en el cuaderno de notas,
día 12 del mes VI del año 78: Caminar por China es encontrar letreros con
leyendas como: Pisar con permiso oficial. Se inmoviliza al ciudadano
transgresor; detención precautelativa. Imagino: Los hijos abandonan su hogar,
sus ocupaciones, la guerra los llama, la nación los llama, el estúpido racionalismo
los sacrifica por tan poca cosa como pisar.... Detención precautelativa; debe
ser suplida la fianza pecuniaria en cuantía de..., de acuerdo con la gravedad de
la acusación. Para demostrarlos culpables se hace padecer, para demostrar que
son inocentes igual. Una vez aligerado
del peso acusatorio, se debe demostrar, frente a la sociedad civil, su
inocencia. El círculo no se estrecha, se amplía. Caray, en lo que deriva la
homosexualidad. Me encantan las mentes perversas en búsqueda de orificios para
hurgar.
*
Voltaire: “Se necesitan veinte años para conducir al hombre del estado
de planta en que se halla en el vientre de su madre, hasta el momento en que
comienza a florecer la madurez de la razón. Se necesitan 30 siglos para conocer
un poco su estructura. Se necesita la eternidad para conocer un poco su alma.
No se necesita sino un instante para matarlo...” Voltaire, el mismo que lanzaba
apasionadas en injustas diatribas contra Rousseau, se burlaba de su espíritu.
Voltaire, el que lo aceptaba todo para realizarlo todo, para deshacerlo, para
mostrar la riqueza de la mente. Lo destruía todo para construirlo de nuevo.
*
13.VI.78. Contento, alegría en mis sentidos, compré un
libro de poemas de Holderlin; poeta que he amado entrañablemente; un libro de
Saúl Bellow: El legado de Humboldt.
Este último deteriorado, realización en la librería Plaza y Janés. Envié una
obra poética a un concurso denominado “Santuario sin nombre”. (Sobra decir, no
tuvo figuración).
*
Cartagena, ciudad ecológicamente
perversa, desarreglada.
Alegra la vista pero desprecia nuestros pulmones. Arrebata la arquitectura de
sus construcciones, pero insulta nuestra respiración. Humedece de ánimo e
infinito el mar, pero ofende nuestro olfato el agua que brota de los albañales.
Preciosa ciudad para tanta vulgaridad de hombres que hacen sus necesidades en
sus calles, en el mar, para tanto descomedimiento de gente que escupe y se
suena sobre andenes. Se corre peligro de ser salpicado. En esta ciudad él
conoce a una mujer que dice ser trabajadora social, y se resiste. En un momento
de decisión certera ella cambia su hábito de vida. Dios la llama, le comunica
que debe desnudarse frente a él. Recostado en la cama la espera. Insensata y
apasionada se aprieta a su cuerpo.
*
Oro: símbolo solar del conocimiento. Incienso, símbolo de la divinidad. Mirra,
símbolo de la inmortalidad
*
Buscaron hacerla llorar pero no pudieron. Entonces decretaron que era
bruja. Las brujas no lloran, ni frotándole saliva en las mejillas. Eso ocurrió
en Tolú, célebre por esos personajes. Aquí el suplicio no era la muerte sino
las cárceles: pestilente y brutal su arquitectura. La habían atrapado un
viernes, en Palo Hueco. Estaba con una cosa enana que le decía hiciera una cruz
con el pie izquierdo en la arena, para luego borrarla con el trasero. Tenía la
mujer en su mano una guacharaca con la cual se echaba aire en la cara y el
cuello. Quien la vio salió corriendo al pueblo a dar aviso. El sacerdote
inmediatamente hizo sonar las campanas para obligar la huida del demonio de la
bruja. La gente salió al camino, a las calles, con la ropa puesta al revés. La
vieron venir. La rodearon y la amarraron con cáñamo. La llevaron a la plaza. Le
hicieron quitar los zapatos, sacudir el polvo, en él estaba la carcoma del
diablo; una vez movido el polvo el sacerdote la roció con agua bendita. Como
traía una piedra en la mano, la había recogido del suelo pues le pareció
curiosa la forma como la naturaleza la había moldeado, alguien dijo que era la
piedra sangrienta de Belcebú. La desnudaron, le pincharon milímetro a milímetro
el cuerpo, hasta encontrarle el lugar indoloro. Ahí estaba, no se inmutó ni se
desmayó. Luego la ataron a un palo y pusieron debajo chamizos, trozos de ceiba,
camajón y dividivi, y la quemaron. La mujer, horno para los hombres, entonces hoguera.
*
En la Semana Santa del año 1979
la conocí. Rubia, hermosa
rubia. Su nombre, Patricia. En la finca de Ambalema. En el río Lagunilla nos
bañamos. Siempre juntos en la tarde. Empatía maravillosa. Después ella se fue
con su familia a Bogotá donde vivía, no sin antes haberme dado teléfono y
dirección para visitarla; claro, la más contenta era la madre que insistía me
acercara a su casa. Y fui, cuando subí a Bogotá fui. Me recibió la madre. La
hija vino, la saludé, pero ella tenía
que “hacer” y subió a la segunda planta, la siguió la madre un momento. Tal
vez, en alguno de los cuartos, madre e hija hablaron: “Mami, qué hacer, yo no
quiero recibirlo, mami, ayúdame”. Así, frente a la madre me sentí incómodo,
todo el tiempo perturbado cuando ella estuvo de regreso. Creo que estar allí no
duró más de diez minutos. Salí para nunca más volver, para olvidar su casa,
para desterrarla de mi memoria. Fue rápido y sin rencor como me desentendí de
ella. Aquí el silencio se calló aún más. Fue como haber mirado, solemnemente,
el entierro de mi corazón.
*
Es grato recordar amores, los que pudieron haber sido y no fueron, los
que se desviaron a un costado y dejaron la tierra árida, los que fructificaron.
Por ejemplo, la morena de cuerpo de gimnasta, además la practicaba. Ella decía
no creer que la quería, que me gustaba, le parecía mentira, imposible. Si le
preguntaba si me quería, respondía que un poquito y a mí eso me parecía nada,
un desvío de aguas que secaban mi entusiasmo. Como había temor y espumas en
querencias, me refugiaba en el libro Opiniones
de un payaso, de Henrich Böll, (junio 26 del 79).
*
Sócrates, enemigo de la
democracia, en esto se
parecía mucho a Homero.
*
Los platónicos querían saber
para encontrar la salvación. ¿Pero,
salvarse de qué? A donde se vaya siempre habrá procesos, y los procesos son contradicciones,
dialécticas que se resuelven en otras contradicciones, así, hasta el infinito.
A Henry Miller un periodista le pregunta: “¿Hasta dónde un escritor ejerce
influencia sobre el mundo que lo rodea? Miller responde: “Un escritor no puede
hacer nada por ese mundo. Nadie puede hacer nada. Todos estamos en las manos
del diablo porque Dios ha desaparecido”. Estamos en manos del azar. Ni en una
frontera ni en otra. A las metas las precede un recorrido ondulatorio o en
espiral donde no hay absolutos, apenas luces que nos guían, o aguijonean a
avanzar, pero nada más; radicalmente solos, sumergidos en el todo, en tiempos y
espacios sin dirección. No hay vacío, como pudiera creerse, siempre hay algo o
alguien en quien creer y que nos crean. La curiosidad está en el trayecto entre
lo ilímite; aquí la emoción estética para saber de nuestros hijos, de nuestros
padres, de nuestros amigos; la emoción estética de quitarle la ropa a una
mujer.
*
Andrés Olguín, como traductor de
Baudelaire, bueno, muy bueno;
fatal como crítico, fácilmente refutable, no convence, no resiste un análisis.
*
Ingenuidades: Es posible vibrar al ritmo de lo que está
fuera de nosotros y al tiempo dentro de nosotros. Es posible sentir cómo la
otra vida tiembla; tiene la misma sustancia que me conforma.
*
Borges dice: “Una infinita duración ha precedido a mi
nacimiento, ¿qué fui yo mientras tanto?, metafísicamente podría quizá
contestarme: “Yo siempre he sido yo; es decir cuantos dijeron yo durante ese
tiempo, no eran otros que yo””.
*
Marco Aurelio: “Aunque los años de tu vida fueren tres mil
o diez veces tres mil, recuerda que ninguno pierde otra vida que la vida ahora
ni vive otra que la pierda. El término más largo y el más breve, son, pues,
iguales. El presente es de todos; morir es perder el presente, que es un lapso
brevísimo. Nadie pierde el pasado ni el porvenir, pues nadie puede quitarle lo
que no tiene. Recuerda que todas las cosas giran y vuelven a girar por las
mismas órbitas y que para el espectador es igual verlas un siglo o dos o toda
la eternidad”, Reflexiones, 14. Esta
idea “nadie pierde el pasado ni el porvenir, pues nadie puede quitarle lo que
no tiene”, es diferente a la idea de E. Heminway, que tomó de un filósofo
pragmático norteamericano, en Por quién
doblan las campanas, la idea básica es: cada ser al morir se lleva con él
algo de nosotros. Si alguien muere morimos nosotros, morimos a dosis. Otra cosa
piensa Samuel Beckett, en Malone Muere. “...y cuando hay uno que muere los
demás siguen como si nada ocurriera”, como quien dice, no es necesario
preguntarnos por quién doblan las campanas.
*
En el pasado, 1979 escribí la
necesidad de volver a leer las siguientes obras: Mientras
agonizo, de W. Faulkner; frente a un hombree muerto, las perspectivas de quienes
lo ven muerto, las memorias de la vida; Malone
muere, Samuel Beckett, el universo de un hombre incapaz de recordar lo
inmediato, reflexiones sobre la nada, su serena agonía; Cinco horas con Mario, Miguel Delibes, la esposa frente al cadáver
de su esposo, vierte toda su vida que se pregunta hasta dónde llegó con el
hombre y qué quedó por hacer y que hay que hacer; Pedro Páramo, J. Rulfo, el regreso de un hombre a su natal ciudad,
Comala, la venganza; La condición humana,
de A. Malraux; El otoño del patriarca,
G. G. Márquez; La muerte de Artemio Cruz,
C. Fuentes; La muerte de Virgilio, H.
Broch, La muerte de Ivan Ilich, León Toltoi,... Ahora que releo esto entiendo
mejor lo que he buscado con mi escritura, ofrecer sentido a la muerte como
lugar otro para la vida. En cierta medida, De
amores, tiempos, sueños y palabras, (ahora tiene el nombre
Sin límite, marzo 15 del 2003), en sus cinco variantes (Oníricas, Clepsidra, Yo viendo llover, Sin límite y Desencadenantes)
tiene que ver con este lugar otro, no desde los vivos, sino desde la muerte.
*
Georges Charbonier: “No somos unánimes al decidirnos; somos
unánimes en obedecer la decisión tomada”.
*
“La historia, dice Robert Graves, es un medio primitivo de atemorizar al
agresor”. Tener historia y que el otro
la conozca es mostrar de lo que se es capaz de hacer, de cómo se han resuelto
los conflictos; hasta dónde se llega con el poder. Es mostrar el filo de
nuestras decisiones.
*
El miedo. Para referirse al miedo, los romanos
hablaron de metus, vocablo de sentido lato (que rigurosamente le corresponde); fornido,
cobardía innata; timor, desconfianza o recelo; terror, schok repentino que
hacía dispersar a una multitud despavorida; el horror era un temor histérico a
lo desconocido, que pone los pelos de punta; pavor, una cobardía que enajena;
reverentia (de “vereor” “yo temo”) era quedarse atónito ante los dioses y
héroes venerables, el único temor permitido a los jóvenes. La palabra pánico no
se usó en Roma, en cambio en Grecia sí, y significó un terror inexplicable,
como atribuido en cierta ocasión al dios Pan. Virtus era en los romanos
intrepidez en defensa del honor masculino.
*
En tu mano, amigo, estás todo tú: calor, temblor,
fuerza, amistad, disminución de distancias, alegría; la voz que ha sido timbre
y esperanza antes de que tu mano, amigo, llegara a mi mano.
*
¡Diablos!, once cosas son impuras, entre ellas: la orina, los huesos, la esperma de mi eyaculación, la sangre, el hombre y la mujer que no sea musulmán. Lo dicen ángeles que se guardan de decir el nombre, su nombre. Jueces para otros, mas no de sí mismos.
¡Diablos!, once cosas son impuras, entre ellas: la orina, los huesos, la esperma de mi eyaculación, la sangre, el hombre y la mujer que no sea musulmán. Lo dicen ángeles que se guardan de decir el nombre, su nombre. Jueces para otros, mas no de sí mismos.
*
Tan pocas mis victorias, tan
largos mis desconciertos. Aún
aguardo el respiro de una victoria más. Tal vez he buscado el paraíso afuera,
cuando en realidad está dentro de mí, y, lo que parecen derrotas, probablemente
un desvío azaroso en el terreno del paraíso. Flores convertidas en nieve, nieve
convertida en fuego en la fuente Castalia. Tanta dicha del gallo que sobre las
gallinas se esponja. Ni pizca de cansancio, la gallina espera, sabe que la
trepará después del gallo haber bebido agua de la fuente. Todo su paraíso en el
sacudimiento de su cuerpo sobre la gallina. El gallo que soy no ha bajado del
árbol a recorrer el gallinero.
*
Escribí en 1979, y aún hoy eso
se sostiene: Mi patria es
tibia, política, retórica, hipócrita,
taimada, indecisa, sin carácter. Patria que le cuesta trabajo tomar decisiones
si antes otro no las ha tomado; esencialmente imitadora de naciones que
considera poderosas. Tomar partido le cuesta trabajo, todo lo enreda en
eufemismos, en evasivas. Señalada por cuanto los otros puedan decir de ella;
así, su reputación, lo más importante. Confunden reputación con sobriedad.
Cuando es demasiado el compromiso en la toma de una decisión, prefiere callar.
Siempre se acoge a la línea donde están los más.
Hay un poema de Oscar Wilde en el cual un hombre muere y llega la hora
del Juicio. Dios abre el libro de la vida, le enumera los pecados. Dice Dios
que debe enviarlo al infierno, el hombre responde:
No puede.
Y Dios dijo al hombre:
¿Por qué no puedo enviarte al infierno? ¿Por qué razón?
Porque he vivido siempre en el infierno – respondió el hombre.
Dios reflexiona, entonces dice:
Ya que no puedo enviarte al infierno, te enviaré al cielo. Sí, al cielo
te enviaré.
Y el hombre calmo:
No puedes
Y Dios dijo al hombre:
¿Por qué no puedo enviarte al cielo? ¿Por qué razón?
Porque jamás en parte alguna he podido imaginarme el cielo – replicó el
hombre.
En Obras completas, Aguilar,
p. 870.
*
Hay obreros que les suda hasta la sombra.
*
Las telas de araña están siempre
inclinadas y la araña las
remata siempre con una firma en zig-zag.
*
Los vegetales tienen su autotrofía, que es la capacidad de fabricar
materia orgánica, materia viva, a partir de elementos minerales, de elementos
aparentemente muertos.
*
Gallistos (la bella), así llamó Homero a Venus, el planeta. Cicerón
lo llamó Vesper.
*
Los dioses juegan, nosotros trabajamos, dice Octavio Paz. Nosotros somos el juego de estos dioses, las fichas que ellos mueven, las cartas que planean sobre el tapete, la bola que rueda. La creación es un acto gratuito, un juego. Después del tedio y antes del mismo, el juego rompe la inercia. Nosotros no somos necesarios. Por nosotros mismos no nos sostenemos, por voluntad ajena, más bien. Nos han creado como juego. De pronto los inventamos nosotros, digo, para jugar nosotros, para atemorizarnos, para imaginar poéticas. Un modo de reír en nuestros juegos. Porque jugar es también reír, estar en el terreno de la risa. La risa síntoma de posesión demoníaca, de pensar, de batir la olla cruda de los alimentos.
Los dioses juegan, nosotros trabajamos, dice Octavio Paz. Nosotros somos el juego de estos dioses, las fichas que ellos mueven, las cartas que planean sobre el tapete, la bola que rueda. La creación es un acto gratuito, un juego. Después del tedio y antes del mismo, el juego rompe la inercia. Nosotros no somos necesarios. Por nosotros mismos no nos sostenemos, por voluntad ajena, más bien. Nos han creado como juego. De pronto los inventamos nosotros, digo, para jugar nosotros, para atemorizarnos, para imaginar poéticas. Un modo de reír en nuestros juegos. Porque jugar es también reír, estar en el terreno de la risa. La risa síntoma de posesión demoníaca, de pensar, de batir la olla cruda de los alimentos.
*
A falta de...
Fin de semana, puente. De la capital baja
gente a descansar a tierra caliente, un pueblo recostado al río Magdalena,
Ambalema. El pueblo posee arquitectura para conservar. Casonas solariegas, de
alerones amplios y postes de madera. Casas de bahareque y palmiche. Un amplio
parque de árboles frondosos; en uno de los costados la alcaldía, en el otro la
parroquia, en el otro el colegio para señoritas; en el otro la estación de
policía en una esquina. Los agentes sacan taburetes, los recuestan a paredes,
dormitan la paz, la violencia está quieta y la paz duerme. El alcalde, una
persona dinámica, interesado en buscar diversión tanto para los nativos como
para quienes bajan de la capital a descansar en la modorra y en la quietud; se
preocupa porque los futbolistas de la localidad jueguen con quienes han llegado
de tierra fría. Dos días y logra interesar a la gente para que el sábado se
juegue un partido de fútbol, después de las tres de la tarde.
Llega el día y la hora. El equipo conformado
por los capitalinos está incompleto. ¿Qué hacer? El alcalde no da tregua,
piensa, encuentra la solución. Que jueguen los tres policías. Listo, situación
arreglada; pero, sorpresa, a la hora de distribuir en la cancha los jugadores,
aún falta uno. El asunto se complica. Mira la extensión de la cancha, la gente reunida
en las gradas: muchachas, damas, ancianos y un arrume de pelados cuyas piernas
aún viches no están para los zapatazos de los adultos. Se le nota al alcalde la
tensión de su pensar. Finalmente. Listo, ya lo tengo, traigan al preso del
calabozo en la alcaldía.
*
El
terrorista. En esencia su
intención es crear pánico, miedo, desconcierto. Su mira, transformar un estado
de cosas. Quien lo asume piensa que es la personificación del patriotismo. El
terrorista actúa, según él, en nombre de una causa elevada, aunque realice
actos indiscriminados de violencia. Es frío, indiferente al dolor que inflige a
la víctima. Es un fanático, y su fanatismo deviene de los disturbios sociales,
la pérdida de los caminos tradicionales; puede devenir en ello como
consecuencia de una guerra devastadora; dislocado, asume que él y el mundo se
desmoronan.
Hay pérdida de identidad, no tiene claras sus
tradiciones que le puedan dar sentido a su vida; en consecuencia, resulta preso
de ideologías extremas. Se apega a una verdad absoluta, pero también puede
abandonarla para acogerse a otra verdad, entonces la que abandona es su
enemiga, es enemiga la que no corresponde con su verdad igualmente. Su verdad
le da sensación de estabilidad y consuelo. Característico en un individuo así
es que su ideología está impregnada de fanatismo apocalíptico que divide el
mundo entre el bien o el mal, no hay matices; a esto se le suma la fuerte
sensación de desesperanza, convertida luego en rabia.
Actúa en la búsqueda de una nueva era, de un
nuevo estado de cosas, para lograr esto cualquier tipo de acción es
justificada. No en vano actúa para salvar el mundo. Esto, mas la rabia hacia su
víctima, conduce a una actitud de indiferencia que adopta frente aquellos que
ve como enemigos. Asesinando o colocando bombas es frío e insensible a la
cohibición de las emociones ordinarias, como la empatía o la compasión. Ha
sepultado sus emociones. Necesita una poderosa identificación con un líder que le
ofrece la fuerza sicológica de la cual carece. Saber como garante el líder le
proporciona la sensación de plenitud que no tiene por sí mismo.
El riesgo de la muerte es una emoción de la
cual carece. Es probable que en el pasado hayan padecido una enfermedad grave
que los llevó al umbral de la muerte, y esto sea la base por la cual desprecia
la muerte. “Habiendo estado tan cerca de ella, necesita probarse a sí mismo que
no teme al riesgo de morir”.
Los momentos claves para haber entrado al
terrorismo pueden ser: arresto en batidas de policías y posteriormente
torturado; en otros casos, la brutalidad fue cometida por alguien muy cercano a
él; incluye también la amenaza de castración o tortura genital. Este tipo de
experiencias son golpes terribles en personalidades con poca conciencia de su
identidad; Así, busca redimir su hombría, lo que no tienen, en el terrorismo.
*
Caras se ven, corazones no.
Caras se ven, corazones no.
Todos los hombres que he arreglado, niña, se lo merecían por
faltoncitos; ¿qué cómo así?, por irrespetuosos. No sé cuantos, niña, no
importa, ¿a quién le importa? En esto, niña, he ganado plata, de la buena.
Recuerdo la primera vez que me tocó matar. Estaba en el ejército. Maté por mi
patria. Mi sargento recalcaba una y otra vez: Por la patria; un deber de
ciudadano que salvaguarda las instituciones, la honra y bienes de los
ciudadanos. Le creí y lo hice y no me dolió, la patria lo necesitaba, niña.
Cuando salí, me metieron en la cárcel por un delito que no cometí, nada tuve
que ver con el muerto; de allí me volví malo. Como ve, niña, soy una mierda,
una chanda. Tómese tranquila su refresco, no le va a pasar nada. No tenga
miedo, está usted con un varón. Esta es mi mágnum 357. No tiemble, niña. No se
me achicopale, no le voy hacer nada. Su trabajo es ser mujer, periodista, el
mío es matar. No me vaya a faltar y no hay problema. Viví en una casa hedionda,
en el barrio La Pajarera. Cuando me fui de allí llegué a un hotelucho mal
alumbrado, pulguiento. Ya había estudiado la secundaria. Intenté entrar en la
universidad, lo logré, pero sólo pude llegar al tercer semestre. Condiciones
perras. Cuando tenía para el almuerzo no tenía para el desayuno ni para la
comida en la cafetería de la universidad. Me levantaba tarde para envolatar el
desayuno, me acostaba temprano para birlarle a mi estómago el hambre de la
comida. Perra situación. ¿Matar? No, no me causa ninguna sensación. Sólo el
primero da miedo. Uno se marea mucho con el primero, niña, después uno se
acostumbra. Cobro tres millones de pesos por tipo. Esto vale cualquier
muertecito común. Si es muy jailoso puede valer hasta diez paquetes. Eso sí, no
acepto menos de tres. No se puede matar por menos. Yo sé de unos manes de por
allá arriba, La Calera, que trabajan por menos. ¿Sabe una cosa, niña?; es que
uno quema mucha adrenalina cuando está trabajando. Es que es muy hijueputa
saber que si uno falla, el muerto es uno. Después de trabajar me tomo hasta dos
litros de agua. La tensión, la espera, deshidrata, quema, chamusca, entumece,
seca hasta las tripas. ¿Cómo niña? No. Matar no es pecado. Para mí pecado es lo
que no se hace. Ni siquiera culpa. Culpables son los otros, quienes me
arrastraron a estas circunstancias. Uno tiene que vivir. Los solventes, los
apoltronados en sus sillas frente al televisor, tomándose un refresco o un
trago, con una mujer que los atiende, los consciente, les hace arrumacos,
parecen no saber que todos tenemos que comer. Lo que hago es para comer, para
vivir la vida sin tanto efugio. No hay ni trago ni mujer honrado para nadie,
para uno que está encanado, menos. Mire, niña, si usted no debe nada, nada le
pasa. Si da dedo o canta lo que no debe, se jode. Yo sé que usted es
inteligente, niña. Tipo que no haga cosas malas no tiene porqué pasarle nada.
Uno sabe que cuando lo llaman a uno para hacer un trabajo es porque el cliente
se ha negado a tranzar. Cuando son negocios, casi siempre se llama al man para
hablar a lo bien. Pero, si el hombrecito no acepta, ahí es donde hay muñeco.
¿Cómo, niña?... muerto, esto quiero decir. Caras se ven, corazones no. A fuerza
de sufrir en carne propia los horrores de la cárcel, me hice cruel, despiadado;
le perdí respeto a la vida y no al dinero, el dinero significa poder. Me
detuvieron en forma injusta, niña. Yo era un tipo sano, jamás había fumado o le
había hecho daño a nadie. Me llevaron a la cana y, mientras averiguaron que no
tenía nada que ver con la muerte de la cual me acusaban, pasaron cinco años de
aberraciones, de puñaladas, de juegos de poder. Estando allá mi mamá murió de
pena moral. Cuando salí nadie me ayudó. Todos, todos se apartaron como si fuera
la peste bubónica. Difícil conseguir trabajo. Estar en la cárcel es lo peor que
le puede ocurrir a un hombre. Salí malo, lleno de rencor. Pasó poco tiempo
hasta cuando un cliente, en la cárcel, me ofreció un trabajito, pagaba buena
platica para que le arreglara una culebra que tenía. Aquí mi primer muertecito.
Bueno como el pan y entonces malo como el alacrán. Ahora, cuando mato a alguien,
pienso que me están pagando algo por lo que sufrí en ese infierno de cárcel. Si
a uno le dieran el piris, quiero decirle el adiós definitivo, no le harán tanto
mal. como llevarlo a la cana. La cárcel es la universidad del delito, donde al varón
le hacen cosas horribles. Cosas horribles para un varón, entiende, niña. Allá
ocurren cosas muy duras para cualquier hombre, por macho que sea; al final ya
sabe uno qué es. En la televisión se aprenden cosas chéveres, le enseñan a uno
como escaparse, cómo hacer las cosas más efectivas y cómo superarse. Yo he efectuado
trabajos igualitos a uno de Bareta. Salió titísimo, sí niña, muy bueno. Manes y
viejas, igual que en televisión. Es lo mismo. Niña. Sí, a mí me friquió mucho
darle a la primera vieja, pero después ¡qué carajo! Después no pensé si eran
hombres o mujeres. A María Auxiliadora yo le mando a decir misas y nunca me ha
dejado pasar nada. ¿Cómo? Sí, entiendo, uno nunca conoce quién lo contrata,
para el contrato hay un intermediario. Uno no sabe quién lo contrata ni a quién
va a matar. El intermediario es el que le entrega a uno lo que necesita: la
foto, la dirección, las señas del tipo y los sitios que frecuenta. Si el
negocio es muy teso el tipo es el que arregla todo lo necesario: hace los
planos, consigue las armas. Nunca decimos quiénes son los intermediarios. En este
negocio se debe ser muy discreto. Si uno abre la boca, es sapo reventado. Lo
primero que se aprende aquí es el silencio. En este negocio, los más peligrosos
son los invisibles. Uno no sabe si cuando lo están contratando a uno para
organizar un tipo, están acordando con otro para que le de materile a uno. Cada
trabajo que se realiza puede ser el último, por esto siempre cobramos por
adelantado y en efectivo. Uno no sabe si hay alguno esperándolo a uno para
matarlo apenas liquido el cliente. ¿Trabajar yo, niña? Cómo se le ocurre. Ni
pensarlo. ¿Camellar, yo? Si el trabajo es salud que trabajen quienes están
enfermos. Sí, niña, malo. No creo ni en Poncio Pilato. Más bien creo en la
platica que está en mi bolsillo. La llave es el billete, niña. Ahora dejemos esto
a un lado. Demasiado calor se ha metido en mi cuerpo. Necesito ir, lejos, ir a
la muerte que en cualquier esquina me espera y aguarda mi descuido.
*
Verano
El hombre no había podido cerrar sus ojos durante
la noche. Igual el resto de la familia. La luna llena mantuvo su espejo en el
fondo fuliginoso de la noche para iluminar un paisaje árido, polvoriento y
silencioso. El calor reptaba llamas trepidantes dentro de la piel. Permanecían
quietos en la cama, de espaldas o bocabajo, para que ningún segmento de su
cuerpo se tocara con otro, pues experimentaban aún más la vehemencia de la
atmósfera.
Habían abierto las ventanas del apartamento;
habían descolgado las cortinas para no interrumpir la brisa del mar. Mendigaban
al ambiente un lengüetazo fresco y el mar, muy de vez en cuando, encarrilaba
cintas de brisa fresca.
Cuando no pudieron soportar más la cama,
salieron al balcón, la niña, el niño y el padre. Se sentaron en sillas de
mimbre y de plástico, su hermano se acomodó en el piso; sentado, el niño se
dejó ir de lado y se durmió. Afuera, desde el balcón, veían la noche limpia,
barrida por la luz de las estrellas y de la luna.
El padre se arrodilló y le puso una mano en la
garganta al niño para averiguar la temperatura; era normal. Como había tenido
que dejar la otra mano en el piso de mármol, mientras permanecía arrodillado, lo
encontró fresco. Se lo dijo a la niña, entonces se tendieron en el piso; así
lograron conciliar el sueño hasta la alborada de un cielo más azul que el mismo
azul fabricado por hombre alguno. En el horizonte del oriente el sol fue
explosión de llamas dolorosas, llegaba en intensas oleadas hasta la ciudad cuyo
gris se veía más gris y más blanco el color de los edificios pintados de blanco,
un blanco con ribetes de violeta.
La niña sentía plomo en sus nervios, un plomo herviente que al mismo tiempo levantaba de sus frágiles miembros brumas para
enturbiarle la mirada. Lo primero que le dijo al padre fue: “Papá, cucarachas
caminan por mi cuerpo. He soñado con ellas, ahora arrastran su patas por mi
garganta”.
Su hermano, que acaba de despertarse, la ropa
arrugada y sucia, dijo desde una mirada desesperanzada y ávida de razones
ciertas: “He soñado cómo de las paredes del apartamento brotaba agua, fuentes
para beber; pero, antes de acunarla en mis manos, se evaporaba”.
El padre no sabía qué hacer con sus manos
mugrientas, pegajosas; sus ojos, soflamas, miraban la caliginosa mañana con la esperanza
de ver el borrón de una nube cargada de agua; entró al cuarto desde el bacón y
sacudió a su mujer por los hombros. La mujer despertó atemorizada, preguntó qué
había pasado, “dónde, por qué me asustan”. El marido, desconcertado, al verla desarreglada
en su conciencia le pidió calma.
Salieron al balcón y miraron la Bahía de las
Ánimas, al vaho levantado de las aguas de la bahía punteada de veleros y barcos
mecidos por el tenue oleaje. El hombre dijo si mirarlos, los ojos puestos sobre
la ciudad amurallada: “Es necesario salir de la ciudad, buscar la corriente de
un río, de una quebrada, alguna ciénaga de agua dulce. Antes iremos al mar a
bañarnos”.
La mujer agregó: “Vamos a seguir igual de
pegajosos; con agua de mar, la sal, el cuerpo es miel y sal”.
El hombre reveló: “Llevaremos champú, el
champú hace espuma, abundante espuma con el agua del mar y deja en la piel
sensación de limpieza. Luego buscaremos la carretera Troncal, hacia el río
Magdalena”.
Una vez el hombre terminó de hablar,
relámpagos fantasmales se dejaron conocer por el suroriente, más allá de la
Isla Barú. Ráfagas eléctricas en desfile de juegos artificiales, ruidosos e
intimidantes.
Tomaron el carro y salieron en dirección a la
playa. No había rocío en los árboles ni en la hierba seca. Cuando llegaron al
Parque de la Marina observaron la Avenida Santander atestada de carros. En el
mar gente, mucha, se bañaba. Quienes abandonaban la playa habían preferido no ponerse
más prenda que el vestido de baño.
El comercio había cerrado. Ningún vendedor
ambulante pregonaba productos. La multitud buscaba, a pie o en carro, salir de
la ciudad. Quienes iban a pie, de vez en cuando se detenían y pedían ser
recogidos; alguno que otro se apiadaba.
La niña, de nueve años, dormitaba en el puesto
atrás del carro, su hermano, de once, observaba por la ventana las piernas de
los caminantes, las calles sucias de papeles, las ventanas polvorientas y la
mañana que caía como papel periódico arrugado sobre los techos de las
construcciones. Muchos habían tomado la Avenida Pedro de Heredia para salir de
la ciudad. Los carros avanzaban lentos, tardos como la desesperación en el
ánimo de quienes salían en procura de agua.
Solo al promediar la mañana la familia había
podido llegar a donde, a lado y lado de la carretera, se extendían haciendas
ganaderas cuyos animales eran esqueletos calcinados bajo la sequedad de la
tierra, o atollados en los pantanos que se formaron en los bebederos, acabando
de podrir el agua. Adelante la hilera de carros era rumor incesante y sordo,
detrás igualmente; por las ventanas el ruido del aire entraba y secaba
gargantas, encendía de fiebre los ojos.
El sol abrazaba la tierra y en esa apretura se podía ver los cendales de
calor buscar altura.
Era un verano de dos años. Ninguna gota de
agua se desprendió, las nubes se deslizaban pero nunca se aglomeraban para
ennegrecerse y soltar lluvia. El aire era una sombra chamuscada restregándose
empalagosa en los cuerpos.
La niña despertó sobresaltada, sudaba, lo
primero que pidió fue agua. Su padre se desesperó porque no sabía de dónde
darle de beber. Solo se le ocurrió decirle que pronto llegarían al río.
A la altura del kilómetro cuarenta y ocho la
caravana de carros se detuvo bruscamente. El padre sacó la cabeza por la
ventana y trató de mirar hacia delante, con la esperanza de indagar la razón de
la interrupción de la marcha. Nada. Allí todo quieto. Buratos de calor
culebreaban sobre las capotas y los techos. Vio centenares de cabezas brotar
por las ventanillas. Nadie se bajaba, nadie caminaba. Quienes tenían aire
acondicionado se guardaban dentro, cerraban ventanillas y prendían para
refrescarse. Al cabo de dos horas de aguardar algunas personas se bajaron de
los vehículos y emprendieron marcha a pie; se habían quedado sin gasolina.
Adelante, a tres kilómetros se alcanzaba a ver
el puente sobre el Canal de Dique. La mujer dijo tener la esperanza de que,
bajo el puente, corriera aún un hilo de líquido. “La recogeremos en un
recipiente de peltre, haremos una hoguera, la herviremos, la airearemos, luego
la dejaremos enfriar un poco, finalmente continuaremos hacia el río.” Pero la perspectiva
se le vino abajo cuando uno que estaba delante se bajó del auto, caminó hacia
el puente para regresar media hora más tarde con la noticia de que allí no
había agua.
El tiempo corría y la fila de carros no se
movía. Entonces eran muchos los viajeros que bajaban de los carros sin saber
qué dirección tomar.
El calor era una segunda piel; pegajosa como
caucho se derretía en la desesperación de los huyentes. Se creían estropeados
por espíritus nauseabundos, salidos de las cavernas del infierno. El aire mismo
se había descompuesto de tanto cuerpo pútrido: hombres y animales.
La esposa dijo estar a punto de no resistir
más, igual el hijo. En los ojos de los dos la fiebre y el desconcierto era
fogarada de incertidumbre y rabia.
Adelante carros, atrás carros, el calor crecía
con la temperatura de los motores encendidos. El esposo apagó el auto; detuvo
los ojos en un hombre, recordó haberlo visto un
pantalla de televisor; sacudió la cabeza cuando creyó ver cómo de la
boca del personaje brotaba un manantial de agua; la carretera río de agua
fresca donde sus hijos se bañan despreocupados, rientes.
Nubes en el cielo arrojaban hilos de sobras,
solo por instantes, pues apresuraban su desplazamiento hacia el mar.
De los potreros salían millares de ratas,
tomaban la carretera, vía contraria a la de los hombres. Nadie con aliento para
evadirlas.
El día se iba y nadie avanzaba. La carretera lanzaba
hacia arriba mantillas reptantes de vaho
La noche vino y atenuó el sopor, el pegamento
del sudor. Arriba el firmamento se encendía de estrellas. Era una noche clara,
bella, una belleza extrema que paralizaba los sentidos de quienes la
experimentaban.
La hija se movió en la silla. Dijo tener ganas
de orinar, pero tenía miedo de salir por temor de los ratones. Entonces su
padre la alentó con voz susurrante y confiada: “Te acompañaré, no te va a pasar
nada”. La niña accedió sin dejar se sacudirse por la aprensión. Cuando bajó del
auto le dijo al padre: “Papá, hay cucarachas, muchas, me caminan por el cuerpo”.
Y el padre: “Todos sentimos lo mismo, hija, no desesperes, ya verás, mañana
llegaremos al río.
Cuando terminó de hablar, el firmamento estalló
desde un centro ofuscado de azul y se expandió por la tierra y los hombres;
como agua burbujeante los cobijo para permitirles respirar y palpitar como un
solo pulmón, un solo corazón.
*
Los
tatuajes. No son sólo ornamentos,
tampoco se reducen a problemas o marcas de nobleza o grados de jerarquía
social; tampoco, necesariamente, la grabación de un diseño en la carne para
diferenciar osadías; imprimen, en el espíritu todas las tradiciones y la
filosofía de una cultura, de un pueblo, de una raza. Son mensajes que llevan el
sello de una finalidad espiritual. Transmiten lecciones.
En el pensamiento indígena, el decorado es el
rostro, la pierna, la mano, el pecho, etc., mejor dicho, crea todo eso. El
decorado le confiere su ser social, su dignidad humana, su significación
espiritual.
“La doble representación del rostro,
considerada como procedimiento gráfico, expresa, pues, un desdoblamiento más
profundo y más esencial; entre el individuo biológico “estúpido” y el personaje
social que aquél tiene por misión encarnar”, escribe alguien.
*
El
padre, la madre. La mujer y
su capacidad natural de ser madre; en este juego de dones físicos y simbólicos
se ha creado un espacio ideológico determinado por lo social. A la mujer se la
define como espacio biológico y social, al hombre se le define socialmente. La
mujer es centro de reproducción biológica y social; lo social en la mujer se
determina por el papel que desempeña en el hogar, que suele tomarse como
espacio social secundario, sin tener en cuenta que es aquí donde se define el
destino de la especie, donde se sientan las bases para la vida cultural y
social del adulto. Labor invisible la de la mujer en este espacio del hogar, y
no por eso menos importante.
El mundo doméstico es femenino, el mundo
productivo fuera del hogar ha sido tradicionalmente masculino, aunque hoy esto
ha ido cambiando, la mujer se desempeña cada vez más en mundo fuera de la casa.
La mujer no se deja eclipsar en la esfera de las decisiones no domésticas.
A partir de la familia, y en esta, la mujer
sabe del ritmo de socialización, fija los patrones de crianza, lleva el peso de
los nexos afectivos.
*
La
muerte. Definir la muerte en
términos biológicos como terminación de los signos vitales de un organismo
vivo, no tiene sentido. Para morir hay que estar vivos, qué tautología. Como
decir que para vivir hay que morir. Como decir, porque tengo hambre como. El
asunto se complica cuando se define al hombre más allá de organismo vivo, como
ser social; hay una constante, su interacción, la comunicación permanente,
comunicación simbólica, en síntesis todo lo que cabe dentro de la esfera de la
cultura.
En el interactuar el hombre ha ido
transformando el componente biológico, interpreta, reinterpreta, arma, desarma,
mezcla, y esto es cultura, de modo que la anterior definición de muerte, no es
más que un concepto vacío o parcial de un fenómeno mucho más complejo.
La cultura tiene dentro la angustia vital del
hombre cuando se pregunta por qué entonces, por qué luego, dónde el silencio;
allí el llanto, allá el desconcierto por el vacío que queda, es decir, la
relación con el otro, lo otro, el alter.
Se muere, y sólo una vez ocurre, no hay modo
de repetir el acto; él mismo la soledad absoluta del morir, aunque otro, en el
mismo instante muera; la soledad aquí es radical.
Cultura es también la pregunta que indaga por
cuanto hay más allá de esa muerte, de ese cese de funciones vitales. La
pregunta no tiene respuesta, y angustia; entonces se arma toda una poética del
más allá, llena ese silencio con la poética de su imaginación.
A pesar de nuestra evolución cultural, de
haber lidiado desde siempre con la muerte no sabemos nada de ella; un fenómeno
de la naturaleza que nos que dice todo acaba, no muestra cuanto viene después.
Intuiciones apenas, destellos de un fulgor que obnubila, que ciega la
inteligencia. A pesar de la cultura como mecanismo eficaz de supervivencia en
los medios ambientes no hemos podido vencer nuestra angustia frente a la cesación
del ciclo vital.
Somos etapas llenadas por trechos de nuestro
acomodo en el mundo; etapas que, según distintas culturas, señalan
simbólicamente pasos, ritos de paso, de tránsito, una carrera para darle
sentido y contenido al tiempo que parece no saciarse de vida para morir en cada
vida. Rituales distintos según la cultura, ceremonias de risa y llanto, alegría
o congoja, según lo que se perciba del futuro, del silencio que es el futuro.
¿Cómo despedimos a nuestros muertos?, otra
historia. Aquí cabe todo lo ridículo y lo sublime.
*
El hombre es tímido, cauto cuando está solo. Es todo candor cuando
tiene enfrente un desconocido; un candor tenso, defensivo. Sin embargo, cuando
está con los de su grupo, los amigos, los que son apoyo porque confía en su
amistad, se torna altanero, insolente y cruel si la oportunidad se presenta; se
sabe respaldado. Igual ocurre con la razón, si está acompañada de otras
opiniones no teme caer en despeñaderos, se nutre de las demás y se hace fluida,
locuaz y negativa frente a lo que no corresponde a su discurso.
*
Dice ser justo, honesto, veraz, trasparente hasta el punto de que,
cuando se mira en un espejo, no se ve. ¿Sin tacha cómo puede algo impuro
reflejar su humildad?
*
Mis palabras brincan después de haber sido detenidas, represadas.
Pujan, trepan unas sobre otras, se aplastan, se meten zancadillas; mis palabras
están de fiesta, quieren iniciar otro escándalo.
*
No; no debo pedirle nada a nadie, pedir es coartar el ritmo de los
otros, es ponerlos en situación embarazosa. Dar es un tránsito que compromete
seguridad, generosidad y prestigio. Pedir es disminuirme a mí mismo; mi
capacidad de producir en entredicho. Entrego mi dominio a otro.
*
No; no se trata de ser virtuoso en la escritura. Esconde costales
rotos. Tampoco se trata de manejar lenguajes artificiosos, no resisten un
análisis, se desmoronan cuando uno se detiene a indagar por el orden. Los dos,
bien manejados no significan nada si no tienen un contenido conceptual. Se
puede ser elegante, sin embargo en el fondo el desarreglo; el escondido del
iceberg.
*
El sentido último de la normatividad se debe buscar en el uso del
espacio y del tiempo. Las cosas, las situaciones, los hechos toman sentido de
acuerdo con el espacio y el tiempo en los cuales se dan. Son pura e impuras de
acuerdo con su ubicación en el espacio y en el tiempo. Ejemplo, una conducta
moral, con las continuas modernidades van cambiando de sentido. Colocar un
zapato en la cama o en la mesa del comedor se sale de lo reglado.
*
Desde la madrugada hasta el ocaso me arrastraba
hasta el fondo del fuego. Cenizas que en la madrugada otra vez serían carne
para ir al escritorio a dominar mi desesperanza paso a paso. Ni cielo ni naranjas
para mi refugio donde estuvo la mujer, llevada a la calle para ganar el pan que
hacía falta en nuestra cabaña. Y escribía, y escribía sólo por el orgullo de no
ser una sombra perdida en la historia.
Me levantaba en las madrugadas a escribir. El
ánimo fortalecido por el sueño. Los rigores de la adversidad del día
inmediatamente anterior pasaban a segundo plano. La sombra hospitalaria de la
madrugada me tomaba en su aliento. Entonces mis manos se movían ágiles buscando
las palabras que mi cerebro dejaba en mi sangre en desorden. Pasos perdidos y
recuperados, las señas de mis palabras para escribir.
Luego, cuando el sol estaba pleno sobre el
oriente, salía a buscar trabajo. Fueron tantos los días, tantos en la aridez de
ese ir a pedir, a escuchar negaciones, a sentirme miserable por lo que ofrecían
y no daban, por lo que daban para negar la dignidad humana de tener para
sobrevivir. De regreso, en la derrota, empezaba a escribir, a refugiarme en la
escritura para sentirme alguien, para saber que estaba haciendo algo, hasta
terminar de escribir la novela que entonces llamé Zacarías y que hoy ha sido publicada como Narración a la Diabla. (2008).
*
Me
gustaban las madrugadas porque
Natalia, una mujer de edad, que vivía en una casucha en el potrero detrás de la
cabaña; casa de tablas rotas e irregulares, techo de cinc; tenía un par de vacas
que ordeñaba antes de la salida del sol. Me gustaba oír cómo la leche caía en
hilos ruidosos sobre el balde de aluminio, la respiración dulzona y afogarada,
como de cuero húmedo raspado con cuchillo sin afilar de las vacas. Natalia llenaba
la madrugada; de pronto rabia porque los animales no se dejaba manear, o porque
había estado a punto de regar la leche del balde: “Puerca y estúpida vaca, qué
ha comido, qué la pone así, animal de todos las demonios chuecas de este mundo”.
Después el silencio majestuoso cuando la mujer iba a su rancho.
Me gustaba el jardín enfrente de la casa,
donde los fines de semana el dueño de la casa removía tierra, componía plantas
y flores con esmero. Me gustaba la mujer de ese hombre cuando la veía venir, en
las mañas, con sus piernas de alambre y ligeramente estevadas, trayendo platos, sartenes u ollas en los cuales había alimentos para compartir porque en casa se
sentía sola cuando hijos y marido se habían ido a estudiar o a trabajar.
En esa cabaña temía a las noches cuando tenía
que caminar desde el Tercer Puente hasta la cabaña, un trayecto de tres kilómetros,
allí podían ocurrir cosas imprevistas y desagradables; nunca se dieron, a pesar
de escuchar historias de quienes habían hecho uso de ese espacio a esas horas.
Me gustaban las reuniones que hacíamos con el
grupo Contracartel para discutir la creación de nuestros textos poéticos,
novelísticos y ensayísticos.
Vivía allí el azaroso mundo de llegar a los
fines de semana sin haber cumplido mis esperanzas; buscaba en el aire, en las
nubes, en los tréboles, signos que me dijeran que iba a tener un trabajo
asegurado. En tardes solía caminar con Rosario por el barrio con muchos solares
aún no construidas, en estos solares buscaba tréboles de cuatro hojas; había
oído que traía suerte hallarlos; los encontraba, y la suerte igual, lejos.
Me molestaba, al final de nuestra estadía
allí, las continuas pesadillas que me acosaban durante la noche. Despertaba
empapado de sudor, el terror en mi ánimo. Soñaba con demonios disputando mis
pertenencias materiales y mi conciencia. Combates de los cuales me quedaba una
terrible sensación de que la jornada del día iba a ser dispendiosa, azarosa, desconcertante.
Mi amor con mi esposa no era gaseoso, no era burbuja;
iridiscente sí, estallido de pompas sí, juego de artificios en el paraíso
cultivado en el interior de nuestra novedad de amantes casados. Entonces era lo
que me hacía sentir sólido, tierno y apasionado y con ganas de vivir; lo demás,
fuera de mi escritura, eran ladrillos que se desmoronaban tan pronto los tomaba
con mis manos. Palabras y aliento de mujer era cuanto me importaba en esa miseria
de jugar y perder. Una isla, un oasis, para tanto descalabro. Ella, a la que
conocí y no tenía maquillaje. La que tenía una madre, y la madre una amiga que
decía, cuando la acompañaba a la cabaña: “Es lo que necesito, un muchacho
consagrado al estudio, aunque Oscar es parrandero, festivo”. Amiga que, en la
gimnasia, había conseguido afinar su cuerpo y su elegancia en el andar, oscura
seda en su pelo; se ufanaba que su casa era cálida porque allí todos se amaban
con fuego.
*
Un engañado, el engaño es cárcel. La mentira amarra la conciencia. Esto
lo rompe a uno, lo hace a uno lugar de barrotes y paredes húmedas. Todo porque
el poder impera sobre nosotros. El marido de Maripaz tiene poder y marranea con
él; adiposo, casi redondo, aplasta a quien se muestre tímido, irresoluto,
desconfiado o altanero. Frente a él tantas cosas pasan por mi mente, se
atropellan unas con otras, desaparecen y me queda la avisada esperanza de que
en otro momento todos seremos otros.
*
Maya, ella barre mis deshechos existenciales. Vasto territorio donde
ejercito mis alas. Inclinaciones agrestes para mis aterrizajes. Me gusta su modo
de huir de mi mirada que la desnuda toda, la manera como esconde sus palabras
para observarme sediento y hambreado. En ella he sabido ser una vez yunque,
otra vez martillo. Cascada su respiración, musgo en entrepiernas. A cantazos
llego a su San Agustín. Gusano de mantequilla para derretirme entre tenazas.
Que llueva afuera todo cuanto quiera. Tibios, enzarzados en tormentas,
relampagueamos entre sábanas. Que la lluvia dure hasta cuando las piedras se
ablanden. Los aleros se inclinan sobre patios, pues la sed en nuestros
ejercicios abunda. Solo importa la calle y su modo correr el agua por la
ciudad; ella sabrá detenerse a mirar para decir: “eso está bien”. La diagonal
líquida barre cuanto fuera de la cama no sabemos hacer. Enhiesto, batallador,
osado nado. Que nadie se intimide ni se perturbe por mi modo de remar mi canoa
en Maya.
*
1980. Cómo deseé llegar a la cabaña y poder decir: “Por fin, lugar para
reposo, para seguridades”. No. La ofuscación aguijoneaba. Poco se me daba.
Desarrollaba clases en un colegio y en una universidad, pero cuanto ganaba
apenas daba para el arriendo, lo demás los suplía mi esposa. Así. Siempre en
crisis. El tiempo para preparar materias, para escribir, se me iba en la
búsqueda de labores más estables. Entonces llegaba a las aulas con la sensación
de engañar a estudiantes. Escribía de cuatro a cinco de la mañana mi novela Narración a la diabla. A veces pensaba
que luchar no tenía sentido, era como si estuviera bordeando límites, despeñaderos.
*
Mi imaginación para poner patas arriba la legalidad del mundo. Pensar así
me vuelve mariposa, zapato con media luna de metal en el tacón. Tintilear
entonces por la ruda mirada de quienes no han sabido ser mariposa. Respiro la
vida, me lleno de esta, y no sobrevivo, porque, como la mariposa, el efímero
vuelo y unas cuantas flores.
*
Inspección militar le hago a la casa; más cómodo y seguro mi paso si sé
cómo orientarme en ella. Pero... Tanto mundo como el que tengo aquí, y codicio
otro, sin haber sabido habitar mi casa. En el fuego y sólo me doy cuenta que me
quemo; en el agua, y la conciencia de hacerme falta aire. ¿Cuándo poder habitar
mi casa con fuego y agua por todas partes? ¿Cuándo saber que este mismo aire
que moldea mi cuerpo es el molde de otro cuerpo para conocer y entrar en la
casa? Mi calor rosa su cuerpo y ella no se da por enterada. He dicho inspección
militar, ¡qué militar tan descuidado¡ le toman la casa, con él y todo lo demás,
y él en otra esfera. Un sombrero en el corazón es todo cuanto llevo. Fácil
hablar de lo creado, difícil crear, ponerle, agregarle otras esquinas a la
casa, colgar de las ménsulas otras materas.
*
Ella venía por la playa, del lado norte, traía la piel untada de arena
de las caderas abajo. Me preparé para afarolarme; su belleza lo exigía de mí.
Ella, cuerpo comercializado, sale por televisión en propagandas; portadas de
revistas han sido llenadas con sus poses sugestivas. En el emparejamiento de
trayectos intercambiamos fantasías, ejercitamos egoísmos, le dimos rienda
suelta a nuestra vanidad. A lado y lado el respiro aflautado del mar. Coro para
su cuerpo de yesca, y la cómoda llama de mi centro solar en explosión.
*
El hombre dice: “Puedo decir que Dios existe, pero no puedo explicar
cómo he llegado a saber que existe. No puedo enumerar las operaciones empíricas
o racionales con las cuales puedo verificar el enunciado de una manera
objetiva, al menos en principio. Lo mismo puedo decir de la reencarnación, o
del modo como los planetas rigen el destino de los hombres”.
*
Arte. Una obra de arte. En singular. Es única, irrepetible, ni siquiera
se imita a sí misma. Expresión acabada y concreta de una situación enunciada.
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